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lunes, 1 de abril de 2013

Miradas amargas


 
MIRADAS AMARGAS



Te dije...  ¡No vuelvas...! y sentí el frío acariciando mi espalda con su enorme beso desnudo y su garganta de acero. Sentí caer la noche a mis pies, como una torpe luciérnaga apagada buscando el resplandor de tus ojos. Estaban las puertas cerradas, y una ventana entre abierta por la que entraba la aurora junto a un soplo de aire abrazado a la semicorchea de un grillo.

Te dije... ¡No Vuelvas...! y la blonda de una sonrisa negra se deshizo en seda sobre mi cama... La sombra de mis ojos temblaron sobre los espejos, y el fondo de mi armario lloró la ausencia de tu aroma.

Cuando cerré los ojos,  aún estabas inmóvil frente a mi cara. ¡Te amaba tanto! Que agradecí mil veces a Dios que aún no te hubieses ido. Cerré mi boca a tu beso. Até mi brazo al pozo de tu cintura. Bebí mi lágrima hasta emborracharme y mordí el estío de tu cuello. Nos miramos de nuevo cuando se acabó el beso, y dejamos cerradas nuestras bocas hasta que el suspiro rasgó la inconciencia del alma. Había pasado la tormenta. En la calle, solo quedaba el agua apaciguada en la comisura de un charco, y sobre la ventana, una niebla de sal ocultaba los mofletes de la luna... Sonó la sinfonía del alba. La rama tembló la partida de la paloma. La estrella brilló por última vez aquella noche...


Te dije... ¡Quédate siempre!  Antes de volver a poner un nuevo beso junto a tu beso... y otra lágrima furtiva junto a tu boca. (Y se calló el aire...)

Amar duele hasta la desesperación, pero no hay dolor  más tolerable en este mundo de injustos, que el placer doliente del propio amor.

José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 31 de enero de 2013

Tiempo muerto.


 TIEMPO MUERTO
 
 
 
 
Me siento en la silla y espero. Cierro los ojos, me hago el dormido y vuelvo a mirar el reloj. Solo treinta segundos desde la última vez que lo observo. Está quieto, juega  conmigo, se divierte pensando quién es más rápido a la hora de mordisquearse los nudillos. Mis propios pensamientos me acechan con sigilo, no es tarde y sin embargo, la desesperación me eriza la piel de la espalda y me acaricia una vez más, con el tierno beso del escalofrío. Continúan siendo las diez y veinte, ¡no! y veintiuno… Esta vez le he ganado la partida al reloj. He girado la mirada hacia la pantalla luminiscente del digitalizador, justo en el mismo instante que el cero se desvanecía y aparecía el uno. Como si se hubiese asustado, se ha dado de bruces contra la nada del tiempo. Lo he comparado con el reloj de mi muñeca, y he advertido que ambos se han puesto de acuerdo en marcar la misma hora, y no cejados en el empeño de parar el tiempo al unísono. Los dos marcan lo mismo, uno de ellos quizás a decidido poner alas de fuego a su minutero, y parece haberse comido de un bocado algunos segundos respecto al otro, pero no es suficiente. El tiempo transcurre igual de lento, lo mismo de sigiloso que el lobo cuando se acerca a su presa para devorarla sin piedad.

Estoy sentado justo en frente de mi reloj. Se que me observa, me mira lo mismo que yo lo hago, casi con desidia. Aunque se que él carece de todas las virtudes o paralelismos que lo asemejen a mi, hace que se agudicen con otros tientos mis sentidos. Quizás sea su irradiación, o su sonido inapreciable, el cual, a veces me deja en jaque mate atraído junto a su tablero de luz. He decidido no mirarte más. Voy a jugar contigo a contar los segundos con los ojos cerrados y cuando crea haber devorado de tu hora un minuto, los abriré todo lo más rápido que pueda. Yo correré más que tú, estoy seguro.

Lo hago, cierro los ojos, y comienzo a contar guardando un suspiro cada vez más pequeño entre número y número. He contado hasta quince y he querido apresurarme para ver quién de los dos, danzaba más veloz entre las olas del silencio. A lo lejos escucho una sirena, pero no me detengo, continúo con mi cuenta y mis suspiros. Se acerca su sonido cada vez más y su melodía atronadora, parece acomodarse entre mi cuenta particular del tiempo. La escucho cada vez más cerca… he intentado poner los pies en el suelo para dejarme llevar hasta las cortinas y fisgonear entre sus bastidores, pero me ha sido imposible. He sido fuerte en mi convicción, mi mente no está dispuesta a perder la batalla, nada me hará alejarme de mi propósito. Cuando abra de nuevo mis ojos, solo seremos tú y yo, y compararemos tu magia y la mía. Confrontaremos nuestros números y decidiremos quién de los dos ha ganado esta partida. Ambos jugamos con la misma ventaja. Tu mecánica infraestructura no está hecha a prueba de golpes, ¡lo sabes! ni el tic-tac, de mi corazón aguantará ya otro despropósito, otra quimera, otra punzada. Eso también ambos lo sabemos. Para ti, el tiempo tampoco pasa en balde, y algún día, vendrá a cobrarse los deterioros que mantienen tu envoltorio de plástico. Tampoco yo, tengo todo el tiempo del mundo, ni mis averías gozan de garantía perpetua. Ahora irradias una luz contagiosa, tanto como yo, ¡lo sé! a pesar de tener los ojos cerrados a cal y canto.

Ya apenas escucho la sirena. Sigo contando con la misma fuerza para no perder el compás, a pesar, de que sean cada vez más los pensamientos que asaltan mi mente. Solo hay algo capaz de alejarme de la certeza de saber que continuas observándome. Voy a presentir los ojos de ella, y sus labios, y me someteré a mi cuenta como nunca. Me parecerá en cada segundo escuchar su beso en mi mejilla, y aunque se trate con certeza de un espejismo, nada me alejará de este desierto de números y suspiros.

Según mis cuentas ya han pasado tres minutos. Algunos relámpagos me incitan a abrir los ojos. Tenerlos cerrados y no dormir, es extraño, pero aún más excepcional me parece tenerlos cerrados y no soñar aprovechando la fastuosa oscuridad que encierran mis párpados. ¡No me detendrá nada! Se que tu continuas ahí fuera, contando con mayor eficacia que yo, cada segundo. - Juegas con ventaja, pequeño insolente. - Me repito una y mil veces. Eres incapaz de contar y pensar a la misma vez, como yo lo hago. Solo eres capaz de marcar el tiempo, para los demás. Nadie te espera. Eres la rúbrica de la cita, el pacto sellado, el título y la promesa del mañana. Las aspiraciones del que espera un nuevo día. La receta y la pastilla, la campana, el sonido… pero no la melancolía. Eres la herramienta perfecta para el que espera, y el tropiezo del que llega tarde. La meticulosidad del tiempo para el que ha de pagar y la insolencia del que hace esperar a quién espera. Tienes la potestad de multiplicarte por mil, de hacer caminar a todo el mundo, mientras tú, permaneces sentado en tu caja de luz, riéndote a carcajadas observándonos a todos correr. Eres incapaz de contar y sentir, como lo hago yo, aun a riesgo de saltarme un segundo en mi memoria, incapaz de morder, incapaz de amar, incapaz… simplemente incapaz.

Suena el teléfono. (Se acabó el juego) Aun así, he tenido el tiempo justo de regalarte mi grisácea mirada. ¡Has ganado amigo mío!  No he llegado a estar más de cuatro minutos y dieciséis segundos con los ojos cerrados y sin embargo, tú me deleitas con tu perfecta precisión, y arañas mi conciencia mostrándome que han transcurrido siete segundos menos desde que nos vimos por última vez. ¿Sonríes? ¿Acaso piensas que se había olvidado de mí…?

Si. Soy yo.
¡Claro que te he echado de menos!
¿A la misma hora? ¡Por supuesto que si!
¡Allí estaré!

… Vayámonos mi viejo amigo. Otra vez nos toca jugar. ¿Vuelves a sonreír? Recuerda siempre, que a pesar de tu exactitud, soy yo quien marco mi hora y mi tiempo, y tú, mi viejo reloj, solo el instrumento que muestra la hora irreal de los cuentos. ¿Te lo demuestro? Solo me basta girar atrás las minúsculas manecillas que posees bajo la esfera. Ahora marchémonos, ni en tu cuenta ni en la mía, existe motivo alguno para dejar esperar a los sueños. Cuando se hace esperar al amor, matamos el tiempo, y no hay reloj capaz de justificar, los besos que se pudieron dar, en siete segundos de más, ni en cinco minutos de menos…
José Manuel Rodríguez Viedma.

martes, 20 de noviembre de 2012

La penúltima sonrisa.


 
 
 
LA PENÚLTIMA SONRISA
 
 
 
 
Estaba sentado en la silla lo mismo que una estatua de plastilina horneada con los dedos a toda prisa. Era imperfecta en sus trazos, y la silueta de sus contornos se dejaba ver entre una sombra tenaz que arañaba las cortinas colgadas a sus espaldas. Estaba sentado con la cabeza gacha, ligeramente inclinada. Sus pensamientos colgaban de un hilo entre el llanto y el olvido, entre la calma y la tempestad de un océano inalcanzable. Acababa de colocarse la nariz sobre su propia nariz y el sombrero en la cabeza. Quise acercarme a él, lanzarle el último aliento y recordarle que en su magia, descansaban todas las batallas que le tenían maltrecho el corazón y el alma. Quise decirle que las había ganado todas, que su amor las había derrotado sin contemplaciones y todo era justo a su alrededor, quise decirle todo y fui incapaz de decirle nada. El telón se abrió en un segundo y un chasquido de aplausos producidos por cientos de manos pequeñas rompió el silencio del teatro. Las cortinas se abrieron como los mares de Moisés, la oscuridad dio paso a una luna redonda que se posó en su figura y la luz recorrió su rostro de norte a sur dibujando ahora su silueta multicolor en las tablas del escenario.

Cuando abría la boca, una pálida voz se dejaba escapar por sus cuerdas vocales, yo no lo sentía, apenas sabía lo que decía,  pero aquellos niños reían con sus gestos torpes y desmedidos, con sus zancadas burlonas y tropiezos de sus pies gigantes. Sabía que estaba llorando, no solo por el cauce que dejaban la rivera de sus lágrimas sobre su rostro blanco inmaculado de un maquillaje inverosímil. Lo advertía en cada mirada que desprendían aquellas dos pupilas perdidas en el rostro del júbilo y la risa. Estaba destrozado y sin embargo, nadie era capaz de insinuar, de advertir, de sospechar lo contrario. Sabía que él esperaba que la multitud de aplausos se hicieran presentes para aprovechar y lanzar un nuevo suspiro al aire, sin que sentimiento alguno, rondara como una triste canción de cuna por las butacas de aquellos niños. Sería imperdonable verlos tristes un solo momento y mucho más odioso he impensable, que él fuera el causante de sus desdichas. No estaba dispuesto a ello, aunque el lobo de la muerte rondara por las esquinas de su vida, y estuviera presto a marcarle el tiempo con un solo bocado, no estaba dispuesto a alejarse ni un solo momento de aquella multitud de miradas que lo seguían por aquel escenario entre el chirriar de maderas y margaritas socarronas. Había pasado toda la vida rodeado de ellos y así quería que terminaran sus pasos. No quería escoger entre otra muerte más dulce que la de la sonrisa, ni último aliento que el de sus besos.

Casi dos horas después, las cortinas se cerraron por última vez. Las aguas se volvieron a unir tragándose de un sorbo la figura de aquel payaso, al que el tiempo había parado su reloj de arena en la muñeca. Permanecía quieto en su silla. El foco aún fijaba su resplandor sobre su cara y entonces descubrí, que una última lágrima, quizás la más pequeña, aún dudaba entre caer al suelo o quedarse a vivir, el tiempo que fuera necesario en su desgastada mejilla. Fuera, los niños, se apresuraban a salir ordenadamente con sus mofletes redondos. El silencio comenzaba a hacerse patente en ambos lados y en tan solo unos minutos, se hizo el único dueño entre las moquetas rojas del suelo, las cortinas cerradas del escenario y el corazón encendido de aquel payaso de cabeza cabizbaja, a quién una lágrima, continuaba marcándole el trayecto entre caer y desaparecer o difuminarse de la misma forma que lo hacen los suspiros.

Fue entonces cuando pude acercarme a él. Estábamos solos, aunque a ambos nos hubiese dado igual lo contrario. En ese momento, solo mis ojos tenían tiempo para estar junto a los suyos y poder advertir como en el interior de sus pupilas, aún quedaban retenidas las sonrisas de los niños. Puede que los milagros existan. ¡Estaban todas allí! Pude ver a muchos de ellos con sus ojitos cerrados y sus bocas abiertas de par en par mostrando sus risas y carcajadas. Veía sus rostros llenos de felicidad, la placidez de sus corazones, la serenidad de sus pequeñas almas… ¡lo vi todo! Sentí que un mundo diferente cabalgaba dentro de los ojos de aquel payaso que continuaba mirándome fijamente. Me cogió de las manos y apretó mis dedos con fuerza sin apartar la mirada de la mía, y yo… continuaba viendo colores en el interior de la suya. Me percataba de los sonidos y de los aplausos, de la quietud de algunos niños y del nerviosismo de otros. He de reconocer, que si en algún momento de mi vida, hubiese buscado a Dios, lo hubiese descubierto sin ninguna duda, tras de aquellos ojos, sentado en alguna butaca, rodeado de aquellos niños de todas las razas y colores que aplaudían con sus pequeñas manos improvisadas para la ocasión. Allí debía de estar el cielo y la gloria, y aquel payaso lo supo desde el primer momento que hizo reír a un niño alguna tarde de abril.

Cuando me soltó la mano, el tiempo se detuvo y las sonrisas desaparecieron como lo hacen los horizontes al alba, despacio, sin prisas, en silencio. Lo mismo que la hoja de otoño al caer al suelo, sensible, sutil, templada. Así lo hizo también su lágrima, antes de llegar a su boca.

Cuando se apagaron los focos, ambos salimos juntos y dejamos cerradas las puertas tras de nosotros. En el escenario, solo quedó la silla vacía. Solo hubo tiempo para una pregunta y una respuesta. La noche nos estaba esperando a los dos, sin que ninguna otra máscara ocultara nuestros rostros. La embriaguez se comería nuestras almas de un bocado a la par que nosotros lo haríamos con las estrellas. La luna sería la única testigo de nuestros requiebros, y las alondras de la madrugada, las encargadas de poner nuevos versos a las historias interminables que se cuenta a voces…

- ¿Tienes miedo? - Le dije después de llevar más de cuatro copas y su nariz de payaso sobre mi nariz.
- Solo tendré miedo, si cuando llegue…, soy incapaz de hacerle reír a Dios.
Me respondió mientras una vez más clavaba sus ojos negros sobre los míos.

Después de haber pasado algunos años. Cuando siento que la noche comienza a cerrarse. Puedo distinguir como comienza a llenarse el cielo de estrellas. A mí, me siguen pareciendo toda una legión de niños de todas las razas y colores que corren a sentarse en el anfiteatro de la gloria. De repente, una luna gigante, enciende su foco en la distancia y lo ilumina. Las nubes se abren de par en par y… cuando cierro los ojos, siento una tremenda carcajada al compás de otras cientos de niños y niñas con sus mofletes redondos y rosados. No tengo ninguna duda. Cuando Dios se ríe, es imposible no hacerlo con Él.


José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Por qué no damos un paseo?


 
¿Por qué no damos un paseo?


¡Apresuraros! Ataros bien los zapatos. No los vamos a utilizar ni siquiera un momento, ni un solo metro, pero conviene tenerlos fuertemente atados. No vamos a improvisar, todo está meticulosamente dispuesto. Los caminos nos esperan con sus florecillas silvestres (cuidado con no pisarlas) y a nuestra izquierda, con toda probabilidad paseará junto a nosotros la rivera de un río. ¿Os salpica el agua en las rodillas? ¡Bien! ya tenemos el río. Acomodaros en vuestras sillas o sillones, cerrar los ojos, relajemos nuestros músculos, ¿Música? ¿Por qué no? Elegir cada una la que más os guste, recordar el río… ¿La tenéis? ¡Es preciosa! Mirad lo juncos, parecen que danzan entre los rizos del agua. De izquierda a derecha y de norte a sur. Las piedras relucen en el fondo como pequeños tesoros encarcelados, cuidado con sacarlas a flote pues perderían el esplendor de sus brillos inmortales. Escuchar el silencio como grita vuestros nombres, navegan en el agua y se lleva cada uno de vuestros secretos. Dejarlos que se marchen, (tenemos más) y que pongan rumbo a lo desconocido. Cuando vuestros secretos lleguen al mar, serán miles de secretos los que se confundan unos con los otros. Van desnudos, sin prisas, sosegados… sin miedos. Dejarlos que lleguen al mar y no tengáis mido de que los encuentren las sirenas. ¿Tenemos los ojos cerrados? ¡Bien! ¿Tenemos la música? ¡Estupendo! Ahora metamos los pies en el río…

El agua abraza nuestros tobillos, sabe que somos extraños pero aun así, nos corresponde con el abrazo del recién llegado. Intenta subir por nuestras pantorrillas y nos besa el pantalón dejándonos la huella de su beso. ¡Cuidado con no caerse! Crucemos el río de un extremo al otro, pero hagámoslo, multiplicándonos por dos. ¿Te has perdido? ¡Claro que no! Cierra nuevamente los ojos, se trata de un juego. Pensemos por un momento que somos capaces de hacerlo, verás;  deja una parte de ti, en una rivera, y cruza con el resto a la opuesta, ¿estamos? ¡perfecto¡ Una parte de ti, no ha llegado a mojarse siquiera, ahora, la otra parte, te observa desde el otro frente, tiene los pies mojados por el agua, ha caminado entre algunas piedras y se ha sentado mirándote fijamente a los ojos… ¡Aquí comienza nuestro paseo!

El camino que nos separa a nosotros mismos, de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. De lo que decidimos hacer y lo que en realidad somos capaces de hacer. De nuestros miedos, de nuestras indecisiones, de nuestros silencios, de nuestros secretos, de nuestras pasiones. Sentados en una orilla, hemos dejado el alma y cruzado a la otra el corazón. Nos miramos frente a frente y nos sentimos a veces desconocidos. Lo sabemos y lo intuimos, nos reconocemos y nos amamos, que contrariedad, somos la única especie en el mundo, que viva con tanta fuerza y a la vez, sea capaz de odiarse a si mismo. Tenemos el río, ¿lo veis? una parte se queda sentada y la otra ha cruzado sin miedo. En la vida todo es aparentemente igual, el río es el pensamiento que cruza justo por la mitad entre los valores y la conciencia. Mientras el alma se piensa las cosas dos veces, el corazón salta al precipicio, desciende de las alturas y pone sus invisibles pies en el suelo, apenas sin un rasguño.  Sí querido caminante, lo que realmente duele, es el alma cuado piensa el daño que puede hacerle la vida al corazón.

En un lado tenemos el alma y en el otro el corazón. El alma espera el beso y el corazón sale al encuentro de los labios esperando encontradlos abiertos siempre de par en par. El alma busca un rincón para soñar y el corazón el momento para vivir. Sabe que cuando él se pare, cuando su tic-tac, guarde silencio, ya no habrá alma que se mantenga viva. El corazón salta entre las piedras y busca los tesoros entre las aguas sin ningún miedo, y sin embargo el alma, sabe que su mejor recompensa la tiene al desnudo en su interior para quién venga a cogerla con las manos limpias. El corazón se endurece con el tiempo, mientras el alma, es como una pompa de jabón siempre presta a trepar por tus sueños. El alma nos mira y el corazón aparta los ojos de las miradas furtivas. El alma aguarda, y el corazón jamás se replantea el camino toda vez que cruza el río, incapaz de dar marcha atrás. El corazón y el alma, el alma y el corazón. Somos irremediablemente dos seres en la misma encuadernación rústica de la vida. Dos libros con diferentes títulos amarrados en la misma biblioteca, casi en el mismo estante, uno bajo la letra “A” de amabilidad, amistad, amar y amor y el otro, en la letra “C” donde descansa la conciencia, la cordura, la ciencia y la calma. Extrañas similitudes a bien sabido, que quien siempre cruza el río de la vida, sin pensar lo fría que este el agua, sea precisamente el corazón.

El corazón es un viajero que jamás saca billete para subirse al tren de las emociones. ¡Míralo! apenas habla. Pasa directamente a la acción y después pregunta por el precio del viaje. Nunca le parece gravoso. Fijaos en el alma, jamás cogerá un vuelo sin tener el ticket por anticipado. El alma en cambio habla por los codos, lo valora todo y no cambia nada por nada. El corazón atiende siempre a la llamada, (¿corazonada?) el alma, que no es lo mismo, acude siempre a quien llama. Corazón y alma, uno frente al otro, con contrato indefinido.

¿Continuamos con los ojos cerrados? ¿Sí? Pues ahora crucemos el río nuevamente, tiende la mano del alma al corazón y deja que vuelva tras de los juncos a sentarse junto a tu alma. Volvamos a ser una sola persona, abraza a tus propios sentimientos y siéntete vivo al cien por cien. Escúchate a ti mismo, tantas veces como desees ser escuchado y recapacita en cada una de tus acciones. Cuéntale al alma, las veces que has fingido que no te ha dolido el corazón, y deja que el corazón le susurre al alma, cuantos caminos somos capaces de explorar sin levantarnos de la silla. Escucha de uno el palpitar nostálgico de cada beso entregado, y del otro, los remiendos que hubo de hacerse por no sentirse correspondido. Escucha el alma como es capaz de abrazarse al latido y como el corazón es incapaz de escuchar un solo latido, si no tiene alma. ¡Siente! ¡Vive! y sobre todo, jamás tengas miedo de las imperfecciones.

¿Escuchas la música? Los gorriones han vuelto a posar sus alas en las copas de los árboles y buscan su rama donde posar el canto. ¿Escuchas el agua? El río ha tocado el arpa una vez más, posando sus rizos en cada piedra. Se marcha buscado el mar con tus secretos y los míos, algunos los ha dejado escondidos bajo las sombras de los juncos… No tengas miedo a que sean encontrados por otro corazón u otra alma. Nadie tiene porque asustarse de los besos que nos dimos y mucho menos, de aquellos que alguna vez, fuimos incapaces de darnos.
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¡Despierta! Abre los ojos… ¿Te ha parecido corto nuestro paseo? Recuerda que siempre hay tiempo para caminar sobre un nuevo latido y volar, hasta donde quieran llevarnos las alas del alma…
¿Y el río…?  ¡La vida! solo la vida.  (Ya hemos llegado.)

 
José Manuel Rodríguez Viedma

martes, 4 de septiembre de 2012

Es tiempo de incorporaciones.


 
El sonar de la sirena
 
 
 
Es tiempo de incorporaciones. Mis hijas devoran los segundos y se afanan en multiplicar por diez, cada uno de los minutos que pasan por los pequeños relojes de sus muñecas. Se lanzan a la piscina como nunca, y temo que se beban el agua de este verano, como yo me he bebido la de tantos y tantos junios, julios y agostos a chupitos pequeños, en vasos de lágrimas. Recordarán siempre su infancia, porque la infancia no se olvida jamás. Perdura en nuestra mente, como un tatuaje invisible que solo utiliza la tinta de la sangre y el alcohol de la desinfección, para invalidar los porrazos que nos dimos, y que nos damos, a pesar de que el tiempo transcurra también en nuestros relojes de arena, robados a la playa desnuda de los cuentos. Los olores a libros nuevos se impregnan en la sala de mi habitación, mientras los disfrazo con el forro transparente de mis suspiros. La goma de nata, lista para ser estrenada con el primer error primordial ante la discordia inusual, que deja un número par con un impar, traspasado por el más y el menos de la osadía. El lápiz perfectamente afilado, dispuesto a dar de cabeza con la primera página en blanco, que forme parte inmortal del primer renglón inacabado.

Es tiempo de incorporaciones. De nuevas sonrisas y de llantos por doquier, por aquellos que pisan por primera vez con sus pequeños baberos a rayas, las aulas celestiales repletas de niños y niñas. Están listas las sirenas, y limpios los patios de todos los colegios. Pronto se llenarán de gominolas y chocolates, de balones y gritos, de sonrisas y llantos, de besos precoces y de caricias, ¡siempre de caricias! deseosas de ser contadas entre corrillos para no ser olvidadas jamás, aunque el tiempo te disfrace a fin de cuentas con la careta de la adolescencia, pintada con cientos de arrugas. Es tiempo de incorporaciones, de arrastrar las mochilas por el suelo y hacer del pavimento, vías eternas por donde caminará de lunes a viernes el tren de los olvidos. Ya habrá tiempo de cargar con la vida a las espaldas hasta sentirla sin piedad, como es capaz de mordernos el cogote con su aliento a nectarina. Todo se acaba para volver a empezar de nuevo. Las etapas se dejan atrás en cada curso, y en la vida, las estaciones pasan del otoño al invierno con diferentes frutos y olores.

Miro a los niños como cuentan las horas, los días. Se comen en dos mordiscos sus bocadillos y saltan nuevamente. Vuelven a gritar y se esconden entre las acacias y las lloronas. Juegan a ocultarse entre matorrales y después, aparecen para gritar sus nombres como si se llamaran a si mismos, por primera vez. Se beben el viento con una pajita y lanzan el frasco de las esencias a la papelera de la aventura. Aún les quedan unos días más, para saborear el resto de un septiembre que ya tiembla en el almanaque de los chicharrones. Miro a los niños, y veo el alma… el alma de todo aquel que se ha negado a crecer, a pesar de no encontrar el espacio suficiente, para poder encender la antorcha multiplicada por diez de las velas de su tarta. Veo a los niños y siento el estupor de sentirme uno de ellos en cada momento, en cada grito y en cada lamento propiciado por el golpe en sus rodillas dañadas por el roce del asfalto. Cierro la ventana y me inclino  hacia la goma de nata, mientras cierro los ojos y la aspiro, ¡tan fuerte! que ningún aroma de Dior, es capaz de transportarme en sueños al país de nunca jamás. Ahora que no me ven, he roto la virginidad del lápiz garabateando un papel en blanco, hasta percatarme que ahora me sale mejor dibujar las sombras sobre la nada y hacer de la nada un mundo de sombras donde perderme. He corrido a morder la onza de una tableta de chocolate, y he sentido en mi cabeza replicar por unos instantes la tabla del siete y solo me he atrancado dos veces. He abierto algunos libros por la mitad y he sentido, vivido y soñado. ¡Nada más hermoso que el aroma de un libro recién estrenado! solo comparable a la primera tarde de un amor en soledad, junto al sabor del primer café amargo, besándote los labios. He desenrollado el forro de cristal y se me ha pegado en las manos. He cortado el celo y lo he puesto sobre la mesa, he cogido las tijeras con sus puntas redondas y al intentar meter mis dedos en sus ojales, me he sentido crecer, ¡de repente! y no he podido cortar ni una sola de mis ideas. También me habían crecido las manos. 

Es tiempo de incorporaciones. A lo lejos, los niños continúan buceando bajo el agua, mientras en vano, yo, intento sacar la cabeza de mis recuerdos. Se salpican con manotazos de tal forma, que algunas de sus gotas de agua, han ido a parar a cada una de mis mejillas, solo así me conformo al pensar que no se trata de un llanto. De un llanto sutil, que me ha robado treinta años de golpe en un suspiro, en un instante. Tan inapreciable, que hubiese negado que haya existido, de no ser porque lo he sentido, como una lluvia cálida de otoño o como aquellos charcos de invierno, que se formaban en algunas calles, donde el asfalto aún soñaba con recostarse algún día...

Es tiempo de incorporaciones y la sirena de la vida está presta a tocar de nuevo. Mientras, los niños y niñas preparan sus carteras para ser arrastradas con sus puños cerrados y nosotros, los que aún no hemos dejado de serlo, nos conformaremos con amarrarnos tras de la reja de nuestras pestañas para sentir sus risas en la distancia. Los veremos sonreír, gritar, saltar, jugar, llorar y robar si acaso algún que otro beso a la infancia. ¡Qué más da haber crecido! - nos diremos - ¡Nosotros también fuimos como ellos! y volveremos a andar los mismos caminos que nos llevaron en sueños a nuestro colegio, (el de la vida) con una sonrisa de oreja a oreja, mientras jugamos con nuestras manos en los bolsillos y acariciamos con la punta de los dedos, la figura redonda, frondosa y peculiar de una pequeña goma de nata….

Ahora quizás entendamos que La A de araña, nos habrá tejido un tela capaz de amarrar el tiempo y no lo soltará nunca. Que el elefante de la E, nos indicará el camino de vuelta y no menos el de regreso. Que la I de iglesia, nos llevará al suspiro de nuestra paz interior, mientras el oso de la O, marcará el territorio de nuestras vidas y la U de uva, nos mostrará la vid de lo que somos y hemos sido, el viñedo de nuestras familias creadas con amor, y el mejor de los brindis lanzado a los cielos con el más dulce y afrutado de los vinos... (Aún hay tiempo de un chapuzón.)

 
            Nota; La vida es el recreo más hermoso, siempre y cuando lo aprovechemos hasta el final y hagamos oídos sordos a las sirenas. De una u otra forma no habremos crecido, aunque cambien de lugar y de destino, el camino de nuestros besos. (Quizás ya no sean tan decentes.)


José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 13 de abril de 2012

En una mirada... ¡Todo!



En una mirada… ¡Todo!


           Hasta en más de diez ocasiones nos insinuamos con la mirada. Éramos como dos adolescentes que jugábamos a escondernos tras de las páginas escritas que soportaban nuestros dedos. Tú, acariciabas con dulzura un libro. Suponía que leías con ternura y que en cada párrafo que yo imaginaba, el beso de tus pupilas naufragaba en cada sílaba que besaban tus labios cerrados. Yo, sostenía otro ejemplar de Glenn Cooper a tres metros de distancia de tus piernas, y mis ojos, releían una y mil veces la misma estrofa sin avanzar una sola línea.

            El bullicio de la cafetería nos mantenía apartados del resto del mundo. Imaginé por un momento que la distancia se difuminaba entre nosotros y te agarré de la mano para sacarte fuera de aquella tormenta de verano. Por un instante, mis pies intentaron llevarme cerca de tu cuerpo y con un impulso incontrolable, pensé en arrebatarte el tiempo para unirlo al mío y pasar toda la tarde danzando entre la brisa de tu pelo castaño, que caía como una hoja de otoño sobre tu frente. La gente a nuestro alrededor hablaba cada vez más alto. Apenas podía escuchar tus pensamientos, ni tú los míos. Cuando la taza se acercaba a tu boca, tus ojos nuevamente reconocían el horizonte como quien busca a su alrededor la escusa justa para pederse en el olimpo. Y otra vez chocaba con la mía. Hasta en más de diez ocasiones agaché la mirada. El encontronazo de ambas hubiese bastado para comernos en un segundo las vergüenzas, mientras dejábamos al descubierto la desnudez de nuestras sonrisas. Hubiese bastado disponer de un solo segundo y haber parado el tiempo y los relojes. En la mirada nos hubiésemos gritado nuestros nombres y nos hubiéramos llamado por nuestros apodos. En una sola mirada el café se habría quedado helado, y el alma calentado algo más que la punta de nuestros dedos.

            Había agachado otra vez la cabeza, pero tu mirada seguía ahí. Esperando el tropiezo de la mía, para que ahora fueras tú, quien agachara la tuya hasta sumergirla en el ocaso de las páginas escritas en negro sobre blanco. Te sentía respirar por todos los rincones y advertí como los tentáculos de tu aroma se desprendían del precipicio de tu blusa, buscando otro infinito donde perderse. No estábamos solos, y sin embargo, todo carecía de sentido a nuestro alrededor. No sabíamos nada el uno del otro, pero nos bastaban las pretensiones de cada cual, para conocernos de toda la vida. ¡Me armé de valor! y cerré el libro. Ya no había tiempo para echarse atrás y mis ojos se fundieron en la misma fragua que los tuyos.

            Las dos miradas se hablaron a gritos entre la inmensidad de aquel espacio reducido a la nada. Las dos miradas se culparon de no tener voz y buscaron el tacto que dio al traste con la indiferencia. Las dos miradas quedaron prendidas en una luz improvisada a la que no juzgaron el color ni la intensidad con la que hacían brillar cada una de sus pupilas. Al carecer las miradas de voz, fueron cómplices del silencio y prefirieron morir en tres segundos interminables, antes que vivir toda una vida susurrándose al oído, lo que jamás es capaz de escuchar el corazón. ¡Nos lo dijimos todo! y quedamos conformes. Si hubiese existido alguna duda, hubiera carecido de sentido común aquella mañana. Rubricamos con una sonrisa aquel encuentro y las miradas volvieron a caer la una junto a la otra, cada cual sobre su texto y cada alma sobre su libro….  

            Aún humeaba la taza sobre mi mesa, pero no estaba dispuesto a dejar transcurrir ni un solo instante más. Necesitaba saber su nombre. Escuchar su voz y dejarme morir en cada una de sus palabras. Me acerqué a la barra y el tiempo y la espera se hizo interminable. Quise volver la cabeza hacia atrás y volver a buscarla, sentir nuevamente su mirada como rasgaba la mía, pero en mi pensamiento solo existía la imagen de su sonrisa y los dos pequeños hoyuelos que nacieron de repente en la blancura de sus mejillas. Me temblaban las piernas y las manos ¡estaba decidido! y ya no había lugar a las dudas ni a los titubeos. La conocía de toda la vida (lo sabía) aunque jamás el destino nos había premiado con hacernos caminar de puntillas en el mismo camino. Mis miedos habían desaparecido… Tomé la vuelta que el camarero había depositado en mis manos temblorosas y volví de nuevo la cabeza hasta donde su aroma delataba su delicada silueta. Se había hecho el silencio, pero esta vez con distintas voces. Su taza vacía, aún humeaba casi como la mía, y sobre la mesa, aquel púlpito de miradas inventadas, solo  descansaba un libro de poemas entre abierto. Ella ya no estaba… Una de sus orquillas actuaba de separador entre aquellas páginas y el azar premeditado, (quise pensar) me insinuaba a que leyera aquellos versos de Rafael Guillén, cuando aún su aroma invisible impregnaba aquellas páginas sedosas.



Lindo con tu silencio en la hora fría
en que todo está dicho. Palpo ciego
tu encontrado silencio. Parto y llego
de silencio a silencio, día a día.
Cierto estoy de que cierto no podría
entrar en tus murallas. Cierto niego
que haya más fuerza en mí que la que entrego
a tu silencio, duda en ti, ya mía.
Con él limito. Sé que es la frontera
de no sé qué. -Tú muda primavera
torna en dudosos vientos mis certezas-.
Y en torno sigue tu silencio, y sigo
pensando en ti y sin ti, pero contigo,
si es que mueres en él o en él empiezas.

Rafael Guillen

            Su silla estaba vacía, tanto o igual que el alma cuando se detiene en un suspiro. Aquella mesa estaba presta a ser ocupada por un grupo de estudiantes que parecía leer mis pensamientos y percatarse de mis dudas. Quise correr a buscarla, pero el impulso esta vez me había atado los cordones a los zapatos. Ya no estaba. Pude distinguir su silueta a través de los cristales que separaban el mundo del oasis de su cuerpo y supe que nada había sido fruto de la imaginación. Unos segundos… ¡Quizás tres! y su cabeza volvió a buscarme con la mirada. Nada había echado de menos ¿o quizás sí? y eso fuera mi sonrisa. Así que le devolví el gesto sin pensarlo, y me quedé con su libro. Ella me sonrió hasta donde ya no puede advertirla jamás. Volví a mi mesa y me senté de nuevo. Solo unos instantes. El tiempo justo en el que deposité un pensamiento escrito sobre el blanco de una servilleta. Y allí lo dejé, furtivo e imprevisible, como fueron sus ojos  penetrantes en el presente de aquella mañana, amantes de por vida. Allí lo dejé, donde solo pueden quedarse las miradas que nacieron, solo para ser parte y paz, del mayor de los olvidos...  


Llegaste como te fuiste
y mi paz fue tu mirada,
pues aunque nada me dijiste
con tu silencio me diste… ¡alma!
Y por si algo me faltara
con igual silencio me ofreciste,
otros besos y otras aguas.
¿Volveré a verte…? ¡Seguro!
¡A buen recaudo mi futuro!
para seguir pensando en mañana.





José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 11 de noviembre de 2011

No siempre es lo que parece.

        



En la otra estación de los sueños




            Arrastrando los pies como tantas y tantas veces. Dando un giro en la memoria de los tiempos antes de que estos malgasten la luz de su presencia y se difuminen para siempre. Así hemos llegado a la estación de la media noche entre el suspiro y la nostalgia. Despidiendo con las manos del alma al tren de las conciencias, con la cabeza gacha y el corazón dormido, en el complejo anden de los recuerdos.

            A la derecha, Penélope estaba sentada en aquel banco deshojando las flores secas de la penúltima página del libro de sus romances, mientras el vaivén de la brisa tocaba con la seda de sus inapreciables dedos, la plata de su pelo sujetado por el broche de nácar de una alondra. El tiempo deambulaba en el cronómetro imparable de su piel y la espera la había condenado de por vida, a la soledad del amor, amado en silencio y gritado con la voz callada de sus labios rojos, eternos y cerrados… apenas sin respirar.

           A la izquierda, un poeta acariciaba el verso inmaculado de la frente de los dioses y amarraba con fiereza la pluma, para desvirgarlo sobre la inmaculada hoja en blanco, donde se han de escribir los renglones torcidos. La boca medio entornada y la mirada perdida entre las sendas de lo incorregible. El poeta soñaba despierto, y el verso poblado de sílabas, manchaba de negra tinta la vena de su silueta. Recién escrito y presto a ser  pronunciado por otras bocas quizás entre abiertas como la de él, o melancólicas y hermosas, (rojas y dispuestas a ser besadas) como las de Penélope.

            La estación emitía el hermoso sonido de la soledad. No había nadie más a quien preguntar. Nadie más de norte a sur, de este a oeste. Solo el viento saltando las vías metálicas y el sonido del reloj marcando el tiempo y las horas. Infatigables horas condenadas a dar vueltas a una circunferencia cercada por doce números privilegiados, capaces de hacer de la puntualidad otra forma de vida. Una neblina tapaba el horizonte casi de puntillas, y jugaba con las medidas y las distancias. Se comía de un bocado la ciudad, para devolvérnosla en unos segundos, con las mismas luces y sombras. Dibujaba siluetas de arriba a bajo y enmarañaba sonidos de risas y besos de otros dos enamorados bajo el mástil frío de una nueva farola. (Ya éramos cinco.) 

            Transcurrió el tiempo como si nada, quizás porque de la nada solo se amamanta el tiempo con su otra boca, y sobre la escasa neblina, a lo lejos, la figura de aquel tren se acercó hasta pisar con sus zapatos redondos el andén y mi billete. Ya no escuchaba el reloj, a pesar de que en mi subconsciente, sus insaciables manecillas igualadas sobre el número diez, me gritaba despavorido que ya eran las en punto. Diez pequeñas campanadas que me acercaban al cristal de mi asiento nuevamente en soledad. Diez pequeñas campanadas que me otorgaron el tiempo justo para limpiar con la manga de mi abrigo oscuro, la otra neblina que no me permitía observar con claridad el paisaje del que antes yo, formaba parte como alma que aguarda, confundido entre siluetas de espera. Diez pequeñas campanadas para sentarme y volver a pensar. Diez momentos justos para regalar otra nueva mirada al horizonte y dejarla perdida. Me sobró el tiempo para soñar y la imaginación para diluirme en ella y volver a encontrarme a mi mismo.

            Cuando quise darme cuenta, me marchaba. Lentamente. Como si el maquinista quisiera que me percatase por última vez de aquel momento, como si este fuera el último y las oportunidades comenzaran a desvanecerse como hojas de otoño tras de mis pasos. Tratando de hacerme recordar si había olvidado algo en la maleta. ¡Aún había tiempo para bajar de aquel vagón y detener mis pasos, que no el tiempo! Aún podía meter todos y cada uno de los besos que se habían quedado amarrados a las sábanas de nuestra cama. Aún había tiempo de poder volver a tu encuentro y alborotar nuevamente las sábanas del deseo. Abrazarte otras cien veces y otras cien, dejar que tu abrazo recorriera mi espalda hasta encadenarme de por vida a tu piel y a tu aroma. Aún debía estar encendida la vela del sueño entre tus ojos y yo podía apagarla otra vez, para poner otra noche imaginada en el quicio de tu puerta. Aún había tiempo de borrar el adiós de mis ojos, cerrando los tuyos con un beso. Nos quedaban miles de frases que decirnos sin poner en ellas más puntos finales, que aquellos capaces de nacer con vida propia, entre suspiro y suspiro. No tenía en la maleta tu risa, y aún era capaz de poder regresar para atraparla, para hacerla mía. Había dejado la mitad de mi equipaje en el armario de tu alma y solo era capaz de viajar con la única muda de tu piel en mi recuerdo. Aún había tiempo de susurrarte al oído, hasta hacerme sentir el ser más privilegiado cuando la aurora posa sobre tus párpados la luz de un nuevo día. Había tiempo (lo sé) de robarte la última lágrima y posarla sobre mis dedos. Había tiempo de tragarme tu sal, hasta saciar la sed de tu llanto, y poner barreras de acero al adiós, y de trigo al hasta pronto, si no fuera mentira…

            Cerré lo ojos para no pensar. Ya no hay retorno. Las puertas del tren se habían sellado para siempre y el maquinista, acariciándose el cabello, puso la distancia infinita entre tu puerta y mi puerta. Pasaban las diez y ya no se escuchaba el reloj. Las puertas del tren me habían atrapado, diluido las sombras y posado en aquel andén, mágico de mis sueños, mi último “te quiero.”


*** *** ***

(En un lapsus)

            Eran otras diez a mi regreso. Otro reloj y otro tiempo. Aquella estación vibraba con los sonidos desacompasados de la gente, que de arriba abajo, caminaba entre los andenes poblados de trenes con direcciones inapreciables. Ninguna campana acompañaba el minutero ni el tiempo en mi muñeca, y ninguna voz a lo lejos requería mi presencia. Ninguna niebla ocultaba mi rostro. Ya había llegado. Despertado del sueño volvía a la vida. Busqué aquella farola en la que se amaron aquellos jóvenes, pero en ella solo encontré la ironía de un beso fugaz que se había marchado con la adolescencia. Y entonces, supe que fui yo quien te besaba, y tu quien sonreías… Busqué los versos de aquel poeta escritos sobre la improvisada textura del pensamiento, y quise leerlos en sus labios antes de que emprendieran el vuelo a lo desconocido. Pero solo el silencio me regaló su armonía y entonces entendí, justo en aquel instante, que era yo quien me inspiraba mientras nos bebíamos el amor, de cuclillas, cada madrugada para no despertar a Morfeo de sus sueños eternos.

            Eran otras Díez en mis sueños. ¡Ningún tren!  Había puesto partida ni rumbo lejos de las caricias del alma. Tenía en los bolsillos del pijama guardados hasta el último de tus besos, y la sal de tu lágrima, jamás fue salina en la comisura de tus labios…

            Que ironía… ¡todo era un sueño! No había más niebla que la de mis ojos cerrados, ni más alboroto que el de mis sábanas que seguían alborotadas. Ningún billete se había picado con el diente mellado de la partida, y ninguna estación puesto a secar al sol reloj alguno, ni tiempo voraz en sus fachadas. Ningún horizonte imaginado había dibujado con la acuarela del pensamiento, otro lugar distinto del que ambos estábamos, ni a la cama puesto raíles de acero. No hizo falta pellizco para volver a la realidad, ni nostalgia alguna que me mordiera la piel ante mi regreso. Solo me bastó abrir los ojos. (¿Serían las en punto?) Tú estabas junto a mí. Aparté el pelo de tus hombros y dejé depositado allí, el más hermoso de mis besos.

- ¿Te marchas?
Me dijiste;
-  Acabo de llegar.
Susurré.
-  ¿De donde?
Y ¡Sonreíste!
- De decirle a Penélope que espere.

             Nunca es tarde para esperar el último tren de la vida.
 (Ahora eras tú, la que volvías a estar dormida…)



Nota del autor;

“No hay mejor tren que el de los sueños, aunque a veces la quimera, te lleve al último vagón del pensamiento.”



José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 8 de abril de 2011

Anhelada, inquieta, sublime...


Granada..., ya es la hora.



Anhelada, inquieta, sublime… La Semana de los sentidos, la de las plegarias, la de los suspiros golpeando las puertas de la Andalucía de Machado. La Semana de los aromas colgando de la mano de las ramas de los naranjos. He aquí… abierta de par en par y presta a hacerse escuchar, sin abrir la boca. La Semana Santa, la única, la capaz, la de siempre… Ya es la hora. Mientras en Ganivet se amontonan las sillas, en el antiguo convento del Carmen, a caballo un jinete a cubierto sus ojos con el trozo de una noche negra de primavera. Cuado ha sentido los primeros acordes de un tambor en la distancia, ha parado el reloj, se ha hecho de bronce y dejado que el último galope de su caballo, ponga cresta a la negación de su palabra… ¿vives o sueñas? ¡Guardo silencio! Desde aquí todo se ve más claro. Las campanas de las Iglesias han callado sus bocas como siempre, y sus puertas se han abierto para bostezar cirios y luminarias. La Semana Santa, ha llegado.

¡Ya es la hora! calle abajo corren los “sacapasos”, ante la mirada incrédula de los costaleros abrazados a la parihuela de siempre. ¡no se puede querer tanto y tan de repente! Por las cuestas arriba, los niños se arremolinan con sus capirotes bajo los sobacos y el pelo revuelto de la primera bulla. Los “zapaticos” nuevos se esconden en el armario esperando que del Domingo de Ramos no quede más que el reflejo en las pupilas del que es un niño. (Y solo se es una vez.) Y en las plazoletas más añejas de Granada, las mujeres más garbosas (todas) andan pisando piropos con sus escotes de primavera.

Todo preparado. Los soñadores ya dejan descansar los codos sobre la forja de los balcones. Los saeteros afinan el compás de sus gargantas ¡jamás el llanto pudo tener mejor son, ni la muerte tan tenaz sintonía! Los penitentes prestos a cubrir sus rostros, buscan el silencio oscuro de los portales. Los pregoneros buscan las palabras soltadas a los cuatro vientos por las calles y las plazas para volverlas a escribir sobre las páginas del verso y de la prosa. En vano se ha de buscar lo perdido, y las palabras se fueron para no volver. Los costaleros guardan en su cerviz el magisterio del penúltimo ensayo y lo ponen al servicio de sus pies. El músico hace que las notas emerjan entre sones improvisados hasta quedase dormidos de repente y la mujer, hermosa como nunca entre encajes de azabache, lloran su pena negra entre estrellas y alelíes.




Emerjan pues de los cielos de Granada, inciensos celestiales entre los dos ríos que atraviesan esta tierra. Pues no es otro que Cristo, quien en sus brazos, torres y aljibes, impregna con su muerte la pasión, la cruz y la espina. ¡Divídanse todas y cada una de las columnas de Carlos V! pues su Madre Santísima, por ley, ha de estrenar un Palio cada noche y cada día.

Anhelada, inquieta, sublime… La Semana de los sentidos, la de las plegarias, la de los suspiros, ha llegado a golpear con fuerza las puertas del alma. La de Federico García Lorca donde “El melancólico y el contemplativo, a Granada, a de estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra.”

Pasados los ocho días, Resucitado el Cristo andaluz en cuerpo y en alma. El cofrade, el hombre, el soñador, el ingenuo… Ya con la cara al descubierto, cierre pues la puerta de su casa. Un año más… Aquí mi lugar y mi gesto. La Pasión entendida. En los míos he vuelvo a sentir su mirada…. Solo así habrá merecido la pena y ser cofrade una vez más, habrá sido vivir en el cielo...

(Y volveran a florecer los naranjos.)


José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 19 de marzo de 2009

Entre dos luces





Entre dos luces Marzo 2.009
Dos luces. La primera arañaba la cristalera limitando su reflejo hasta hacerlo indefinido. La otra acariciaba tu rostro tras del cristal, como si intentara maquillarte las pupilas bajo una aureola especial. De un lado la indiferencia de tu mirada, traspasaba mis sentidos, desafiando el encontronazo de mis ojos que no paraban de buscarte. En la otra orilla de la urbe, mis sueños se poblaban de coincidencias y no paraban de imaginarte cerca de mí. En el otro horizonte, tu cabello parecía desmoronarse, mientras devoraban tus labios la orquilla, que debió sujetar la tempestad secreta de tus rizos.

Tus manos sostenían aquella carta humedecida aún por la fragancia del olvido. Frente aquella otra luz y a duermevela, mis suspiros gemían desiguales, de la garganta al pecho y del pecho a los tobillos, donde se retuercen los nervios de la espera. Tus manos acariciaban el papel, mientras se deslizaba reglón a renglón bajo tus dedos. Los ojos entornados. La nariz colorada y el suspiro mudo, casi invisible, detenido en el temblor de tu barbilla… Aquel cenicero no dejaba de quemar la ceniza del último cigarro, cuando otro decidió posarse para arder por si solo. Sin que ningún impulso se lo llevara al alma. Sin que ningún soplo, dejara amarilla la piel de su hoja. Solo la luz tenue de aquel lugar, definía la niebla de tu rostro. Como si ya no estuvieras allí o por lo contrario, fueras un espectro. ¡El más bello fantasma! por cuyas sombras bien pudieron haber quedado para siempre, mis besos sin los tuyos.

Tras de aquella luz, te imagina una y mil veces. Te observaba hasta el punto de dibujarte con trazos distintos, cada vez que el reflejo brillaba entre tus párpados. Mi luz se desvanecía y ya era espejo. A penas unos renglones más, y aquella carta habría puesto el final a todo. Con ella, habrían concluido cientos de horas amarrado a tu cintura, cosido a besos entre tus labios. Unas frases más, y el final de nuestro amor se ocultaría para siempre, entre nombres y pronombres, adjetivos y verbos.

La puerta se abrió. Otra luz se encendió en tus ojos. (Ya había tres.) En tan solo un instante, en tu boca se produjo el fuego de la locura. Tus labios se vistieron de rojo, y casi pude advertir la sangre concentrada en ellos, como una tormenta, otra tormenta que no busca encontrar la calma, a pesar de saber donde se encuentra. Una de tus manos arrugó aquel papel deshecho en aire y lo dejaste caer sobre la mesa. (Se acabaron las frases). El acercó su boca a la tuya y encendisteis el primer beso, ante la demanda impasible de crear otro, casi en el mismo momento. La otra de tus manos, rodeo su cintura derrochando mil y una caricias. Y ya no volviste a sentarte, sobre aquella estupida silla que giraba sola, como un tíovivo de sombras y de olvidos. Tu mano en su mano y los ojos, marcando de cerca el suspiro con el que se escriben las palabras, que jamás se pronuncian.

Allí dejaste aquella luz, tras de tu espalda. Como un crepúsculo condenado a morir entre el regazo del tiempo. Cuando pude llegar aquel lugar, aun tu aroma penetraba en mis sentidos. (De alguna forma seguías allí.) Aquel cigarro marcado por la huella de tu boca, se consumía ante sus mismas cenizas, mientras en la mesa, descansaba aquel papel desmenuzado en mil trozos desiguales.

Que ironía. Aun tuve tiempo de dar una calada aquel cigarro y apagarlo con mis propias manos. Sentí que tus labios se acercaron por última vez hacia mí, y me pareció eterno. Abrí los ojos de par en par, para dormir, y cerré los ojos para dejar de soñar.

“Te he querido siempre” Decía la carta… Y vino él. (Para apagar mi luz y encender otra.)
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José Manuel Rodríguez Viedma


martes, 3 de febrero de 2009

Nostalgia. (Fragmento.)


Nostalgia (fragmento)
Febrero 2.009
Demasiado deprisa… Siempre demasiado deprisa. La vida transcurre lo mismo que un reloj de arena al que su pequeño embudo de cristal le ha crecido la boca más grande. Por ella se arrojan al vacío nuestros pensamientos como si ya no nos hicieran falta nunca jamás. Al día comienzan a faltarle horas y a los pensamientos el lugar donde tener almacenados los recuerdos. (No hay tiempo para recordar). Los besos se difuminan entre números hipotecados y cuentas bancarias. (No hay tiempo para amar). Al cielo se le antoja volver a discurrir por aquellos tiempos pasados, donde las fuentes se empeñaban en convertirse en hielo, cuando de sus caños humedecidos de cobre, una lágrima emergía de una boca, para encontrar otra boca en la que echarse a soñar. (No hay tiempo para soñar). Las nubes se marchan con la misma agilidad que los suspiros, aunque a estas las puedes ver y tocar. (Estoy seguro). La vida se ha transformado en un ir y venir de corazones que laten descompasados y que cada vez, son más difíciles de apresurarse a componer una sola melodía. No hay tiempo de escuchar un gorrión en la baranda y muchos menos, si nos empeñamos en esperar que alce el vuelo, para ver donde se posan sus pequeñas alas improvisadas…

Todo queda relegado al día de mañana. Mañana será otro día… Tal vez mañana… Mañana volveré a intentarlo…Siempre nos queda el mañana… ¡Que ironía! Pensar que mañana es el presente de nuestro más inmediato futuro, siempre presto a enseñarnos su fecha de caducidad. ¿Por qué no ahora mismo? ¡En este momento! ¡No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy… ¿Por que no me besas en este instante? Solo por el mero hecho de ver como brilla aquella estrella que jamás se aprendió nuestros nombres… Por que no buscar ¡Aquí y ahora! ese abrazo que descongele cada una de las fuentes, que juegan a hacerse de cristal. ¿Por qué no derrochamos una sonrisa? Aunque no tengamos motivos para el despilfarro y la crisis nos deje la cartera vacía y el corazón lo mismo que un pozo sin fondos… ¿Por qué no llenarlo ahora con nuestras indecisiones? Si en cada una de ellas volvemos a conocernos, justo como el primer día… ¿Por qué no amarnos sin complejos? Aunque se ruborice la luna. (Ya está acostumbrada). ¿Por qué no buscarnos ahora? ¡Como el primer día! Entre las calles y las plazas, donde la gente nos miraba como seres diferentes, solamente por arrojarnos a la locura invisible del abrazo. ¡Ahora… en este preciso momento! Cuando las campanas del tiempo, han marcado con su grandioso doblón de acero, la hora justa del instante infinito. ¡Aquí y ahora! Cuando tenemos todo el tiempo del mundo para malgastarlo imaginando como suena el roce de la piel, con otra piel. ¿Por qué no sentir sin ser tocados? Como el silencio nos habla a gritos y rompe la soledad de la compostura. ¿Por qué no insistir? En la frase pegada al oído que ambos convertimos en un susurro inapreciable, que nos hace entendernos de una única forma inaparente. ¿Por qué no mirar sin abrir los ojos? Sin miedo a tropezar, sin desconfianza… Recuerda que cuando más nos amamos, fue aquella tarde en la que menos nos conocíamos. Tu y yo, sin prisas… Sin que ningún reloj nos marcara las horas, (era imposible que nos cogiera en ambas muñecas) teníamos todo el tiempo del mundo dispuesto a nuestros pies…

Demasiado deprisa… Demasiado deprisa. Ahora que no estas. La vida ha transcurrido sin medida ni tiempo. Ahora los besos se malgastan en la boca cerrada, donde mueren las palabras que nunca dijimos. Ahora el silencio se hace visible, (no hablas) y el frío se ha abrazado a mis manos. (No te siento). El cielo me dibuja las estrellas, recostadas en el abismo de las dudas. Una a una y me gritan tu nombre. (Por fin se lo aprendieron). Hoy mis ojos se han cerrado demasiado de prisa en busca del sueño, pero no he encontrado tu sonrisa. Mientras las luces de esta ciudad dormida, se han apagado con un soplo, Morfeo ha dejado de hablarme… (Ya no le conozco).
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José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 8 de enero de 2009

Una visita inesperada.


Una visita inesperada
Enero de 2.009









Inesperado, como el último soplo de brisa que hace desprenderse la hoja de la rama hasta hacerla danzar entre la nada y el suelo. Inesperado, como la fragancia que llega y se marcha sin hacer sonar con sus nudillos los cuarterones del alma. Inesperada, así fue. ¡Inesperada! Lo mismo que el destello que emiten las pupilas cuando se acristalan en su interior, formando una cuna de lágrimas… Así fue. Tan inesperado como el recuerdo e improvisado como el otoño cuando acaricia la piel con sus dedos invisibles.

Aquella noche la Alhambra volvía a estar ahí, lo mismo que siempre. En cada una de sus torres podía apreciarse con sigilo, como se difuminaban los sueños del pasado entre almenas perezosas que se afanaban en resplandecer jóvenes y bellas, como princesas en cautiverio. Mientras en sus fachadas el recuerdo apresaba la nostalgia de otros tiempos, en mi cuerpo, los aromas de arrayanes y las melodías del agua, arrancaban de mí el mejor de los versos hasta quedar más allá del olvido. (Siempre he pensado que los recuerdos, permanecerían para siempre vivos o que morirían tragados por algún surtidor, para saciar la sed de los rosados labios de alguna princesa.)

Otra vez estaba allí. La noche anterior apenas había tenido lugar para preguntarle su nombre. Reconozco que su silencio llegó a ser eterno y mis palabras, la repetición de una frase que no encontraba el camino a sus respuestas. Sentía su respiración a cada momento, y como sus pulmones besaban el aire de la madrugada hasta dejarlo sin aliento. Su silueta tras del sauce mostraba su rostro, aunque la oscuridad se empeñaba injustamente en ocultarme el color de sus ojos. (Yo los pinte negros, como el camino del pozo que me lleva a los aljibes.) Su fragancia desaparecía apenas en un instante y solo mi inhalación era capaz de advertirnos que ambos estábamos allí, a pesar de que mis sueños, otros sueños de amor, me esperaban bajo las sábanas de mi cama. Ella era real, tanto como la luna que nos observaba con sus ojos cerrados. Tan inalcanzables ambas, que ni siquiera el susurro de mi voz, sería capaz de enredárseles en sus oídos. (La luna también escucha.) La noche anterior me confesé ante aquella silueta, lo mismo que un niño ante los brazos de su madre. No se por qué lo hice. Quizás porque con su silencio asintió que mi palabra llegara hasta ella disfrazada de acordes inverosímiles o simplemente, porque mi cobardía dibujó a un ser valiente que disimuló su alma ante una ilusión que iba y venía lo mismo que una leyenda. En sus silencios descifré las sonrisas que jamás encontraría en la comisura de sus labios y en su oscuridad, hice que resplandeciera su rostro sin miedo a equivocarme. Allí estábamos los dos, como dos seres que juegan con sus conciencias para pasar inadvertidos entre la nada. Jamás los silencios habían sido tan ruidosos y me habían confesado tanto.

Las luces han vuelto a marcharse. Otra vez la claridad asomada a la ventana, como quien enciende una vela en el interior de un botijo. La Alhambra se alza ante mi vista y apenas puedo mantenerla de una pieza en mi pensamiento. Otra vez el sonido del agua acompaña el de mis pasos sin pisarla. (Solo los sueños se pisan cuando vamos descalzos.) Las esencias se escapan entre mis manos antes de poder llevarlas hasta mi boca, mientras la brisa pone a su antojo la forma evidente de mis cabellos. ¡Que ironía al verte de nuevo! Otra vez inesperadamente, tras del sauce y la luna. Escuchando en silencio mi palabra. Como un amante que deshoja el tiempo en otros besos y otras sábanas. ¡Que locura la nuestra! (La mía) ¡Que extraña metamorfosis ante la Alhambra! Una vez más, yo…Y ensimismado, el cuerpo que respira y habla. Otra vez tú… Bendita confesión cuando estoy solo, para ser la mayor expresión del cuerpo cuando se eleva.
Inesperada visita la tuya, siempre amarrada a mis tobillos, (¿Te sueltas?) confidente de presentes y futuros, que ofreciste el tesoro de tu silencio y entre claros surtidores de cristal. Te encendiste como la hiedra, (era de noche) para ser figura derrotada ante mis pies. Dócil silueta que recitas lo que es piel y haces de tu mundo, ¡hermoso mundo!…Divina oscuridad de fantasía... ¡Ya te conozco! (Eras mi sombra).




José Manuel Rodríguez Viedma

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

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