Dos y dos en la misma antesala de
las incongruencias. Las similitudes entre los besos abriendo las bocas de pez
en otras aguas dulces y frías. El oxígeno examinando la piel con pequeños
aguijonazos de ternura y en cada punto indivisible de paz, todo un universo de
dolor cuando se ama. Dos y dos estatuas semiinconscientes, blancas, inmaculadas
y desvanecidas, por las que la sangre transita buscando la luz para gritar que
están vivas y, en medio de sus universos pétreos, los ojos. Las pupilas tiernas
y el destierro de los olvidados sin nombre. Los párpados entornados, casi
dormidos, sueñan sobre otra cuna mecidos por el mar de una lágrima sin sal.Páginas
lunes, 16 de febrero de 2015
Dos y dos
Dos y dos en la misma antesala de
las incongruencias. Las similitudes entre los besos abriendo las bocas de pez
en otras aguas dulces y frías. El oxígeno examinando la piel con pequeños
aguijonazos de ternura y en cada punto indivisible de paz, todo un universo de
dolor cuando se ama. Dos y dos estatuas semiinconscientes, blancas, inmaculadas
y desvanecidas, por las que la sangre transita buscando la luz para gritar que
están vivas y, en medio de sus universos pétreos, los ojos. Las pupilas tiernas
y el destierro de los olvidados sin nombre. Los párpados entornados, casi
dormidos, sueñan sobre otra cuna mecidos por el mar de una lágrima sin sal.jueves, 6 de junio de 2013
La mitad de una reflexión
Todo gira a nuestro alrededor en
pequeñas porciones de vida. Nos aferramos a las medidas, como si en cada una de
sus proporciones simétricas, halláramos
la equivalencia perfecta en la que el error, vuelque la balanza siempre
sobre el contrario, de forma, que no siempre seamos los poseedores de la mayor
parte del manjar. Nosotros, los seres inteligentes, perspicaces y profundos, no
en pocas ocasiones recurrimos a la mitad de nuestras acciones, casi siempre, no
con valentía y sí con el temor de volver a equivocarnos. Irremediablemente,
vivimos, soñamos, sentimos y amamos, con la incertidumbre capaz de hacernos
sentir que todo en nuestra vida, lo hemos dejado a medias.
Nos acostumbramos demasiado a
quedarnos “a medias”. Nos miramos fijamente, vemos el destello en los ojos de
quien tenemos en frente, los asimilamos, vocalizamos sus palabras en el
corazón, los escuchamos atentamente y luego, dibujamos en nuestro rostro, una
“media sonrisa”. Andamos de aquí para allá, sin miedo a que el tiempo se olvide
de nosotros y nos estremezca con el frío enero del olvido. Alzamos murallas a
nuestro alrededor, no escatimamos esfuerzos en vivir por nosotros y
equivocadamente, por el resto de los demás, para al final, sin hallar el punto
de encuentro entre lo efímero y lo definitivo, quedarnos casi siempre a “mitad
del camino”. El tiempo es completo, pero nosotros lo dividimos a nuestro
antojo. Dibujamos paréntesis invisibles que lo hacen infinitamente más pequeño
y menos valeroso. Nos pasamos “media vida” quedando en “media hora” y apenas
teniendo “medio minuto” para escribir a “medias tintas” en “media hoja de
papel” una simple nota que diga; ¡Vuelvo pronto!
Casi siempre lanzamos al vacío
nuestros zapatos con las “medias suelas gastadas”. Nos preocupamos de haber
engordado “medio kilo de más” y nos empeñamos en comer “media ración” para
volver a encontrar el equilibrio perfecto. Buscamos la “mitad” de un trozo de
fruta, preferiblemente a “media mañana” y buscamos alargar “el medio día” con
la franqueza de saber, que apenas tenemos tiempo para “comer a medias” mientras
nuestras conversaciones quedan relevadas a “medias palabras” que escuchamos
“medio dormidos” justo en “medio del sofá”.
No busques la “media naranja” o
te pasarás la vida buscado la otra mitad en el interior de tu frutero. Jamás te
quedes con una “verdad a medias” pues siempre hace más daño la “mitad de una
mentira”. No cierres “a medias los ojos”, pues nadie será capaz de contarte el
final de tus sueños. Nunca “medies” ¡entra de lleno! Abre las puertas “medio
entornadas” o ciérralas a cal y canto, si el que viene tras de ti, quiere
robarte algún suspiro. Salta la “mediana del tiempo” y cambia de carril con
destino a ninguna parte. Nunca te dispongas a hacer nada “a media luz”, la madrugada se come entera de un solo bocado.
Cuenta las horas, hasta la “media
noche” únicamente para comerte de ella hasta la última estrella. No cierres los
ojos ¡jamás! si la ves “medio desnuda”. Recuerda siempre que los seres
inteligentes, perspicaces y profundos, somos los únicos capaces de poder
quitarle la ropa.viernes, 21 de septiembre de 2012
El secreto de los vivos.
Una conclusión cuanto menos rocambolesca. Y es verdad que lo es:) Cuando una persona desaparece, vamos, digamos que se muere, que se esfuma, que la espicha. Multitudinarias voces, si no todas, exaltan con sopranos vozarrones cual temida pérdida se nos viene encima. Lo mismo nos da, si de pequeños nos daban patadas en las espinillas o nos pellizcaban repetidamente sobre el ... ombligo. Tal cual. << ¡Que bella persona coño! Con lo buena que era…>> La sudoración de sus pies, ahora era una grata mezcolanza entre el jazmín y la azucena y su malafollá, una media sonrisa difuminada a menudo entre su rostro angelical. Que si quieres arroz, Catalina, o como demonios se llame la tabernera.
Si el gachón o la gachona, tenía un carácter de los de quítamelo de enmedio que me abofetea la carótida, ahora, y en su lecho fúnebre de rosas y claveles, parece que una legión de angelitos ha venido a por el. << ¡Uno más en el reino de los cielos! >> (Manda hue… de los más frescos que ponen las gallinas pardas.)
Al ejemplo me remito con mi amigo Ramón, el de la zapatería de Castillejos. Hace una semana me lo encontré en la Plaza Nueva, debía de estar pasando el rodaje de sus últimos mocasines, cuando le dije;
- ¡Coño Ramón! Que alegría me da verte. Anoche estuvimos mi mujer y yo, de velada nocturna, junto a Fermín, Lucas, Alberto. Más tarde se incorporó Ana y Lucía. Por cierto, que cabroncete el marido de Lucía, aún recuerda la despedida de solteros y la foto de Sonia, la bailarina de “striptis” en su mesita de noche la luna de miel. Te puedes creer que apenas cruzamos palabra… Todo lo organizó Olga, la mujer de Vicente. ¡Vicente! (me dijo) Hijo de put… él y su mujer. ¡Nunca le caí bien del todo! Más bien nunca nos caímos ninguno de los tres. Claro que si yo hablara… ¿Qué? ¿Pagó en Chalet de los pinares? ¡No te jode! ¿Sigue tan gordo como siempre? Si no fuera tan estirado, las cosas bien que les podían haber ido mejor con sus amistades, a él y a ella, pero claro, el señor director de la sucursal del banco, como puede… claro, con un pobre zapatero. ¡Ramón!. (Le dije) Muy bien no estaba el hombre. Vicente, con todo lo gordo y sus hechuras, apenas se movía de la caja de pino. Calladito estuvo el hombre y sin pestañear. Murió anoche a las diez y veinte, o al menos eso me dijeron cuando llamaron por teléfono para darme el aviso… ¡Calla! ¡Calla! ¡No me jodas! Mierda de vida, cago en “to” y en la leche… Cuando se lo diga a la Puri, se va a quedar de piedra. La Puri se llamaba cada dos por tres con Olga, en el fondo eran inseparables. Olguita, le decía por el teléfono cada vez que hablaban. Ya sabes, cosas de ellas. El pobre de Vicente, joder, no me lo quito de la cabeza. Era raro, si, como el solo, pero con una inteligencia que se lleva el hombre para el otro barrió. ¡Es que no somos nadie! Ahora que le sonreía la vida, con su Mercedes nuevo por Reyes Católicos… Yo me abrí la cuenta en banco, nada más por que estaba el de director… ¿A que hora es la misa? Pues allí nos vemos, yo dejo al chavea en la tienda y tiramos “pa” San José.
Y allí estaba el hombre… La cara descompuesta, los ojos desencajados de las órbitas y los zapatos de charol, más relucientes que el cristal de un ascensor a las ocho de la mañana, cuando aún había porteros en las casas de vecinos. ¡Ah! y la Puri. La cual entre sollozos, mientras le hacia una suma con la mirada a la pobre de Olga, le decía echadita en su hombro; “Quince años sin hablarnos ninguno de los tres, lo que son las cosas y sin embargo, nos queríamos como hermanos… es que… Lo que es la vida Olga. Mi vida.”Una conclusión al respecto en cuanto menos rocambolesca...
¿Por qué llenamos de piropos y alabanzas a quines las espichan y nos caían mal? ¡He aquí la cuestión! ¡Ya no nos escuchan! y no pueden debatirnos las mentiras.
¿Por qué seguimos haciendo leña los trajes de los vivos? ¡No hay duda! Por qué ellos si nos escuchan y padecen. Lo cual nos indica que hasta que las espichemos, aún hay tiempo de seguir haciéndonos daño…
Valga para todos los amigos y “amiguetes” sin distinción, riqueza, ideología o clases políticas. La muerte y la vida se asemejan en muchas cosas, pero una de ellas, sin duda, la hace igual y semejante. Seas como fueras en la vida, en la muerte alguien te seguirá dando palmaditas en la espalda. Y si tienes dinero, igual hasta llora más y mejor.
viernes, 27 de noviembre de 2009
IN MEMORIAM
25 de Noviembre de 1.999
Aquella mañana, el agua se deslizaba del cielo, lo mismo que lo hace el rocío de la mañana sobre la hoja, hasta caer de la hoja a la rama. Aquella mañana llovía, pero lo hacia tímida, como una mocita que se esconde tras de la ventana del primer beso, atrapada en los cerrojos del abrazo espontáneo y torero que se da por primera vez. Un agua triste y mansa, como los ojos de quien no mira y aleja las pupilas al infinito de los sueños inventados a cada vuelta de sábana. Aquella mañana, la Alhambra se asomaba al cielo sin apenas tocar el abismo con sus nudillos desnudos. Estaba mojada por la lágrima y el suspiro, que bajaba desde el Paseo de los Tristes a Plaza Nueva. La Torre de la Vela, deshojaba silencios a cada golpe de campana, y agachaba la cabeza como nunca, escondiendo una vez más su timidez como siempre. Aquella mañana, se escuchaban versos en la Plaza del Salvador, mientras el agua resbalaba por la Calle del agua para dar entonación al mejor poema jamás recitado y nunca escrito. Las acacias se tornaban de norte a sur, como quien busca la razón a los suspiros descritos entre virutas de carpintero. Se escuchaban los cánticos desde el Ave María, y los saltos de los niños que chillaban con sus gargantas feroces e impacientes por crecer y llegar al árbol de los mayores. ¡Llovía!... Llovía por la cuesta del Chapiz, callecita abajo y callecita arriba hasta los Mártires. Llovía en los ojos de las mujeres, buscando el piropo del poeta enardecer entre páginas blancas de papel inmaculado. Llovía sobre los ojos de los hombres, que anduvieron sobre las sendas de otras lluvias y otros tiempos. Llovía en las copas de los cipreses de San José, espigados verdes y firmes como los civiles de Lorca, y llovía sobre los mármoles fríos y florecidos de los muertos de siempre y siempre sobre los muertos.
Aun recuerdo como llovía… Mansamente. ¡Tanto! como para empapar el pañuelo de los que allí estaban, y tan mansamente para los que no fueron.
Que hermosura el tiempo y la vida,
que da y quita, lo mismo al que tiene,
que al que da, pero no fía.
Pues así siempre entretiene
pensar que el que más tiene,
ya no es el que más tenia.
De igual forma al recordarte hoy
poeta grande que te morías,
veo tanto verso en otras bocas
que tal vez ya, ni reconozcas,
a tanta gente que te leía.
Entre tanto un perro cojo
¡Quien sabe a donde iría!
dibuja estrellas de plata,
en los cielos de Granada
esperando que llegue el día.
Un homenaje mañana.
¡Se ha muerto! ¿Quién lo diría?
Noviembre se hizo de escarcha,
no había gentío en la plaza,
¿Sería Señor... porque llovía?
miércoles, 5 de agosto de 2009
La cara, la cruz y el alma.

A menudo los ojos son el espejo del alma, ¡válgame Dios! si así lo fuera. Y no lo digo por que lo piense, más allá de que lo sienta con los cinco sentidos. Algunos de estos ojos, han conseguido aferrarme a esta idea de igual forma que lo hiciera con un trozo de madera, aquel naufrago que llevara a la gran pantalla Robert Zemeckis, e interpretara magistralmente Tom Hanks. Los ojos son el espejo del alma siempre y cuando el alma sea capaz de mentir, lo mismo que lo hacen los ojos, que no es lo mismo. Últimamente he mirado fijamente algunas caras con ojos y algunos ojos con almas y ciertamente me he sentido más perdido que una cigala en el plato de un mileurista. He sentido el calor del abrazo, lo mismo que las brasas de una candela bajo el relente sosegado entre una noche de amor. (Después ni las ascuas) Serian culpa de los ojos, que jamás me dijeron la verdad o una miseria del alma, que aprendió a mentir lo mismo que lo hacen los ojos. Así pasa con algunas personas que deambulan por la vida arrastrando los pies, como de costumbre, dando traspiés e intentando enderezar su columna vertebral hasta encontrar el equilibrio perfecto entre el cuello y los talones, pobres, jugando a ser maestros sin abandonar la mediocridad, tendiendo la mano a la vez que el pie, y sonriendo cobardemente tras de una esquina del irremediable sopapo del otro. De estos hay muchos, de los mediocres y los del sopapo, la única diferencia entre ambos es irrefutable, el que cae, solo encuentra el camino de levantarse y aprender de la pedrada, mientras al mediocre, no le queda más camino, que fundar una Hermandad de gilipollas y de mediocres a baja escala, que algún día lo releguen de su campamento de verano. Que tampoco es lo mismo.
La cara y la cruz, una sostiene los ojos con especial simetría. Dos pupilas, dos parpados, dos cejas, dos niñas, dos pestañas y dos lucecitas tiernas capaces de perforarte el esófago y las entrañas. La cruz es la espalda y la indiferencia, un “hasta otra” “o que te den viento, por donde se esculpe la innombrable” (por educación). Los ojos… el espejo del alma y la cruz, como de costumbre, la otra verdad a ciegas, a medias con uno mismo y la otra dimensión, indescriptible para algunos. Que fácil entender las miradas cuando se encuentran unas con las otras y se siente como el alma guiña a otra alma del mismo calibre. ¡No es un imposible! haberlas haylas. Son aquellas que dicen la verdad sin abrir la boca para certificar lo dicho, lo escrito y lo prometido. Las otras, donde dije Diego, ahora dicen D. Alfonso Álvarez de Cien Fuegos y Sotomayor. Aún quedan muchas miradas para ser devoradas con un amor enloquecido y otras para volverse loco, al no encontrar más que el desamor en sus pupilas. Aún quedan aquellas, en la que poder dejar al sol, el quite de la amistad y aquellas otras, capaces de quitarte la amistad en un solo quite en la oscuridad de la sombra. Aún quedan aquellas capaces de morder y no hacer daño y aquellas otras que hacen daño sin apenas haberte mordido. Aún quedan muchas, cientos, miles de ojos cuajados de almas, capaces de ser una sola, cuando tu mirada atraviesa el oráculo de su más allá, y aquellas otras, válgame la misma frase, incapaces de ver la hora más allá de su propio culo. Que tampoco es lo mismo.
La cara y la cruz, reflejada en los ojos y el alma. ¡Válgame Dios! si así lo fuera. Permítame señor alcalde, de esta ciudad sin puerto, dejar en la calzada algún moreno del Senegal, antes de que la autoridad competente los despoje del mercado y la mercancía, y de esta manera, pueda adjudicarme unas gafas en su top-manta, donde se apabulla la oferta y la demanda. Tres euros me bastarán, para apartar mis ojos de los suyos, y en consecuencia de sus almas. Unas Ray-Ban sería un placer inmerecido para sus sentidos y además, y sin apremio, le habré alegrado la mañana a Babá…
martes, 30 de junio de 2009
Ignorantes con denominación de Origen.

Ignorantes con denominación de Origen.

Con otras miradas...
La mitad del silencio


