viernes, 2 de octubre de 2009

Suspiros de un alma




Sombra de tormento.



¡Ay sombra de tormento!
frágil hoja que el viento te lleva,
buscando día y noche mi encuentro.
Como calida cometa que vuela,
surcando los limites del tiempo.

¿Por qué lloras? Dime… ¿Por qué lloras?
si ayer estabas riendo,
y jugabas a ser princesa, con tu corona de caracolas
sumergida en tu profundo sueño.
¿Por qué lloras? Dime… ¿Por qué lloras?

Sabes bien tu de rencores
y sabrás que tu tortura,
¡Hace ya, se la llevó la luna!
No… no vengas a pedir perdones.

No quieras prometerme tu felicidad
¡Embustera y traidora!
Escucha tú mi cantar,
yo si que te digo ahora…

¡Ay sombra de tormento!
Dos felicidades te voy a dar,
una por año nuevo,
la otra… ¡Por Navidad!

Anda, déjame, déjame…
que ya no tenemos más que hablar.
Que tu amor se lo llevó el viento,
y el mío se lo llevo la mar.
José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 25 de septiembre de 2009

Patrona de Granada

222222
222222
Ultimo atardecer de septiembre...
2222222
2222222
Septiembre en el almanaque
y las flores que se desmadran,
ni una crece en la vega
que dicen que en la carrera,
toditas las mañanas
ellas solas se desgranan
con sus pétalos de seda,
por ver quien es la primera
que consigue posarse en su cara
y robarle si puede una pena.

Embajadora Reina y Madre,
en Tu tormenta serena
esta Granada de bronce,
esta Granada de piedra
anda buscando escaleras
en la piedad de los hombres.

Y es Tu grandeza Señora
como el manto en el que recoges
los pecados que te entregamos
mientras repartes perdones.

Virgen de las Angustias
Patrona y Soberana
no hay domingo más glorioso,
más florido, más hermoso
que aquel que te llevan en andas
y cien palomas cruzan,
el plomo de tus campanas…
José Manuel Rodríguez Viedma
(Estracto Pregón Oficial de la Semana Santa de Granada 2.008)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Pensamientos de infancia.




Nostalgia serena



No me apena la nostalgia,
de ver pasar el tiempo
ni las arrugas en la cara,
ni el color blanco del pelo.

El tiempo que pasa, ¡pasa!
sin poder detenerlo,
como el aire de mi ventana
como las flores de enero.

No me apena para nada,
tener en mi alma el secreto
de sentir el alma engalanada,
por la profundidad del sueño.

No me apena para nada,
sentir del aire el silencio
como posa en mi almohada,
las hadas de los recuerdos.

Yo soy feliz en mi ventana,
contando las gotas de mayo
escuchando de la campana,
el suspiro de un rosario
que rezan las viejecitas,
en las sillas de mi patio.

Ver la torre de la iglesia,
por la que no pasan los años
y las flores de mi maceta
cuajadita de geranios.

Yo soy feliz en mi ventana,
dibujando un puerto en mí barrio
lleno de barcos veleros,
por los que va navegando
el timonel de mis sueños,
con su ancla de barro.

Y como no tengo playa,
ni mar, ni sirenas
de la noche hago océanos,
cuajaditos de estrellas.

Y como no tengo barca
ni redes, ni velas
me hago pescador de sueños,
en mi barriada pesquera.

Y al niño le pesco una flor,
con sabor a hierba buena
y a la niña un amor
para ponerlo en su pecera.

La mar escondida
entre las callejas,
de ellas me saltan
delfines, ¡sirenas!

En mis sueños mi barrio es,
lo que yo quiera que sea
un jardín encantado,
rodeado de palmeras.

Una saeta rota
al llegar la primavera,
las alas de una paloma
que giran, saltan, corren, vuelan.

Un beso en una farola,
cuando se ama de veras
que deja mi barrio vacío,
de luces y de veletas.

Un presente inacabado,
un pasado sin cadenas,
un tesoro de bizcocho,
chocolate y magdalenas.

Mi barrio es un viejo chiquillo,
al que no le falta de nada
si acaso algún capricho,
que pueda tener en mi zambra
¡poner mi barco en el rió
y tener mas cerca la Alhambra…!
José manuel Rodríguez Viedma
(Pregón de las fiestas del Zaidin año 2.005)

lunes, 10 de agosto de 2009

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)



Con otros vientos del sur.



Es seguro que así estas…
elevada a veces en la distancia,
como un camino que al fin alcanza,
la sombra oculta del mar.

Estas… desahogada en el suspiro capaz,
de hacer del suspiro, la llama
de una hoguera que aguarda,
ser como la estrella fugaz.

Pisando y mordiendo las nubes,
mientras pisas las olas del mar.

¿Y tú a que sueñas, sirena?
Abrazada a la sal del pensamiento…
si no es más que tu sueño,
la presa en un triste sedal.
Como aquellas alas sin cuerpo
amarradas, sin desplegar,
que lejos quedaron del viento
para hacerse en cuerpo a la mar…

En la arena tu sonrisa descrita,
en otra canela, con otra sal.
Como un beso mordido en la brisa
que nunca supiste dar.

¿Y tu a que sueñas, estela?
dando vueltas sin parar,
cuerpo a cuerpo, como si en ello fuera,
otra vida que enloqueciera
tu otro sueño por despertar.

En otros caminos, dormida.
Lejos de la arena y el mar,
sobre una sombra, a lagrima viva
de Cádiz por derramar,
donde navegan cien velas perdidas
entre dos lunas… donde tu estas.

José Manuel Rodríguez Viedma
(A María Dolores, Vampiresa... por sus besos mil)

miércoles, 5 de agosto de 2009

La cara, la cruz y el alma.



La cara, la cruz y el alma.5 de Agosto de 2.009
A menudo los ojos son el espejo del alma, ¡válgame Dios! si así lo fuera. Y no lo digo por que lo piense, más allá de que lo sienta con los cinco sentidos. Algunos de estos ojos, han conseguido aferrarme a esta idea de igual forma que lo hiciera con un trozo de madera, aquel naufrago que llevara a la gran pantalla Robert Zemeckis, e interpretara magistralmente Tom Hanks. Los ojos son el espejo del alma siempre y cuando el alma sea capaz de mentir, lo mismo que lo hacen los ojos, que no es lo mismo. Últimamente he mirado fijamente algunas caras con ojos y algunos ojos con almas y ciertamente me he sentido más perdido que una cigala en el plato de un mileurista. He sentido el calor del abrazo, lo mismo que las brasas de una candela bajo el relente sosegado entre una noche de amor. (Después ni las ascuas) Serian culpa de los ojos, que jamás me dijeron la verdad o una miseria del alma, que aprendió a mentir lo mismo que lo hacen los ojos. Así pasa con algunas personas que deambulan por la vida arrastrando los pies, como de costumbre, dando traspiés e intentando enderezar su columna vertebral hasta encontrar el equilibrio perfecto entre el cuello y los talones, pobres, jugando a ser maestros sin abandonar la mediocridad, tendiendo la mano a la vez que el pie, y sonriendo cobardemente tras de una esquina del irremediable sopapo del otro. De estos hay muchos, de los mediocres y los del sopapo, la única diferencia entre ambos es irrefutable, el que cae, solo encuentra el camino de levantarse y aprender de la pedrada, mientras al mediocre, no le queda más camino, que fundar una Hermandad de gilipollas y de mediocres a baja escala, que algún día lo releguen de su campamento de verano. Que tampoco es lo mismo.

La cara y la cruz, una sostiene los ojos con especial simetría. Dos pupilas, dos parpados, dos cejas, dos niñas, dos pestañas y dos lucecitas tiernas capaces de perforarte el esófago y las entrañas. La cruz es la espalda y la indiferencia, un “hasta otra” “o que te den viento, por donde se esculpe la innombrable” (por educación). Los ojos… el espejo del alma y la cruz, como de costumbre, la otra verdad a ciegas, a medias con uno mismo y la otra dimensión, indescriptible para algunos. Que fácil entender las miradas cuando se encuentran unas con las otras y se siente como el alma guiña a otra alma del mismo calibre. ¡No es un imposible! haberlas haylas. Son aquellas que dicen la verdad sin abrir la boca para certificar lo dicho, lo escrito y lo prometido. Las otras, donde dije Diego, ahora dicen D. Alfonso Álvarez de Cien Fuegos y Sotomayor. Aún quedan muchas miradas para ser devoradas con un amor enloquecido y otras para volverse loco, al no encontrar más que el desamor en sus pupilas. Aún quedan aquellas, en la que poder dejar al sol, el quite de la amistad y aquellas otras, capaces de quitarte la amistad en un solo quite en la oscuridad de la sombra. Aún quedan aquellas capaces de morder y no hacer daño y aquellas otras que hacen daño sin apenas haberte mordido. Aún quedan muchas, cientos, miles de ojos cuajados de almas, capaces de ser una sola, cuando tu mirada atraviesa el oráculo de su más allá, y aquellas otras, válgame la misma frase, incapaces de ver la hora más allá de su propio culo. Que tampoco es lo mismo.

La cara y la cruz, reflejada en los ojos y el alma. ¡Válgame Dios! si así lo fuera. Permítame señor alcalde, de esta ciudad sin puerto, dejar en la calzada algún moreno del Senegal, antes de que la autoridad competente los despoje del mercado y la mercancía, y de esta manera, pueda adjudicarme unas gafas en su top-manta, donde se apabulla la oferta y la demanda. Tres euros me bastarán, para apartar mis ojos de los suyos, y en consecuencia de sus almas. Unas Ray-Ban sería un placer inmerecido para sus sentidos y además, y sin apremio, le habré alegrado la mañana a Babá…
XXXXXXXXXXX
José Manuel Rodríguez Viedma

sábado, 18 de julio de 2009

Homenaje a D. Manuel Benítez Carrasco






Plaza del carmen. Dominada de norte a sur, entre paseantes indecisos que marcan el ir y venir con sus nobles zancadas. Coronada por la casa consistorial de Granada, en su boca un balcón y sobre el, un estandarte tremolado de otras épocas entre gritos y alborotos. Si bien unos huelen a mar, otros se los lleva el viento de los recuerdos, agazapados a sus crines de niebla…

Eran las doce y media, y aquel reloj se negó a cantar con sus acordes la letanía sinfónica de un beso. Yo era un adolescente enamorado. No hizo falta que aquel reloj marcará las horas, ni que los acordes me recordaran que Granada seguía dormida como siempre. (Solo es capaz de hacerla levitar la campana de la Vela… pero aquella mañana no sonó, como otras tantas.) Mis manos entrelazadas a otras manos, que tiempos mas tardes acariciarían con ternura la piel indescriptible de mis hijos. Aquella muchacha risueña, en la que el tiempo colgó otro reloj más pequeño sobre sus ojos, y desde aquel entonces, solo marcará más allá de los sentidos, mi amanecer y mi madrugada, recostados bajo la misma piel y la misma sábana. Allí estábamos los dos. Esperando que el poeta de los gestos incansables y los ecos de las emociones apareciera de repente, como aquellas otras gentes que caminaban de arriba abajo, guiados más si cabe por sus propios sentimientos, que por la brújula insospechada que marcaban sus pies. Uno, dos y tres… y ¡Allí estaba! Manuel Benítez carrasco, había acudido a su cita. Muy poco tiempo había pasado desde aquel “Aló” tras del teléfono. ¡Era él! "uno de los poetas españoles contemporáneos más interesantes, según había dicho la crítica más autorizada del neopopularismo, por la tersura de su voz literaria, su estilo cálido, el colorido espléndido de sus versos y lo directo de sus cantares” El mismo hombre que nacería en la Granada del 1.922 en pleno corazón del barrio del Albayzin. “Placeta triste del mundo, placeta del Salvador Ya no están tus tres acacias...”

Y nosotros dos, ¿recuerdas? Medio emocionados, medio atónitos solo medio, no había tiempo de enteros, también eran medias las horas, medio el día y media la sonrisa que nos dibujo de oreja a oreja, aquella magistral semblanza del hombre. En su faz la ternura que solo es capaz de reflejar quien ha estado cerca de Díos, aunque fuera a fuerza de versos descritos en mil palabras. No en vano su tío, Manuel Benítez Martínez, en aquella infancia que aún se advertía en sus arrugas, fuera el coadjutor de la Hermita de San Miguel Alto. Poeta hijo de carpintero… (Más tarde con el sabor de una buena cerveza en la mano, nos cantaría, si, nos cantaría a golpes de suspiros, como las virutillas de la noble madera, se arremolinaban en su casa, siempre bajo el pan y el vino o el vino y el pan.) El Poeta del Ave María “Todo para todos… ¿pero para Ti?… ¡no!” como ejercitaban sus versos más allá de que sus palabras melodiosas fueran desprendidas de su boca. En aquellos patios D. Manuel, emprendería el primer viaje mar adentro entre su barca y la gramática incomprendida de los que no sueñan jamás.

Mi libro comenzaba a sudar en las manos. No fue un saludo, sino un abrazo. No existió un gesto, sino miles. Acababa de conocerme, (yo ya lo había hecho años atrás) y su abrazo me hizo sentir el regreso de alguien, al que había esperado toda la vida. El lo entendió así, y me lo hizo confirmar con uno más de sus gestos recién estrenados. Aquellos mismos gestos que nacían desde el Cerro del Aceituno en sus recitales privados, hombre a hombre, o en las mismísimas callejuelas del su Albayzin, él y su sombra, sin más ruido que el embrujo del viento cuando se cuela en la piel, hasta besar el alma.

Nos adentramos en el Escudo del Carmen, y del consistorio no quedó más que su espalda. Ni huella del reloj o del balcón. El tiempo se había parado con las primeras frases, con las primeras horas, con las primeras miradas y los primeros versos. La imprecisión de mis palabras, el tartamudeo a veces de mi voz, ¡La magia de los poemas! y la tarde deshecha en un puro alboroto de una calma que no duele. Tenía la osadía de estar recitando uno de mis poemas, a quien colaborara en la revista poética “Vientos del sur”. Al mismo Poeta que obtuviera en 1.943 su primer gran premio de relevancia. Premio nacional de Teatro de Escuadra, con la obra “Luz de amanecer”. Estaba compartiendo mi verso junto aquel poeta cuya trayectoria se culminaba a cada paso por innumerables galardones. Desde 1.947 que deja Granada para sentir las aguas del Manzanares y del Retiro Madrileño. Al mismo poeta que desplegara una gran actividad literaria y escénica de incalculable valía. En 1.955 su figura es totalmente inseparable de Hispanoamérica. Poeta cubano, donde pasa casi un año desgranando silabas desde su isla caribeña. Que osadía la mía… ¡Yo frente a el! lo mismo que uno de sus toritos negros… pero con menos valentía. (Lo reconozco.) El mismo poeta que adornaba a la “faraona” y le escribía una letra para que ella la recitara entre arranques toreros y batas de cola. El mismo Poeta que dejara la huella de sus versos en Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, Ecuador, Puerto Rico, Estados Unidos y como no, México… donde pasara gran parte de su vida y donde un escenario lo separó, de poder presentar aquel libro que, amarrado a mi mano, se estremecía una y mil veces, de la misma forma que lo hicieran las sílabas que allí escritas, latían presas de los “suspiros de un alma…”

“No puedo estar” – Me dijo; Y supe que lo decía con cierta melancolía. El tiempo me dio la razón. Aquel mes de mayo, su inseparable amigo Pepe Martínez, que tantas veces le hiciera las preces de gestor en Granada, ocupo aquella silla en la sala de Caballeros XXIV, en el Palacio de la Madraza y se hizo presente. Aquella tarde donde los primeros versos perdieron la virginidad de la página en blanco y saltaron a la voz de la fragua. Al poco tiempo de aquella mañana en la Plaza del Carmen. Bajo aquel balcón, donde se tremolan pendones de otros tiempos, que se marcharon siempre, para no volver.


Otras tantas veces coincidimos ¡Maestro! ya sin temblor y sin miedos, como en aquella tarde en la Abadía del Sacromonte, tu mano sobre mi hombro y tu frase sobre la afilada duda en la lengua perversa de otros. “He aquí mi discípulo” (y me flaquearon las piernas ante la lidia de otro toro”) “El día en que en ti, no me reconozcan, dejaras de serlo” (y el clarín sonó a indulto en mis emociones.)


Como buen discípulo callo mis enseñanzas, para lanzarlas al viento de la luna más Lorquiana y granadina. Omito aquellas otras tantas veces, (no las suficientes) en las que hicimos sonar nuestros vasos. Y escribo para no olvidar, que a veces y solo a veces, el poeta sueña para no recordar, que es fácil, amar con el alma dormida y el corazón despierto…

El 26 de Noviembre de 1.999, te llegó la muerte, lo mismo que lo hace la inspiración, pero avisando. Lo mismo que lo hacen los clarines, ante el último toro de la tarde. Lo hizo despacio y en silencio, como el atardecer en el Salvador, cuando muerde las fachadas sin dejar más huella que la del beso.


Así y solo así, pudo llegarte la muerte.
Entre versos tiene la luna,
cinco ramilletes frescos.
Los ojos verde aceituna,
y una plaza "pa" ser la cuna
de cinco toritos negros...
lllllllllllllllll
lllllllllllllllll
José Manuel Rodríguez Viedma
ññññññ
ñññññññ



«SOLEÁ» DEL AMOR DESPRENDÍO



«Mira si soy desprendío

que ayer, al pasar el puente,

tiré tu cariño al río».


Y tú bien sabes por qué
tiré tu cariño al río:
porque era hebilla de esparto
de un cinturón de cuchillos;
porque era anillo de barro
mal tasao y mal vendío,

y porque era flor sin alma
de un abril en compromiso,
que puso, en zarzas y espinas,
un fingimiento de lirios.

Tiré tu cariño al río,
porque era una planta amarga
dentro de mi huerto lírico.


Tiré tu cariño al agua,
porque era una mancha negra
sobre mi fachada blanca.

Tiré tu cariño al río
porque era mala cizaña
quitando savia a mi trigo;

y tiré todo tu amor,
porque era muerte en mi carne
y era agonía en mi voz.

Tú fuiste flor de verano,
sol de un beso, luz de un día;
yo te cuidaba en mi mano,

y en mi mano te acunaba,
y tu, por pagarme, herías
la mano que te cuidaba.


Pero al hacerlo, olvidabas
(tal vez por ingenuidad),
que te di mis sentimientos
no por tus merecimientos
sino por mi voluntad.


Yo no puse en compraventa
mi corazón encendío;
y has de tener muy en cuenta
que mi cariño no fue
ni comprao ni vendío,
sino que lo regalé.

Porque yo soy desprendío;
por eso te di mi rosa
sin habérmela pedío.

Porque yo soy desprendío
y doy las cosas sin ver
si se las han merecío.

Por eso te di mi vela,
te di el vino de mi jarro,
las llaves de mi cancela
y el látigo de mi carro.

Ya ves si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.



D. Manuel Benítez Carrasco





martes, 30 de junio de 2009

Ignorantes con denominación de Origen.



Ignorantes con denominación de Origen.
30 de Junio de 2.009
Los conozco, están en todas partes. Esperando el momento justo para saltar de la rama de su desdicha, hacia otro mundo de colores, que jamás pintaron sus manos, incapaces de encontrar sus propios pinceles. Actúan sigilosos, como aves de rapiña buscando el cargo que engrandezca sus apellidos. Deseando salir en la fotografía, junto al lobo de caperucita o mejor aún, escudriñándose bajo el refajo de la abuela, escondiéndose de las luces y de las sombras.
Están en todas partes. Tendiendo la mano al mejor postor y otorgando la mejor de sus sonrisas, mientras apuñalan con sus mandíbulas malolientes, el cuello de sus confesores. Deambulan de norte a sur, inventándose a cada momento un nuevo camino, que los lleve al trono de la deshonra. Martilleando con frágiles versos, inocentes corazones que pusieron sobre ellos la confianza de la palabra. Economistas que ejercen de usureros y se refuerzan bajo los sin sabores de una gloria, que crean a su imagen y semejanza. (Si Dios los viera.) Crecen en todas partes, sin acabar jamás de hacerlo, pero sabiendo que perdieron la inocencia de la infancia, cuando lanzaron la piedra y escondieron la mano.
Pobres ignorantes. Lo son. Simplemente por estar en el lugar equivocado y a la hora precisa. Pobres, por tener un nombre impropio que dejan de utilizarlo cuando se llaman a gritos y pobres, por adorar la incultura de sus conciencias, tanto o igual que a sus propias carnes. Recuerdo las palabras que el tío Cecilio (de mi amigo Nicolás), proclamaba cada vez que algún individuo de estos, se le cruzaba ante la mirada cabizbaja con la que la edad, premiaba aquel rostro abandonado ya, por la yaga y la arruga de la edad. “No es ignorante el que no sabe y en cambio busca las soluciones a costa de sus propios perjuicios, sino aquel, que al saberse ignorado, hace de la verdad, una falsa solución, para no sentirse perjudicado.”
Están en todas partes. Estoy seguro. Esperando el flash de la cámara fotográfica, como frágiles esculturas de sal, que giraron su espalda ante la llamada del amigo fiel que los esperaba. Ignoran que no hay lugar para guardar aquel anuncio de periódico, donde aparece su rostro grisáceo, entre otras gentes que jamás sabrán que existieron. Porque el olvido se ha adueñado de sus nombres ya, sin pena ni gloria. Están allí, en el instante justo y la hora precisa, en el que debe de salir el pajarito y repita sus nombres entre el canto de alguna que otra gallina, perdida en el desierto de sus quietudes. Sin moverse, para no salir desenfocado, ante las frases inequívocas que el tiempo olvidará hacerlas inmortales.
Sonrían caballeros. Es vuestro el presente y cómodo el camino que os invita a salir adelante. ¡Con paso firme! mientras os titubean los pensamientos. ¡Sonrían caballeros! tienen el mundo en sus manos y ahora gira al entorno de sus caprichos. No hagan caso a nada, ni a nadie. (El mundo está lleno de catedráticos sin fortuna.)
Mientras sus ignorancias se enriquecen, en el país de los sabios y prudentes... no hay lugar para salir en la foto.
José Manuel Rodríguez Viedma




"El mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad" Albert Einstein

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

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