martes, 18 de septiembre de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)




EL PRINCIPIO DE UNA CARICIA.

 
Estaban adormecidas…
Una tenue luz improvisada las unió de repente,
cuando la mañana las multiplicó por dos, entre suspiros cercanos
y la luz en la ventana de sus ojos, arañaba el cristal,
entre el espejo dubitativo de sus nombres.
XXXXXX
Estaban adormecidas… casi inertes, casi desechas.
La madrugada se había pasado toda la noche jugando con ellas
hasta dejarlas sin sentido, moribundas y calladas.
Estaban tronchadas entre sí, como dos racimos de uvas,
como las yedras de las verdes tinajas,
como el espino del amor, desventurado en medio de una sonrisa.
XXXXXXX
Cuando se miraron el uno al otro, las encontraron entrelazadas.
Aún olían a besos, a caricias recién estrenadas
y a pompas de jabón difuminadas con el roce precoz de sus cinturas.
XXXXXXX
Al verlas nuevamente y sentir su espina,
decidieron al unísono dar cuerda al motor de la locura.
Se amaron otras cien veces más y ya no hubo noche,
capaz de dejar otra vez, por un instante,
que sus manos ocultaran dar cuerda a los relojes de los besos.
XXXXXXX
En un instante de paz, sus almas multiplicaron las esencias de los jardines.
Las alondras callaron sus picos en las ramas, y a lo lejos…
presintieron que la aurora dibujaba otro astro en sus miradas.
XXXXXXX
Ya era tarde para contar de nuevo las estrellas.
El amor y la fragancia, la locura y el cuerpo,
las había dejado otra vez, adormecidas...
Tiernamente adormecidas…
Se habían mirado a los ojos.
¡Y amado locamente de nuevo!

 
José Manuel Rodríguez Viedma.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)

 
 
 
 
MARINERO DE REGRESO
 
 
He huido cargado de redes
y regresado al mismo puerto.
Otras tantas miles de veces
y otros cientos que no me acuerdo.
XXXXXXX
Que quiero verte, ¡amor…! y no puedo.
XXXXXXX
Dejé rodar mi timón sin dueño,
en la espesura de la mar celeste,
para solo escuchar en mis sueños
gritar una aurora a su suerte.
XXXXXXX
Que quiero verte, ¡amor…! que quiero verte.
XXXXXXX
Me he preguntado ansiosamente,
por mis cien huidas y mil regresos
y solo me vino a la mente,
que al marcharme tan de repente
se me olvidaron todos tus besos.
XXXXXXX
Que quiero verte, ¡amor…! y no puedo.
XXXXXXX
Arrié mi vela a tu cuerpo,
atraqué mi barco a tu vientre.
Hasta morir cien veces de nuevo
depositando mí sal en tu frente.
XXXXXX
Que quiero verte, ¡amor…! que quiero verte.
XXXXX
Cuado te cayó la azucena del pelo,
deposité mi ancla, en tu simiente
y ambos supimos que el cielo
tiene cien nombres diferentes.
XXXXXX
Regresé ¡mi amor! a tu bahía
y en mi regreso locamente,
al quererte como te quería
entendí que en mi marea fría,
había estado allí, para siempre…
 
 
José Manuel Rodríguez Viedma.

martes, 4 de septiembre de 2012

Es tiempo de incorporaciones.


 
El sonar de la sirena
 
 
 
Es tiempo de incorporaciones. Mis hijas devoran los segundos y se afanan en multiplicar por diez, cada uno de los minutos que pasan por los pequeños relojes de sus muñecas. Se lanzan a la piscina como nunca, y temo que se beban el agua de este verano, como yo me he bebido la de tantos y tantos junios, julios y agostos a chupitos pequeños, en vasos de lágrimas. Recordarán siempre su infancia, porque la infancia no se olvida jamás. Perdura en nuestra mente, como un tatuaje invisible que solo utiliza la tinta de la sangre y el alcohol de la desinfección, para invalidar los porrazos que nos dimos, y que nos damos, a pesar de que el tiempo transcurra también en nuestros relojes de arena, robados a la playa desnuda de los cuentos. Los olores a libros nuevos se impregnan en la sala de mi habitación, mientras los disfrazo con el forro transparente de mis suspiros. La goma de nata, lista para ser estrenada con el primer error primordial ante la discordia inusual, que deja un número par con un impar, traspasado por el más y el menos de la osadía. El lápiz perfectamente afilado, dispuesto a dar de cabeza con la primera página en blanco, que forme parte inmortal del primer renglón inacabado.

Es tiempo de incorporaciones. De nuevas sonrisas y de llantos por doquier, por aquellos que pisan por primera vez con sus pequeños baberos a rayas, las aulas celestiales repletas de niños y niñas. Están listas las sirenas, y limpios los patios de todos los colegios. Pronto se llenarán de gominolas y chocolates, de balones y gritos, de sonrisas y llantos, de besos precoces y de caricias, ¡siempre de caricias! deseosas de ser contadas entre corrillos para no ser olvidadas jamás, aunque el tiempo te disfrace a fin de cuentas con la careta de la adolescencia, pintada con cientos de arrugas. Es tiempo de incorporaciones, de arrastrar las mochilas por el suelo y hacer del pavimento, vías eternas por donde caminará de lunes a viernes el tren de los olvidos. Ya habrá tiempo de cargar con la vida a las espaldas hasta sentirla sin piedad, como es capaz de mordernos el cogote con su aliento a nectarina. Todo se acaba para volver a empezar de nuevo. Las etapas se dejan atrás en cada curso, y en la vida, las estaciones pasan del otoño al invierno con diferentes frutos y olores.

Miro a los niños como cuentan las horas, los días. Se comen en dos mordiscos sus bocadillos y saltan nuevamente. Vuelven a gritar y se esconden entre las acacias y las lloronas. Juegan a ocultarse entre matorrales y después, aparecen para gritar sus nombres como si se llamaran a si mismos, por primera vez. Se beben el viento con una pajita y lanzan el frasco de las esencias a la papelera de la aventura. Aún les quedan unos días más, para saborear el resto de un septiembre que ya tiembla en el almanaque de los chicharrones. Miro a los niños, y veo el alma… el alma de todo aquel que se ha negado a crecer, a pesar de no encontrar el espacio suficiente, para poder encender la antorcha multiplicada por diez de las velas de su tarta. Veo a los niños y siento el estupor de sentirme uno de ellos en cada momento, en cada grito y en cada lamento propiciado por el golpe en sus rodillas dañadas por el roce del asfalto. Cierro la ventana y me inclino  hacia la goma de nata, mientras cierro los ojos y la aspiro, ¡tan fuerte! que ningún aroma de Dior, es capaz de transportarme en sueños al país de nunca jamás. Ahora que no me ven, he roto la virginidad del lápiz garabateando un papel en blanco, hasta percatarme que ahora me sale mejor dibujar las sombras sobre la nada y hacer de la nada un mundo de sombras donde perderme. He corrido a morder la onza de una tableta de chocolate, y he sentido en mi cabeza replicar por unos instantes la tabla del siete y solo me he atrancado dos veces. He abierto algunos libros por la mitad y he sentido, vivido y soñado. ¡Nada más hermoso que el aroma de un libro recién estrenado! solo comparable a la primera tarde de un amor en soledad, junto al sabor del primer café amargo, besándote los labios. He desenrollado el forro de cristal y se me ha pegado en las manos. He cortado el celo y lo he puesto sobre la mesa, he cogido las tijeras con sus puntas redondas y al intentar meter mis dedos en sus ojales, me he sentido crecer, ¡de repente! y no he podido cortar ni una sola de mis ideas. También me habían crecido las manos. 

Es tiempo de incorporaciones. A lo lejos, los niños continúan buceando bajo el agua, mientras en vano, yo, intento sacar la cabeza de mis recuerdos. Se salpican con manotazos de tal forma, que algunas de sus gotas de agua, han ido a parar a cada una de mis mejillas, solo así me conformo al pensar que no se trata de un llanto. De un llanto sutil, que me ha robado treinta años de golpe en un suspiro, en un instante. Tan inapreciable, que hubiese negado que haya existido, de no ser porque lo he sentido, como una lluvia cálida de otoño o como aquellos charcos de invierno, que se formaban en algunas calles, donde el asfalto aún soñaba con recostarse algún día...

Es tiempo de incorporaciones y la sirena de la vida está presta a tocar de nuevo. Mientras, los niños y niñas preparan sus carteras para ser arrastradas con sus puños cerrados y nosotros, los que aún no hemos dejado de serlo, nos conformaremos con amarrarnos tras de la reja de nuestras pestañas para sentir sus risas en la distancia. Los veremos sonreír, gritar, saltar, jugar, llorar y robar si acaso algún que otro beso a la infancia. ¡Qué más da haber crecido! - nos diremos - ¡Nosotros también fuimos como ellos! y volveremos a andar los mismos caminos que nos llevaron en sueños a nuestro colegio, (el de la vida) con una sonrisa de oreja a oreja, mientras jugamos con nuestras manos en los bolsillos y acariciamos con la punta de los dedos, la figura redonda, frondosa y peculiar de una pequeña goma de nata….

Ahora quizás entendamos que La A de araña, nos habrá tejido un tela capaz de amarrar el tiempo y no lo soltará nunca. Que el elefante de la E, nos indicará el camino de vuelta y no menos el de regreso. Que la I de iglesia, nos llevará al suspiro de nuestra paz interior, mientras el oso de la O, marcará el territorio de nuestras vidas y la U de uva, nos mostrará la vid de lo que somos y hemos sido, el viñedo de nuestras familias creadas con amor, y el mejor de los brindis lanzado a los cielos con el más dulce y afrutado de los vinos... (Aún hay tiempo de un chapuzón.)

 
            Nota; La vida es el recreo más hermoso, siempre y cuando lo aprovechemos hasta el final y hagamos oídos sordos a las sirenas. De una u otra forma no habremos crecido, aunque cambien de lugar y de destino, el camino de nuestros besos. (Quizás ya no sean tan decentes.)


José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 16 de agosto de 2012

Poesía en el Laurel





POESÍA EN EL LAUREL
<< Se cerró el telón >>


Pasaban algunos minutos de las nueve y media de la tarde, cuando Francisco Valenzuela,  VALEN, entonaba al cielo de la Zubia sus romances cantados. Algunas estrellas parecieron darse cita de una manera especial en el sublime escenario de las constelaciones. Mientras la guitarra de Pablo García vibraba entre trémolos apasionados, todas las flores de San Luis el Real, desplegaban sus galas oscuras en el paraíso del Laurel. Y se hizo la noche cerrada con el Arpa de Elisa Remón, abrazó las cuerdas con el alma y entonó las palabras de amor traducidas al castellano de la dama del verso, Aicha Bassry, que había dejado Marruecos en cuerpo y alma, para regalar sus poemas a quien tuvimos la suerte de escucharla.  Nos dibujó a su hija robando un racimo de uvas en sus sueños y con ella, todos saboreamos la vid de la dulzura. Suhail Serghini con su laúd árabe, nos traslado al país de las mil y una noches. Se estremecieron los cimientos del convento de las Mercedarias de la Caridad hasta el punto, que todas las flores temblaron con sus pétalos y estíos difuminados entre aromas de otros tiempos.

Se cerró el telón de la Poesía en el Laurel en su novena etapa. Cuando apenas nos habíamos llevado a la boca la miel de la prosa que la brisa se había comido de un bocado cuesta abajo. Cuando la Poesía desde Turquía, se posaba en los labios de Haidar Ergülen y un baño de silencio besaba las mejillas de la calida brisa de unas cercanas doce de la noche, que se despedía borracha de amor ante la tenue luz de las farolas. Se cerró el telón con la voz del poeta Antonio Gil de Carrasco, que nos dibujaba una España medieval en el recuerdo y un llanto apasionado ante la perdida de su abuela. Sus versos se aclimataron a los ojos cuajados de lágrimas y un vendaval de sentimientos, danzaron al unísono entre la pasión y el quebrando de su palabra.   

El catorce de agosto había cerrado el telón de la cultura en el laurel. Los poetas afianzaron sus bocas a la gubia del silencio y se tornaron en estatuas mudas para que solo el alma y recuerdo hablara ya de ellos en la fragua lorquiana de los tiempos. Los músicos guardaron los instrumentos en sus cajas de misterio y la abrazaron con dulzura a sus manos, como quien el alma lleva fuera del cuerpo y la saca a pasear por la rivera de los sueños cada madrugada. Los cantautores dejaron caer al suelo sus pestañas y  desprendieron sus inspiraciones hasta los talones de sus zapatos, para seguir recorriendo el mundo entre compases, inacabados versos y rimas, llantos y requiebros.


A poco menos de las doce de la noche, cuando apenas la cenicienta de la Zubia había escuchado la campana de la iglesia blanca de la cuesta…, se cerró el Telón. Se apagaron los enchufes de las baterías de sonido y se durmieron las flores entre las encinas y los laureles de los cuentos. Ahora solo quedaba en la blanda brisa de la huerta, un cierto desasosiego de las personas condenadas a marcharse entre suspiros. Todos fuimos víctimas para el recuerdo y fuimos protagonistas del presente más inmediato. Cuando los poetas se callan, el alma se despierta y grita, cuando el alma grita, el poeta es incapaz de comerse de un solo bocado, las palabras que describen cuerpos y vida. Pero ya era imposible volver a escucharlos, al menos entre aquella brisa que durante dos mágicas noches nos había besado la frente.
Desgraciadamente para los mortales… de una forma incandescente, se había cerrado el telón.




EN OTRO MOMENTO


No habrá tiempo de imperfecciones cuando nos miremos.
Cuando cara a cara nos veamos el uno junto al otro.
El alma nos tenderá la mano y nos besaremos junto al río
y la parra nos tenderá la uva, para comerla con nuestros labios.
Nos sabrán a beso las miradas furtivas de los necios
y a incienso la valentía de quien nos niega.
Abriremos el telón, ¡de nuevo! con nuevas rimas y nuevos versos,
y cuando veamos el amanecer en los ojos cerrados del poeta,
nos miraremos de nuevo…. y sonreiremos.
Ahora, ahoguemos en profundas aguas nuestros besos,
en la huerta solo queda Dios disfrazado de niño,
que busca entre las flores, las sonrisas y los versos.


José Manuel Rodríguez Viedma

Mi más sincera felicitación
al Ayuntamiento de la Zubia y en su nombre a D. Antonio Iglesias Montes, su alcalde, y a Ana Sáenz de Soubrier, Concejala de Cultura.
Al Poeta Pedro Enríquez por su más que acertada dirección, y a mi amigo Manuel Sánchez Salmerón, siempre por su impagable compañía.








miércoles, 8 de agosto de 2012

Poesía en el Laurel


JARDINES DE SAN LUIS EL REAL
LA ZUBIA, GRANADA

La novena Edición de Poesía en el Laurel, volvió a ser mágica. Mágica con la música de Xavier Astor & Compañía, Rogelio Gil al saxo, Kiko Aguado a la guitarra, Xavier Astor al contrabajo y Julio Pérez a la guitarra. Mágica en cada uno de sus acordes que daban la bienvenida al acto, toda vez que la palabra del Poeta Pedro Enríquez resonaba entre los jardines, inmensamente mágicos de San Luis el Real. No faltaron los protocolos y agradecimientos meritorios por parte de D. Antonio Iglesias Montes, Alcalde de la Zubia, ni de Ana Sáenz Soubrier, Concejal de Cultura. No faltó nada, para que la noche fuera eternamente mágica y la poesía, por si sola, comenzara a brotar por cada poro de la piel de los que nos congregamos en un nuevo paraíso terrenal.

La Mexicana Leticia Luna, oculta tras el velo de una noche mecida a medias por una brisa tímida, abrió su boca y su libro, y comenzaron a brotar las palabras dulces acentuadas por los gestos de sus manos. De aquel libro abierto, volaron rimas azules que se quedaron para siempre a vivir en el escenario. La piel sintió el roce de su abrazo y el dulce balanceo de su mágica voz, encontró el camino de la Zubia para no perderse jamás. Le bastó una vela encendida para iluminar los sentimientos y los sueños y un nuevo velo, de sangre en esta ocasión, para homenajear con su verbo el dolor de otros tiempos  inmortalizados en negro sobre blanco.

Tras ella, el Poeta Joan Manresa desde las Islas Baleares, duplicó su presencia en el escenario con sus mismos versos, divididos en dos almas gemelas, que hablaban y decían lo mismo con diferente lenguaje. Joan recitó sus versos en catalán, la misma expresión que fueron concebidos y los jardines de San Luis guardaron silencio ante aquellas palabras que sonaban, para algunos incomprendidas, pero que brotaban con dulzura de su alma. A poco de que guardara silencio, su alma gemela, tras del atril, los volvía a transmitir en castellano. Los poemas saltaban de boca en boca, mientras Joan sacaba una llave de su bolsillo y con el puño entre abierto, dejaba escapar sobre el entarimado, la arena, quizás de un reloj roto que había parado el tiempo en el Laurel.

Y llegó la magia del homenajeado. Irrumpió Rafael Guillén después de que una vecina de su infancia, estremeciera al poeta con unos versos de su hermano Jorge Guillén. La cigüeña volvió a volar por los jardines y puso rumbo a la Alhambra, que para entonces y a lo lejos, yacía recostada difuminada en el horizonte. Recogió el merecido premio con sus manos y recitó algunos de sus poemas. A pesar de reconocer burlonamente que jamás se emocionaba, lo hizo. Su melancólica voz, pidió templanza a la música de Xabier Astor que le acompañaba, pidió calma a la brisa que se había apagado por momentos, y pidió tiempo sin abrir la boca, para saborear poco a poco, segundo a segundo, cada estrofa de sus versos, sus mágicos versos, ante una nueva y recién estrenada mágica noche de ensueño, música y poesía.





Una noche más en los Jardines de San Luis el Real. (Aún nos queda otra.) La Poesía en el Laurel hizo nuevamente respirar a la Zubia, como lo hacen los poetas…



Transito


Sentimos la metamorfosis en la leyenda,
nos hicimos flacos y delgados cuerpos sin hambre.
Llegamos con las expectativas del hambriento
y nos fuimos con el remanso de la paz en nuestras barrigas.

Nos supo a poco tales manjares en la huerta de los sentidos,
tan poco, que en más de una ocasión trepamos al árbol
para comernos las frutas de los otros.
Sentimos de tal manera el amargo limón en nuestros labios,
que terminamos por besarnos el veneno de nuestras bocas.
Habrá que volver mañana. (Nos dijimos.)
Esta cena ha sabido a poco en nuestro plato.

Nuestra alma de poeta sigue hambrienta,
el pan en el mantel ya se ha apagado
y las noche en el Laurel, nos ha dejado, la simiente de otra miel,
para beberla ya… sobre otros labios.

José Manuel Rodríguez Viedma.

sábado, 7 de julio de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)



Entre iras y reproches.



Si piensas que todo he perdido,
nada más lejos de la realidad.
Bien baratos vendiste tus gritos,
aún me queda la ¡dignidad!

Si piensas que todo está dicho,
que ya no hay nada de lo que hablar…
Solo es fruto ruin, de tu capricho,
pues aún me queda la ¡libertad!

Si sobre tu sillón de eucalipto,
crees que no puedes aprender más.
Tu torpeza no guarda el ritmo,
de querer saber de honestidad.

Si tu riqueza te hace divino
sobre un castillo de cristal.
Si solo piensas que hay un camino
que siempre nos lleva a tu verdad,
el tiempo te enseñará el destino
de tu pobreza inútil, ¡singular!
Eres el más pobre de los hombres,
tienes dinero… y nada más.

Cuando la muerte te alcance algún día
sobre tu lecho inerte, sin pensar.
Solo le pido a mi suerte,
¡estar a tus pies presente!
y ver lo que te puedes llevar.

Para entonces habrás aprendido
pero ya no habrá tiempo de hablar.
Nunca fuimos amigos,
¡jamás! dos semillas de trigo…
¿Dónde aprendiste tu lealtad?

Si piensas que todo he perdido,
nada más lejos de la verdad.
Con ser libre y honesto yo he sido,
que tú, cien veces más rico,
a fuerza de ¡Dignidad!



José Manuel Rodríguez Viedma

Entrevista realizada para el Periódico “Ideal” el Lunes día 2 de Junio de 2.012

Entrevista: Inmaculada García Leyva.
Fuente: Periodico "Idedal" Diario Regional de Andalucía. (02/06/2.012)


Con otras miradas...

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La mitad del silencio

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