lunes, 6 de mayo de 2013

72 horas buscando amor

Del libro
"72 horas buscando amor."
 
Llueve sobre un cristal.
Hora 37
 
 
 

Como un silencio que nos encoge el alma. ¡Melancolía! Como un refugio en el que solo cogen las miradas perdidas. ¿Las miradas se pierden? ¡Por supuesto que sí! Cada vez que los ojos atacan sin piedad la diana del horizonte, pero son incapaces de ver nada, absolutamente nada. Cuando el limbo nos atrapa y nos lleva allí donde dicen que duermen los niños sin nombre. Donde los pensamientos se despiertan, mientras el cuerpo se arropa junto al tierno edredón del sueño. Sí. Las miradas se pierden y no se recuperan. Si la mirada es el espejo del alma, quizás sea el alma la que se escape y nos deje solos. Por un momento, por una eternidad. Tras de un cristal que nos protege del mundo, llueve. Tras de él, la gente sigue caminando de arriba a abajo con sus cabezas vacilantes, con gestos perfectamente acompasados entre las manos y los pies. Como péndulos. Mientras el ruido se detiene ante la frontera del vidrio y sella su pasaporte con la rúbrica del silencio.
 
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El cielo es gris y la lluvia que se desprende de su abismo, pretende caer en nuestra cara. Todo es un imposible. Ella no sabe que nos protegemos tras de la ventana. Cuando sus gotas golpean el cristal, perezosas comienzan a deslizarse abrazándose unas a otras, hasta desprenderse de nuestra vista. La mirada perdida y el limbo desierto de niños. Los niños sin nombre juegan a coro con sus pequeñas voces de la mano de la Divinidad y las miradas perdidas… las miradas perdidas se encuentran con el alma, que jamás se escapó de nuestro cuerpo inerte tras de la ventana.        
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Querido lector, quiero pensar que no solo utilizamos las ventanas para percatarnos de aquello que transcurre en el exterior. Aunque así lo fuera, a menudo también recurrimos a estas, simplemente para buscar el equilibrio de nuestra conciencia. Nos aislamos voluntariamente tras de un cristal, dejamos nuestra mente en blanco (aunque es imposible, siempre aparece un garabato) y tratamos de encontrarnos a nosotros mismos.

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Como si de una barrera se tratara, dejemos que el cristal se convierta en nuestra propia burbuja mágica que nos traslada en el tiempo. Que aquello que vemos transcurrir en el exterior, nos toque con suavidad el corazón y nos recuerde que estamos vivos, A veces y solo a veces, al ver la vida que pasa ante nosotros, tras de un inmenso escaparate, nos convierte en aquellos perfectos compradores que buscan y comparan.
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Recuerda, querido lector, la vida es una oferta que no podemos dejar escapar.
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 ¿Y el amor? ¿En que lugar lo encontramos? ¿En que extremo del cristal? Creo que el problema no es donde se encuentra el amor, sino por lo contrario, quizás seamos nosotros los que nos empeñemos en estar  casi siempre en el extremo equivocado. Busquemos el amor tras del cristal y en las veces que inesperadamente, fue capaz de acariciar nuestros rostros para beber de su sonrisa. Aquellos cristales que marcaron nuestra existencia entre la oferta y la demanda. Comprar amor no sale tan caro. A veces basta con pedirlo para tenerlo en nuestras manos, envuelto en un hermoso papel de regalo. Si querido lector, muchos son los cristales que nos arañan el alma, sin que en ellos encontremos la más mínima amenaza, el más mínimo deterioro, la más insignificante astilla. El cristal araña el alma simplemente, porque a veces lo que somos capaces de encontrar al otro lado, puede despertar de un plumazo nuestras cadencias y complejos. Quizás el amor, al ser tan grande, es imposible que lo sujete una sola percha en el infinito y nosotros tan pequeños, que ni de puntillas, somos capaces de asomarnos al ventanal traslúcido de sus ojos.
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Querido lector, ¿Alguna vez te has asomado para mirar tras del cristal de los nidos de los recién nacidos? No querido amigo/a, no hace falta que la paternidad o la maternidad aflore en tu piel, para observar, e incluso sentir, lo que acontece en el interior. El cristal nos muestra la vida recién estrenada. Aún de sus pequeños cordones umbilicales, cuelga la etiqueta de “frágil” y sus llantos agudos, espantan el vuelo invisible de la cigüeña. El amor araña el cristal de nuestras pupilas, hasta pintar un llanto nervioso que recorre nuestro cuerpo. Quizás ahí, encontremos el amor en su estado más puro. Que curiosidad, nosotros nos hallamos al otro extremo, haciendo con nuestro vaho un dibujo nebuloso que se acerca a la perfección. Sus ojos cerrados, ¡sueñan!... Pero ¿Cómo es posible? si aún no han logrado recoger de la vida ni una sola imagen, ni un solo recuerdo, ni la más mínima sensación capaz de reproducirse en sus pequeñas conciencias. Si querido lector, aún así… ¡Sueñan! Llevándose  hasta sus pequeñas bocas sus rojizas y cerradas manos, como si en ellas se encontrara aún la esencia de la divinidad más pura.
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Un cristal que nos enseña la vida recién estrenada, nosotros en el otro extremo, consumimos los minutos con gestos y abrazos inesperados. Si en el interior, el amor se desprende de la cuerda floja de un llanto, en el exterior, nosotros lo intercambiamos con una mirada, con una sonrisa, con un apretón de manos… ¿Y el amor?... El amor que no entiende de cristales, atraviesa el vidrio como lo hace la quilla de un barco que corta los océanos en dos.
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Querido lector, no todos los cristales nos muestran el amor de la manera que quisiéramos. Ni al buscarlo lo hacemos de la misma forma. Ambos sabemos que perdemos más tiempo en buscarlo, que él en encontrarnos a nosotros, y a veces, nos localiza desnudos, desarmados y hasta desorientados en este mundo que gira y gira, y en cada vuelta que da, en unas la vida se estrena a golpe de chupete y en otras la existencia, se rompe a fuerza de tanto lavar el pellejo, con el agua pura de la vejez. ¡Que verdad si así lo fuera! En otras tantas ocasiones, la vida nos suelta de la mano apenas con dos puestas de traje. Así es la vida y la muerte, tan inesperadas como el amor, que no avisa, y el desamor, que no llama.     
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Nos pasamos media vida tras de un cristal. Lo mismo  lo hacemos tras de la ventanilla de un avión, que nos asciende hasta dejarnos colgados de una nube a la grupa de la ciencia, que lo hacemos tras del cristal frontal o lateral de un coche. Desde arriba, el mundo se hace pequeño, y desde abajo, la tierra se estira para mostrarse infinita.
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Si utilizamos gafas de sol, (también es otro cristal) la expresión de nuestros ojos se reduce a la mitad y es solo la mitad del alma la que enseñamos. A veces la protección ante los rayos del sol, también nos protege de la risa y el llanto. El cristal nos agudiza la mirada y la pinta de colores hermosos, pero artificiales. Otro cristal, es el espejo del agua, cuando dibuja nuestros rostros de forma tan débil, que la punta de un solo dedo es capaz de alborotarlos hasta la locura, basta con introducirlo lentamente en su interior.
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La ventana del dormitorio, donde los sonidos duermen a fuerza de doble acristalamiento. El ventanal del salón, donde rebotan los ecos escondidos tras de la frecuencia de una radio mal apagada. El cristal de una lupa, que nos aumenta lo observado hasta hacerlo rebosar más allá de sus bordes curvos y bastos. La propia vida es como un cristal, como un inmenso escaparate, “se mira, pero no se toca” como la profundidad de un vaso, que hace aumentar nuestra visión, mientras disminuye su contenido. En cada trago, un sorbito de vida y con ella, la madurez se hace tan grande e infinita, que casi es capaz de coger en su interior la milagrosa sonrisa de un niño. El principio de una vida, observada minuciosamente, borracho de júbilo tras de un cristal. Así recuerdo aquellos nidos, donde bostezaban y lloraban aquellos niños presos del sueño de la Divinidad. Un cristal que nos separaba los pies de la gloria, para alcanzar el cielo con las manos. Rendidas cuentas, también el final de nuestros días, nos regalará el asombroso escaparate de nuestros cuerpos sin vida. Solo que en ese momento extremo, los que desgarren su llanto, se encontrarán al lado inverso del cristal.
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Media vida entre reflejos que juegan con nuestras formas físicas a su antojo, y que apenas son capaces de reflejar con exactitud nuestra apariencia. Solo formas y nada más, que se encaprichan y nos dibujan sin tapujo, con el abanico dulce que ofrece el sol, ante una fuente de colores. Reflejos que nos acarician y apenas nos tocan, porque prefieren simplemente revolotear, sobre la invisible aureola de nuestras mentes. Si querido lector, media vida tras de un cristal. Rara naturaleza la del ser humano, aquella que ingenia la manera  para estar, sin ser visto, o bien ser visto… ¡pero no estar! 
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¿Y el amor? ¿El amor? ¡Como siempre! Querido amigo/a, en cada gota capaz de arañar con su boca, el beso con el que la lluvia casi siempre, nos sorprende en la ventana…   (Aún hay tiempo. Salgamos a la calle y olvidemos los paraguas…)
 
José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 5 de abril de 2013

Feria del Libro de El Ejido (Almería)

FERIA DEL LIBRO 2.013
11,12,13,14 de Abril
El Ejido (Almería)

 
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Con motivo de la próxima feria del libro de 2.013 que durante los días 11, 12, 13 y 14 de Abril tendrá lugar en El Ejido (Almería) y en el Stand que la Editorial Círculo Rojo tendrá instalado en el recinto de la citada feria,  tendré el enorme placer de firmar a todo aquel que lo desee de 11:30 a 12:30 de la mañana los ejemplares de mi último libro "72 horas buscando amor ."  Os agradezco a todos los que ya os habéis sumergido entre sus páginas, la busqueda compartida que hemos pasado entre la palabra y el tiempo, y a todos aquellos que os encontréis geográficamente cerca y os apetezca,  será un placer invitaros al camino a veces abstracto de su lectura.
"El amor es una dosis imperfecta entre el sueño y la melancolía. Encontrarlo en cada momento, es la posibilidad de vivir, soñar y amar, siempre con los ojos abiertos."
Muchas gracias a todos.
José Manuel Rodríguez Viedma

lunes, 1 de abril de 2013

Miradas amargas


 
MIRADAS AMARGAS



Te dije...  ¡No vuelvas...! y sentí el frío acariciando mi espalda con su enorme beso desnudo y su garganta de acero. Sentí caer la noche a mis pies, como una torpe luciérnaga apagada buscando el resplandor de tus ojos. Estaban las puertas cerradas, y una ventana entre abierta por la que entraba la aurora junto a un soplo de aire abrazado a la semicorchea de un grillo.

Te dije... ¡No Vuelvas...! y la blonda de una sonrisa negra se deshizo en seda sobre mi cama... La sombra de mis ojos temblaron sobre los espejos, y el fondo de mi armario lloró la ausencia de tu aroma.

Cuando cerré los ojos,  aún estabas inmóvil frente a mi cara. ¡Te amaba tanto! Que agradecí mil veces a Dios que aún no te hubieses ido. Cerré mi boca a tu beso. Até mi brazo al pozo de tu cintura. Bebí mi lágrima hasta emborracharme y mordí el estío de tu cuello. Nos miramos de nuevo cuando se acabó el beso, y dejamos cerradas nuestras bocas hasta que el suspiro rasgó la inconciencia del alma. Había pasado la tormenta. En la calle, solo quedaba el agua apaciguada en la comisura de un charco, y sobre la ventana, una niebla de sal ocultaba los mofletes de la luna... Sonó la sinfonía del alba. La rama tembló la partida de la paloma. La estrella brilló por última vez aquella noche...


Te dije... ¡Quédate siempre!  Antes de volver a poner un nuevo beso junto a tu beso... y otra lágrima furtiva junto a tu boca. (Y se calló el aire...)

Amar duele hasta la desesperación, pero no hay dolor  más tolerable en este mundo de injustos, que el placer doliente del propio amor.

José Manuel Rodríguez Viedma

martes, 12 de marzo de 2013

Pregón de Semana Santa de Alfacar



PREGÓN DE SEMANA SANTA
ALFACAR 2.013


El próximo domingo día 17 de Marzo, a petición de mi admirado y gran amigo David Rodríguez Jiménez-Muriel y con el beneplácito de la Muy Antigua Hermandad de la Santa Vera cruz, Nuestro Padre Jesús Nazareno,  Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, tendré el inmenso honor de pregonar la Semana Santa de la hermosa tierra de Alfacar.
Desde estas líneas, quisiera agradecer con humildad tal ofrecimiento y os invito a todos los que queráis asistir a participar con vuestra presencia. Muchas gracias.
José Manuel Rodríguez Viedma

miércoles, 27 de febrero de 2013

Pregón Oficial de la Imperial y Venerable Hermandad Sacramental, del Apóstol San Matías e Ilustre y Fervorosa Cofradía, de Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas


Quiero mostrar desde estas líneas y en este Blog, mi más sincero agradecimiento a la Junta de Gobierno, y a todos los hermanos cofrades de la Imperial y Venerable Hermandad Sacramental, del Apóstol San Matías e Ilustre y Fervorosa Cofradía, de Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas.
 
Por el honor, que para este poeta, supone haber sido elegido, por todos vosotros, para Pregonar a vuestra Hermandad, la tarde noche del Sábado de Pasión. Muchas gracias a todos.
 
José Manuel Rodríguez Viedma




Rodríguez Viedma pregonará a Paciencia y Penas, cuyo titular será trasladado al colegio San Bartolomé y Santiago
 
 
... La hermandad también ha dado a conocer que “el Cabildo de Hermanos aprobó el nombramiento como pregonero de Paciencia y Penas en el 2013, del cofrade granadino José Manuel Rodríguez Viedma, querido cofrade de nuestra ciudad, ilustre y recordado pregonero oficial de la Semana Santa de Granada y generoso gestor de la misma”.
 
El pregón se ha fijado, como es habitual, para el Sábado de Pasión, día 23 de marzo, en el Salón de Actos del Real Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago.
 
 

NOTICIA EXTRAIDA DE LA PÁGINA WEB DE LA CADENA SER / RADIO GRANADA / PROGRAMA SER COFRADE

jueves, 31 de enero de 2013

Club de lectura "Laurel de la Reina"

 


 


 
 
 
CLUB DE LECTURA
"LAUREL DE LA REINA"



El próximo día 18 de Febrero, en la hermosa casa Rural El Laurel de la Reina, (de atractivo incomparable) Se reúne como es habitual, el Club de lectura “Laurel de la Reina” de la Zubia. En esta ocasión, se comentará mi último trabajo, “72 horas buscando amor” Allí estaremos personalmente, encantado de poder conversar juntos, las impresiones que han podido dejar mis páginas escritas en negro sobre blanco. Los secretos, que los hay, los momentos que dieron lugar algunos de sus capítulos… Ante todo, mi más sincero agradecimiento a todos los que componéis el citado Club y que habéis apostado en esta ocasión por mi obra.
Será todo un placer acercaros a todos los que acudáis, lo que pueden esconder sus páginas desde el punto de vista del autor, así como departir su contenido, junto al marco incomparable de este lugar de ensueño que recomiendo en algún momento visitéis.

Un abrazo.



José Manuel Rodríguez Viedma.

Tiempo muerto.


 TIEMPO MUERTO
 
 
 
 
Me siento en la silla y espero. Cierro los ojos, me hago el dormido y vuelvo a mirar el reloj. Solo treinta segundos desde la última vez que lo observo. Está quieto, juega  conmigo, se divierte pensando quién es más rápido a la hora de mordisquearse los nudillos. Mis propios pensamientos me acechan con sigilo, no es tarde y sin embargo, la desesperación me eriza la piel de la espalda y me acaricia una vez más, con el tierno beso del escalofrío. Continúan siendo las diez y veinte, ¡no! y veintiuno… Esta vez le he ganado la partida al reloj. He girado la mirada hacia la pantalla luminiscente del digitalizador, justo en el mismo instante que el cero se desvanecía y aparecía el uno. Como si se hubiese asustado, se ha dado de bruces contra la nada del tiempo. Lo he comparado con el reloj de mi muñeca, y he advertido que ambos se han puesto de acuerdo en marcar la misma hora, y no cejados en el empeño de parar el tiempo al unísono. Los dos marcan lo mismo, uno de ellos quizás a decidido poner alas de fuego a su minutero, y parece haberse comido de un bocado algunos segundos respecto al otro, pero no es suficiente. El tiempo transcurre igual de lento, lo mismo de sigiloso que el lobo cuando se acerca a su presa para devorarla sin piedad.

Estoy sentado justo en frente de mi reloj. Se que me observa, me mira lo mismo que yo lo hago, casi con desidia. Aunque se que él carece de todas las virtudes o paralelismos que lo asemejen a mi, hace que se agudicen con otros tientos mis sentidos. Quizás sea su irradiación, o su sonido inapreciable, el cual, a veces me deja en jaque mate atraído junto a su tablero de luz. He decidido no mirarte más. Voy a jugar contigo a contar los segundos con los ojos cerrados y cuando crea haber devorado de tu hora un minuto, los abriré todo lo más rápido que pueda. Yo correré más que tú, estoy seguro.

Lo hago, cierro los ojos, y comienzo a contar guardando un suspiro cada vez más pequeño entre número y número. He contado hasta quince y he querido apresurarme para ver quién de los dos, danzaba más veloz entre las olas del silencio. A lo lejos escucho una sirena, pero no me detengo, continúo con mi cuenta y mis suspiros. Se acerca su sonido cada vez más y su melodía atronadora, parece acomodarse entre mi cuenta particular del tiempo. La escucho cada vez más cerca… he intentado poner los pies en el suelo para dejarme llevar hasta las cortinas y fisgonear entre sus bastidores, pero me ha sido imposible. He sido fuerte en mi convicción, mi mente no está dispuesta a perder la batalla, nada me hará alejarme de mi propósito. Cuando abra de nuevo mis ojos, solo seremos tú y yo, y compararemos tu magia y la mía. Confrontaremos nuestros números y decidiremos quién de los dos ha ganado esta partida. Ambos jugamos con la misma ventaja. Tu mecánica infraestructura no está hecha a prueba de golpes, ¡lo sabes! ni el tic-tac, de mi corazón aguantará ya otro despropósito, otra quimera, otra punzada. Eso también ambos lo sabemos. Para ti, el tiempo tampoco pasa en balde, y algún día, vendrá a cobrarse los deterioros que mantienen tu envoltorio de plástico. Tampoco yo, tengo todo el tiempo del mundo, ni mis averías gozan de garantía perpetua. Ahora irradias una luz contagiosa, tanto como yo, ¡lo sé! a pesar de tener los ojos cerrados a cal y canto.

Ya apenas escucho la sirena. Sigo contando con la misma fuerza para no perder el compás, a pesar, de que sean cada vez más los pensamientos que asaltan mi mente. Solo hay algo capaz de alejarme de la certeza de saber que continuas observándome. Voy a presentir los ojos de ella, y sus labios, y me someteré a mi cuenta como nunca. Me parecerá en cada segundo escuchar su beso en mi mejilla, y aunque se trate con certeza de un espejismo, nada me alejará de este desierto de números y suspiros.

Según mis cuentas ya han pasado tres minutos. Algunos relámpagos me incitan a abrir los ojos. Tenerlos cerrados y no dormir, es extraño, pero aún más excepcional me parece tenerlos cerrados y no soñar aprovechando la fastuosa oscuridad que encierran mis párpados. ¡No me detendrá nada! Se que tu continuas ahí fuera, contando con mayor eficacia que yo, cada segundo. - Juegas con ventaja, pequeño insolente. - Me repito una y mil veces. Eres incapaz de contar y pensar a la misma vez, como yo lo hago. Solo eres capaz de marcar el tiempo, para los demás. Nadie te espera. Eres la rúbrica de la cita, el pacto sellado, el título y la promesa del mañana. Las aspiraciones del que espera un nuevo día. La receta y la pastilla, la campana, el sonido… pero no la melancolía. Eres la herramienta perfecta para el que espera, y el tropiezo del que llega tarde. La meticulosidad del tiempo para el que ha de pagar y la insolencia del que hace esperar a quién espera. Tienes la potestad de multiplicarte por mil, de hacer caminar a todo el mundo, mientras tú, permaneces sentado en tu caja de luz, riéndote a carcajadas observándonos a todos correr. Eres incapaz de contar y sentir, como lo hago yo, aun a riesgo de saltarme un segundo en mi memoria, incapaz de morder, incapaz de amar, incapaz… simplemente incapaz.

Suena el teléfono. (Se acabó el juego) Aun así, he tenido el tiempo justo de regalarte mi grisácea mirada. ¡Has ganado amigo mío!  No he llegado a estar más de cuatro minutos y dieciséis segundos con los ojos cerrados y sin embargo, tú me deleitas con tu perfecta precisión, y arañas mi conciencia mostrándome que han transcurrido siete segundos menos desde que nos vimos por última vez. ¿Sonríes? ¿Acaso piensas que se había olvidado de mí…?

Si. Soy yo.
¡Claro que te he echado de menos!
¿A la misma hora? ¡Por supuesto que si!
¡Allí estaré!

… Vayámonos mi viejo amigo. Otra vez nos toca jugar. ¿Vuelves a sonreír? Recuerda siempre, que a pesar de tu exactitud, soy yo quien marco mi hora y mi tiempo, y tú, mi viejo reloj, solo el instrumento que muestra la hora irreal de los cuentos. ¿Te lo demuestro? Solo me basta girar atrás las minúsculas manecillas que posees bajo la esfera. Ahora marchémonos, ni en tu cuenta ni en la mía, existe motivo alguno para dejar esperar a los sueños. Cuando se hace esperar al amor, matamos el tiempo, y no hay reloj capaz de justificar, los besos que se pudieron dar, en siete segundos de más, ni en cinco minutos de menos…
José Manuel Rodríguez Viedma.

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

Libro de vistas