miércoles, 19 de junio de 2013

Solo a veces...


jueves, 6 de junio de 2013

Enigma

La mitad de una reflexión


 
 
LA MITAD DE UNA REFLEXIÓN
 
 
 
Todo gira a nuestro alrededor en pequeñas porciones de vida. Nos aferramos a las medidas, como si en cada una de sus proporciones simétricas, halláramos  la equivalencia perfecta en la que el error, vuelque la balanza siempre sobre el contrario, de forma, que no siempre seamos los poseedores de la mayor parte del manjar. Nosotros, los seres inteligentes, perspicaces y profundos, no en pocas ocasiones recurrimos a la mitad de nuestras acciones, casi siempre, no con valentía y sí con el temor de volver a equivocarnos. Irremediablemente, vivimos, soñamos, sentimos y amamos, con la incertidumbre capaz de hacernos sentir que todo en nuestra vida, lo hemos dejado a medias.
 

“A medias” deambulamos por nuestro camino, al cincuenta por ciento. La mitad del tiempo apreciamos el paisaje y el resto, lo pasamos atentos de llevar bien atados los cordones de nuestros zapatos. En cada milésima de segundo cae una estrella, se desprende una hoja de un árbol, una nube cambia su forma y una mirada se ha cruzado con la nuestra. Por lo contrario, en la mayor de las ocasiones, en nuestros pies, el calzado carece de cordones. Como vemos, la medida deja de ser exacta, el tiempo inoportuno y la simetría de nuestros gestos, meramente irrelevante.

Nos acostumbramos demasiado a quedarnos “a medias”. Nos miramos fijamente, vemos el destello en los ojos de quien tenemos en frente, los asimilamos, vocalizamos sus palabras en el corazón, los escuchamos atentamente y luego, dibujamos en nuestro rostro, una “media sonrisa”. Andamos de aquí para allá, sin miedo a que el tiempo se olvide de nosotros y nos estremezca con el frío enero del olvido. Alzamos murallas a nuestro alrededor, no escatimamos esfuerzos en vivir por nosotros y equivocadamente, por el resto de los demás, para al final, sin hallar el punto de encuentro entre lo efímero y lo definitivo, quedarnos casi siempre a “mitad del camino”. El tiempo es completo, pero nosotros lo dividimos a nuestro antojo. Dibujamos paréntesis invisibles que lo hacen infinitamente más pequeño y menos valeroso. Nos pasamos “media vida” quedando en “media hora” y apenas teniendo “medio minuto” para escribir a “medias tintas” en “media hoja de papel” una simple nota que diga; ¡Vuelvo pronto!

Casi siempre lanzamos al vacío nuestros zapatos con las “medias suelas gastadas”. Nos preocupamos de haber engordado “medio kilo de más” y nos empeñamos en comer “media ración” para volver a encontrar el equilibrio perfecto. Buscamos la “mitad” de un trozo de fruta, preferiblemente a “media mañana” y buscamos alargar “el medio día” con la franqueza de saber, que apenas tenemos tiempo para “comer a medias” mientras nuestras conversaciones quedan relevadas a “medias palabras” que escuchamos “medio dormidos” justo en “medio del sofá”.

Que ironía la nuestra. La plenitud, el tiempo, las medidas, las simetrías en nuestra vida. La racionalidad de nuestros gestos. La concordancia y la coherencia entre el ser y no ser. Entre la totalidad y la escasez, la sombra y el cuerpo. Vivimos con demasiadas carencias y aún pensamos que podemos comprar la “mitad de nuestro tiempo”  con la “mitad del salario” que nos proporciona nuestra “media jornada laboral”.

Vivimos con demasiadas mitades a nuestro alrededor, ¡tantas! que cuando lleguemos a ver nuestro corazón rebosante de alegría, el alma henchida de nostalgias de lo que fuimos, dejaremos el plato en nuestra mesa “medio vacío”, más que por el cuidado a engordar, por miedo, única y exclusivamente por el miedo, a pensar que por amor, seamos capaces de atragantarnos con nuestras completas virtudes.

No busques la “media naranja” o te pasarás la vida buscado la otra mitad en el interior de tu frutero. Jamás te quedes con una “verdad a medias” pues siempre hace más daño la “mitad de una mentira”. No cierres “a medias los ojos”, pues nadie será capaz de contarte el final de tus sueños. Nunca “medies” ¡entra de lleno! Abre las puertas “medio entornadas” o ciérralas a cal y canto, si el que viene tras de ti, quiere robarte algún suspiro. Salta la “mediana del tiempo” y cambia de carril con destino a ninguna parte. Nunca te dispongas a hacer nada “a media luz”,  la madrugada se come entera de un solo bocado.

Cuando llegues a la mesa, utiliza el tintero. Gasta el tiempo necesario para escribir sobre una nota, hasta ocupar sus márgenes con la mayor de las caricias que posean tus manos. ¡He vuelto!    

No tengas desconfianza ni al reloj, ni al tiempo, recuerda siempre que eres tú, quien marca las horas y da cuerda a sus manecillas. No te importe si ves la botella sobre la mesa, “medio llena” o “medio vacía” ¡nada es primordial! Lo importante es beber todo aquello que reste en su interior, ¡hasta darle fin!

Cuenta las horas, hasta la “media noche” únicamente para comerte de ella hasta la última estrella. No cierres los ojos ¡jamás! si la ves “medio desnuda”. Recuerda siempre que los seres inteligentes, perspicaces y profundos, somos los únicos capaces de poder quitarle la ropa.

La mitad, solo es la parte de un todo, y el todo, es la fracción perfecta del equilibrio de un beso, incapaz de darse a la mitad…

(Tu.)



José Manuel Rodríguez Viedma

jueves, 23 de mayo de 2013

Oculto


miércoles, 8 de mayo de 2013

"Amanecer sin madrudada"


Viedeo promocional del libro "72 horas buscando amor"



lunes, 6 de mayo de 2013

72 horas buscando amor

Del libro
"72 horas buscando amor."
 
Llueve sobre un cristal.
Hora 37
 
 
 

Como un silencio que nos encoge el alma. ¡Melancolía! Como un refugio en el que solo cogen las miradas perdidas. ¿Las miradas se pierden? ¡Por supuesto que sí! Cada vez que los ojos atacan sin piedad la diana del horizonte, pero son incapaces de ver nada, absolutamente nada. Cuando el limbo nos atrapa y nos lleva allí donde dicen que duermen los niños sin nombre. Donde los pensamientos se despiertan, mientras el cuerpo se arropa junto al tierno edredón del sueño. Sí. Las miradas se pierden y no se recuperan. Si la mirada es el espejo del alma, quizás sea el alma la que se escape y nos deje solos. Por un momento, por una eternidad. Tras de un cristal que nos protege del mundo, llueve. Tras de él, la gente sigue caminando de arriba a abajo con sus cabezas vacilantes, con gestos perfectamente acompasados entre las manos y los pies. Como péndulos. Mientras el ruido se detiene ante la frontera del vidrio y sella su pasaporte con la rúbrica del silencio.
 
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El cielo es gris y la lluvia que se desprende de su abismo, pretende caer en nuestra cara. Todo es un imposible. Ella no sabe que nos protegemos tras de la ventana. Cuando sus gotas golpean el cristal, perezosas comienzan a deslizarse abrazándose unas a otras, hasta desprenderse de nuestra vista. La mirada perdida y el limbo desierto de niños. Los niños sin nombre juegan a coro con sus pequeñas voces de la mano de la Divinidad y las miradas perdidas… las miradas perdidas se encuentran con el alma, que jamás se escapó de nuestro cuerpo inerte tras de la ventana.        
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Querido lector, quiero pensar que no solo utilizamos las ventanas para percatarnos de aquello que transcurre en el exterior. Aunque así lo fuera, a menudo también recurrimos a estas, simplemente para buscar el equilibrio de nuestra conciencia. Nos aislamos voluntariamente tras de un cristal, dejamos nuestra mente en blanco (aunque es imposible, siempre aparece un garabato) y tratamos de encontrarnos a nosotros mismos.

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Como si de una barrera se tratara, dejemos que el cristal se convierta en nuestra propia burbuja mágica que nos traslada en el tiempo. Que aquello que vemos transcurrir en el exterior, nos toque con suavidad el corazón y nos recuerde que estamos vivos, A veces y solo a veces, al ver la vida que pasa ante nosotros, tras de un inmenso escaparate, nos convierte en aquellos perfectos compradores que buscan y comparan.
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Recuerda, querido lector, la vida es una oferta que no podemos dejar escapar.
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 ¿Y el amor? ¿En que lugar lo encontramos? ¿En que extremo del cristal? Creo que el problema no es donde se encuentra el amor, sino por lo contrario, quizás seamos nosotros los que nos empeñemos en estar  casi siempre en el extremo equivocado. Busquemos el amor tras del cristal y en las veces que inesperadamente, fue capaz de acariciar nuestros rostros para beber de su sonrisa. Aquellos cristales que marcaron nuestra existencia entre la oferta y la demanda. Comprar amor no sale tan caro. A veces basta con pedirlo para tenerlo en nuestras manos, envuelto en un hermoso papel de regalo. Si querido lector, muchos son los cristales que nos arañan el alma, sin que en ellos encontremos la más mínima amenaza, el más mínimo deterioro, la más insignificante astilla. El cristal araña el alma simplemente, porque a veces lo que somos capaces de encontrar al otro lado, puede despertar de un plumazo nuestras cadencias y complejos. Quizás el amor, al ser tan grande, es imposible que lo sujete una sola percha en el infinito y nosotros tan pequeños, que ni de puntillas, somos capaces de asomarnos al ventanal traslúcido de sus ojos.
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Querido lector, ¿Alguna vez te has asomado para mirar tras del cristal de los nidos de los recién nacidos? No querido amigo/a, no hace falta que la paternidad o la maternidad aflore en tu piel, para observar, e incluso sentir, lo que acontece en el interior. El cristal nos muestra la vida recién estrenada. Aún de sus pequeños cordones umbilicales, cuelga la etiqueta de “frágil” y sus llantos agudos, espantan el vuelo invisible de la cigüeña. El amor araña el cristal de nuestras pupilas, hasta pintar un llanto nervioso que recorre nuestro cuerpo. Quizás ahí, encontremos el amor en su estado más puro. Que curiosidad, nosotros nos hallamos al otro extremo, haciendo con nuestro vaho un dibujo nebuloso que se acerca a la perfección. Sus ojos cerrados, ¡sueñan!... Pero ¿Cómo es posible? si aún no han logrado recoger de la vida ni una sola imagen, ni un solo recuerdo, ni la más mínima sensación capaz de reproducirse en sus pequeñas conciencias. Si querido lector, aún así… ¡Sueñan! Llevándose  hasta sus pequeñas bocas sus rojizas y cerradas manos, como si en ellas se encontrara aún la esencia de la divinidad más pura.
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Un cristal que nos enseña la vida recién estrenada, nosotros en el otro extremo, consumimos los minutos con gestos y abrazos inesperados. Si en el interior, el amor se desprende de la cuerda floja de un llanto, en el exterior, nosotros lo intercambiamos con una mirada, con una sonrisa, con un apretón de manos… ¿Y el amor?... El amor que no entiende de cristales, atraviesa el vidrio como lo hace la quilla de un barco que corta los océanos en dos.
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Querido lector, no todos los cristales nos muestran el amor de la manera que quisiéramos. Ni al buscarlo lo hacemos de la misma forma. Ambos sabemos que perdemos más tiempo en buscarlo, que él en encontrarnos a nosotros, y a veces, nos localiza desnudos, desarmados y hasta desorientados en este mundo que gira y gira, y en cada vuelta que da, en unas la vida se estrena a golpe de chupete y en otras la existencia, se rompe a fuerza de tanto lavar el pellejo, con el agua pura de la vejez. ¡Que verdad si así lo fuera! En otras tantas ocasiones, la vida nos suelta de la mano apenas con dos puestas de traje. Así es la vida y la muerte, tan inesperadas como el amor, que no avisa, y el desamor, que no llama.     
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Nos pasamos media vida tras de un cristal. Lo mismo  lo hacemos tras de la ventanilla de un avión, que nos asciende hasta dejarnos colgados de una nube a la grupa de la ciencia, que lo hacemos tras del cristal frontal o lateral de un coche. Desde arriba, el mundo se hace pequeño, y desde abajo, la tierra se estira para mostrarse infinita.
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Si utilizamos gafas de sol, (también es otro cristal) la expresión de nuestros ojos se reduce a la mitad y es solo la mitad del alma la que enseñamos. A veces la protección ante los rayos del sol, también nos protege de la risa y el llanto. El cristal nos agudiza la mirada y la pinta de colores hermosos, pero artificiales. Otro cristal, es el espejo del agua, cuando dibuja nuestros rostros de forma tan débil, que la punta de un solo dedo es capaz de alborotarlos hasta la locura, basta con introducirlo lentamente en su interior.
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La ventana del dormitorio, donde los sonidos duermen a fuerza de doble acristalamiento. El ventanal del salón, donde rebotan los ecos escondidos tras de la frecuencia de una radio mal apagada. El cristal de una lupa, que nos aumenta lo observado hasta hacerlo rebosar más allá de sus bordes curvos y bastos. La propia vida es como un cristal, como un inmenso escaparate, “se mira, pero no se toca” como la profundidad de un vaso, que hace aumentar nuestra visión, mientras disminuye su contenido. En cada trago, un sorbito de vida y con ella, la madurez se hace tan grande e infinita, que casi es capaz de coger en su interior la milagrosa sonrisa de un niño. El principio de una vida, observada minuciosamente, borracho de júbilo tras de un cristal. Así recuerdo aquellos nidos, donde bostezaban y lloraban aquellos niños presos del sueño de la Divinidad. Un cristal que nos separaba los pies de la gloria, para alcanzar el cielo con las manos. Rendidas cuentas, también el final de nuestros días, nos regalará el asombroso escaparate de nuestros cuerpos sin vida. Solo que en ese momento extremo, los que desgarren su llanto, se encontrarán al lado inverso del cristal.
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Media vida entre reflejos que juegan con nuestras formas físicas a su antojo, y que apenas son capaces de reflejar con exactitud nuestra apariencia. Solo formas y nada más, que se encaprichan y nos dibujan sin tapujo, con el abanico dulce que ofrece el sol, ante una fuente de colores. Reflejos que nos acarician y apenas nos tocan, porque prefieren simplemente revolotear, sobre la invisible aureola de nuestras mentes. Si querido lector, media vida tras de un cristal. Rara naturaleza la del ser humano, aquella que ingenia la manera  para estar, sin ser visto, o bien ser visto… ¡pero no estar! 
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¿Y el amor? ¿El amor? ¡Como siempre! Querido amigo/a, en cada gota capaz de arañar con su boca, el beso con el que la lluvia casi siempre, nos sorprende en la ventana…   (Aún hay tiempo. Salgamos a la calle y olvidemos los paraguas…)
 
José Manuel Rodríguez Viedma

Con otras miradas...

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La mitad del silencio

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