viernes, 24 de febrero de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)


Solo hay un único motivo para hacer reír  a un niño.
¡No haber dejado nunca de serlo!
Solo existe un único motivo para hacerlo llorar.
¡No haberlo sido nunca...!

José M. Rodríguez Viedma

Lamento triste



He visto tu lágrima rota,
ante el látigo en tu cara impreso
y he maldecido la hora,
de quien a cambio de darte un beso
encontró la fusta traidora
con la que poner al maltrato su precio.

He visto tus ojillos chicos
y el cardenal de tu cuerpo
y mal pagar tus risas en gritos,
para ahuyentar al silencio.

He visto la rabia del lobo,
maltratar la infancia de nuevo
y bostezar su garganta en el pozo,
para dar de beber a los cuervos.

Y ahora… ¡cómo te digo!
que este mundo es reflejo del alma.
Que los hombres se hacen viejos,
contando cuentos en las ventanas.

¡Cómo te hablo de amores!
De primaveras, de rosas tempranas
 de que el abrazo y las ilusiones
pequeña mía… ¡no cuestan nada!

Después de ver tú sangre deshecha,
carecer de sueños a tu almohada.
Mientras se incrusta en tu alma la flecha,
en forma triste de bofetada.

¡Cómo te digo mi niña!
Que las sonrisas jamás inventadas,
duermen como todas las niñas
entre sirenas de una mar en calma.

Después de sentir tus manos tiernas,
después de saber que ya no hablas
y de tener  truncadas las piernas,
que te regalaron a tientas dos hadas.

¿Quién puso en tu camino la mano?
¿Quién la cobardía en tu lágrima?
¿Quién puede llamarse humano
y no estremecerse en tu rabia?

¡Cómo te digo mi niña!
Que no tengas miedo ¡ya a nada!
Que he puesto un jardín a tu herida
y un parche rosa a tu alma.
xxxxxxxxx
Como te digo… ¡qué ames!
si te preguntas ¿a ti quien te ama?
Si hasta por una caricia, se relamen,
los perros viejos de tu plaza.
xxxxxxxxx
¡Cómo te digo que sueñes!
tapadita entre sábanas blancas.
Si no puedo olvidar que tienes
cien pesadillas malvadas,
clavadas cincuenta a tus sienes
y en tu costado otras tantas.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
Que un tropel de angelitos te guarda.
Si existe gloria divina
allí a cambio de espinas,
te pondrán aureola de nácar.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
que ya tiene la luna blanca,
por escolta cien estrellitas,
para jugar en tus pestañas.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
que para quererte solo hace falta,
dibujarte de bailarina
y en el escenario de tu mirada,
besarte de noche y día
tus cicatrices templadas.

Ya se acabó tu tormento
el látigo, la fuerza y la rabia.
Para ti sopita de besos,
para irte a dormir a tu cama.

Ya se acabó tu lamento.
¿Si quieres hacemos un trato?
Mientras la luna te trenza  el cabello,
yo juego con tu muñeca de trapo.

Ya se ha terminado el tiempo
donde llovían los malos ratos.
Voy a contarte un cuento,
donde no existe el sufrimiento
y vengan a ti, besos y abrazos.

Dejaremos que pase la vida.
¡Caramelos serán tus zapatos!
hasta que este pozo de cobardía
que partió tu infancia en pedazos,
deje a la luz, tus heridas
y Dios te haga, princesa algún día,
a cambio de aquellos maltratos.


José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 27 de enero de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)



Serenidad

Empequeñeces en la distancia
y sin embargo siempre a las buenas,
tantas veces premiaste mi espalda
atrapado en las veredas,
de la senda hasta mi casa.

Desde tu sombra negra de escarcha,
hasta la blonda de tus caderas…
¡Tanto fruto sobre la rama!
¡Tanta savia a correr en tus venas!

Y en tu sombra de estío verde,
¡Tanto verde como quisieras!
Quise poner, mi beso en tu frente
sin apenas llegar a tus piernas.

Puse mi beso amarrado al tronco.
De aquel beso, ¡si tú supieras!
cuantas veces bebí del pozo,
desde otoño a primavera.

Para poder gozar de tu sombra.
Colgué a la rama mí beso,
le colgué la falda y la ropa,
mientras mi piel desde el suelo
mordía la raíz y el deseo,
de hacerse piña en su boca.

Que mejor caballero noble
que hasta tu boca callara.
¡Antes de gritar nuestros nombres!
preferiste la muerte temprana.

El silencio gritaba a voces
que en tu corteza de fragua,
hice tatuar nuestros nombres
con una fina guadaña.

Te hice daño en la cintura,
te hice daño al subir a la rama.
te hice daño al ocultar la luna,
y te hice daño con mi calma.

Y tú, con tus brazos torcidos
de noble madera tronchada,
quisiste hacer con los míos
una escalera de nácar.

Fuiste mi primera sombra,
fuiste mi primera casa.
Me viste quitarle la ropa.
Me viste acariciar su espalda.

Viste el beso en su boca
y viste su abrazo en mi alma.
Viste la estrella prohibida,
navegar a sus anchas.
Con las velas a la deriva,
hasta morir en su playa.

Y después de aquel amor que fue vida,
aquí me tienes de nuevo a tus plantas.
Aunque el tiempo los amores olvida,
los recuerdos perduran, ¡te llaman!

Aquí me tienes mi viejo amigo,
veterano árbol de las mañanas
que entre las dehesas de trigo,
sacas a volar tus cien ramas.

He vuelto para posar en tu tronco,
todos los huesos de mi espalda
y a beber del agua del pozo,
que nunca quise dejar en calma.

Déjame soñar, de nuevo a tu sombra.
Mientras espero al amor, si me llama.
Para cobrarse los besos, ¡por dos!
que solo a los ojos de Dios,
nos dimos bajo tus ramas…


José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 9 de diciembre de 2011

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)




¡Miente!

Cuando veas que en mi delirio,
pongo mi beso en tu frente.
a pesar de mi escalofrío,
donde veas el mar, dí que es río.
¡Miente!

Aunque veas luz en tu camino
y al cobarde morir valiente.
Donde ya no se pueblen de trigo,
aquellos senderos prohibidos.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
por amor, solo diferente
 y el recuerdo, ¡querer olvidar!
que fuiste estrella en la mar
ante otros ojos y otras gentes…

Cuando sientas el beso en tu cara
si acaso, morir lentamente
y que el mundo que nace, se acaba,
donde veas luz, dibuja alborada.
¡Miente!

Aunque sientas correr una lágrima
entre tu pecho paciente,
y en la tormenta, la calma
alborotar la sal de tu cama.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
y por amor, aguardiente
 y el recuerdo, ¡querer olvidar!
que fuiste la tempestad
amarrada al corazón y al vientre…

Cuando sientas las risas tempranas
y tarde se ría la gente.
Ante el balcón de tus pestañas,
haz florecer tus mañanas.
¡Miente!

Aunque la soledad te dibuje desnuda,
tu cuerpo hermoso y reciente.
Clama que fuiste la luna,
entre hermosas canciones de cuna.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
por amor, de repente
 y el recuerdo, ¡hacer realidad!
la vez que hallaste verdad
ante otros ojos diferentes…

Cuando sientas el dolor traspasado,
de este veneno elocuente.
Niégate a beber del pasado
y emborracha tus pecados.
¡Miente!

Aunque sientas derrotado,
tu futuro y tu presente.
Borra de todo lo inventado,
 lo jamás imaginado.
¡Miente!

Mentir es otra forma de callar,
tus labios rojos cuando mienten
 y el recuerdo, ¡saber alejar!
las dudas que fueron capaz,
de herir tu alma de muerte…

Cuando multipliques por mil
las veces que tu alma siente.
Dibuja siempre de Abril,
tu marzo roto de añil.
¡Miente!

Aunque sientas ya todo perdido
¡Ya solo queda el relente!
Verás de la rama de olivo
crecer otra vez el olvido
¡Miente!

 Mentir es otra forma de amar
¡Dime que tienes los ojos verdes!
Pues al mentirme seré capaz
de echarme de nuevo a soñar
y pensar que me amaste dos veces…


José Manuel Rodríguez Viedma.

viernes, 11 de noviembre de 2011

No siempre es lo que parece.

        



En la otra estación de los sueños




            Arrastrando los pies como tantas y tantas veces. Dando un giro en la memoria de los tiempos antes de que estos malgasten la luz de su presencia y se difuminen para siempre. Así hemos llegado a la estación de la media noche entre el suspiro y la nostalgia. Despidiendo con las manos del alma al tren de las conciencias, con la cabeza gacha y el corazón dormido, en el complejo anden de los recuerdos.

            A la derecha, Penélope estaba sentada en aquel banco deshojando las flores secas de la penúltima página del libro de sus romances, mientras el vaivén de la brisa tocaba con la seda de sus inapreciables dedos, la plata de su pelo sujetado por el broche de nácar de una alondra. El tiempo deambulaba en el cronómetro imparable de su piel y la espera la había condenado de por vida, a la soledad del amor, amado en silencio y gritado con la voz callada de sus labios rojos, eternos y cerrados… apenas sin respirar.

           A la izquierda, un poeta acariciaba el verso inmaculado de la frente de los dioses y amarraba con fiereza la pluma, para desvirgarlo sobre la inmaculada hoja en blanco, donde se han de escribir los renglones torcidos. La boca medio entornada y la mirada perdida entre las sendas de lo incorregible. El poeta soñaba despierto, y el verso poblado de sílabas, manchaba de negra tinta la vena de su silueta. Recién escrito y presto a ser  pronunciado por otras bocas quizás entre abiertas como la de él, o melancólicas y hermosas, (rojas y dispuestas a ser besadas) como las de Penélope.

            La estación emitía el hermoso sonido de la soledad. No había nadie más a quien preguntar. Nadie más de norte a sur, de este a oeste. Solo el viento saltando las vías metálicas y el sonido del reloj marcando el tiempo y las horas. Infatigables horas condenadas a dar vueltas a una circunferencia cercada por doce números privilegiados, capaces de hacer de la puntualidad otra forma de vida. Una neblina tapaba el horizonte casi de puntillas, y jugaba con las medidas y las distancias. Se comía de un bocado la ciudad, para devolvérnosla en unos segundos, con las mismas luces y sombras. Dibujaba siluetas de arriba a bajo y enmarañaba sonidos de risas y besos de otros dos enamorados bajo el mástil frío de una nueva farola. (Ya éramos cinco.) 

            Transcurrió el tiempo como si nada, quizás porque de la nada solo se amamanta el tiempo con su otra boca, y sobre la escasa neblina, a lo lejos, la figura de aquel tren se acercó hasta pisar con sus zapatos redondos el andén y mi billete. Ya no escuchaba el reloj, a pesar de que en mi subconsciente, sus insaciables manecillas igualadas sobre el número diez, me gritaba despavorido que ya eran las en punto. Diez pequeñas campanadas que me acercaban al cristal de mi asiento nuevamente en soledad. Diez pequeñas campanadas que me otorgaron el tiempo justo para limpiar con la manga de mi abrigo oscuro, la otra neblina que no me permitía observar con claridad el paisaje del que antes yo, formaba parte como alma que aguarda, confundido entre siluetas de espera. Diez pequeñas campanadas para sentarme y volver a pensar. Diez momentos justos para regalar otra nueva mirada al horizonte y dejarla perdida. Me sobró el tiempo para soñar y la imaginación para diluirme en ella y volver a encontrarme a mi mismo.

            Cuando quise darme cuenta, me marchaba. Lentamente. Como si el maquinista quisiera que me percatase por última vez de aquel momento, como si este fuera el último y las oportunidades comenzaran a desvanecerse como hojas de otoño tras de mis pasos. Tratando de hacerme recordar si había olvidado algo en la maleta. ¡Aún había tiempo para bajar de aquel vagón y detener mis pasos, que no el tiempo! Aún podía meter todos y cada uno de los besos que se habían quedado amarrados a las sábanas de nuestra cama. Aún había tiempo de poder volver a tu encuentro y alborotar nuevamente las sábanas del deseo. Abrazarte otras cien veces y otras cien, dejar que tu abrazo recorriera mi espalda hasta encadenarme de por vida a tu piel y a tu aroma. Aún debía estar encendida la vela del sueño entre tus ojos y yo podía apagarla otra vez, para poner otra noche imaginada en el quicio de tu puerta. Aún había tiempo de borrar el adiós de mis ojos, cerrando los tuyos con un beso. Nos quedaban miles de frases que decirnos sin poner en ellas más puntos finales, que aquellos capaces de nacer con vida propia, entre suspiro y suspiro. No tenía en la maleta tu risa, y aún era capaz de poder regresar para atraparla, para hacerla mía. Había dejado la mitad de mi equipaje en el armario de tu alma y solo era capaz de viajar con la única muda de tu piel en mi recuerdo. Aún había tiempo de susurrarte al oído, hasta hacerme sentir el ser más privilegiado cuando la aurora posa sobre tus párpados la luz de un nuevo día. Había tiempo (lo sé) de robarte la última lágrima y posarla sobre mis dedos. Había tiempo de tragarme tu sal, hasta saciar la sed de tu llanto, y poner barreras de acero al adiós, y de trigo al hasta pronto, si no fuera mentira…

            Cerré lo ojos para no pensar. Ya no hay retorno. Las puertas del tren se habían sellado para siempre y el maquinista, acariciándose el cabello, puso la distancia infinita entre tu puerta y mi puerta. Pasaban las diez y ya no se escuchaba el reloj. Las puertas del tren me habían atrapado, diluido las sombras y posado en aquel andén, mágico de mis sueños, mi último “te quiero.”


*** *** ***

(En un lapsus)

            Eran otras diez a mi regreso. Otro reloj y otro tiempo. Aquella estación vibraba con los sonidos desacompasados de la gente, que de arriba abajo, caminaba entre los andenes poblados de trenes con direcciones inapreciables. Ninguna campana acompañaba el minutero ni el tiempo en mi muñeca, y ninguna voz a lo lejos requería mi presencia. Ninguna niebla ocultaba mi rostro. Ya había llegado. Despertado del sueño volvía a la vida. Busqué aquella farola en la que se amaron aquellos jóvenes, pero en ella solo encontré la ironía de un beso fugaz que se había marchado con la adolescencia. Y entonces, supe que fui yo quien te besaba, y tu quien sonreías… Busqué los versos de aquel poeta escritos sobre la improvisada textura del pensamiento, y quise leerlos en sus labios antes de que emprendieran el vuelo a lo desconocido. Pero solo el silencio me regaló su armonía y entonces entendí, justo en aquel instante, que era yo quien me inspiraba mientras nos bebíamos el amor, de cuclillas, cada madrugada para no despertar a Morfeo de sus sueños eternos.

            Eran otras Díez en mis sueños. ¡Ningún tren!  Había puesto partida ni rumbo lejos de las caricias del alma. Tenía en los bolsillos del pijama guardados hasta el último de tus besos, y la sal de tu lágrima, jamás fue salina en la comisura de tus labios…

            Que ironía… ¡todo era un sueño! No había más niebla que la de mis ojos cerrados, ni más alboroto que el de mis sábanas que seguían alborotadas. Ningún billete se había picado con el diente mellado de la partida, y ninguna estación puesto a secar al sol reloj alguno, ni tiempo voraz en sus fachadas. Ningún horizonte imaginado había dibujado con la acuarela del pensamiento, otro lugar distinto del que ambos estábamos, ni a la cama puesto raíles de acero. No hizo falta pellizco para volver a la realidad, ni nostalgia alguna que me mordiera la piel ante mi regreso. Solo me bastó abrir los ojos. (¿Serían las en punto?) Tú estabas junto a mí. Aparté el pelo de tus hombros y dejé depositado allí, el más hermoso de mis besos.

- ¿Te marchas?
Me dijiste;
-  Acabo de llegar.
Susurré.
-  ¿De donde?
Y ¡Sonreíste!
- De decirle a Penélope que espere.

             Nunca es tarde para esperar el último tren de la vida.
 (Ahora eras tú, la que volvías a estar dormida…)



Nota del autor;

“No hay mejor tren que el de los sueños, aunque a veces la quimera, te lleve al último vagón del pensamiento.”



José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 21 de octubre de 2011

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)



Consejo sencillo de la vejez

 

Siempre en la puerta sentado.
Lo mismo estaba el chiquillo,
con una varilla en la mano
 y la sonrisa de trigo.
----------------------
En sus ojos se dibujaban
universos recién estrenados,
 y en las rodillas cantaba
entre una negra maraña,
un cardenal de cuidado.
-------------------------------
El pelo a la brisa desnudo,
las manos al río en volandas,
y los pajarillos con disimulo
sentados en negras barandas.
---------------------------
¿Quién fuera aquel chiquillo?
que más que mirar te miraba,
como si en su grandeza de grande,
¡Tan grande se reflejara!
Con un puñado de años ¡ya!
clavados en las espaldas.
---------------------------------
Que daría yo, porque no crecieras.
Porque siempre fueras pequeño,
para que aunque tú no lo quisieras
pudiera yo ser el dueño,
de hacer que no despertaras
de la infancia de tu cuerpo.
----------------------------------------------
Ya ves niño, mis arrugas.
¡Rasgando piel al entrecejo!
Sin que tenga mi alma la duda,
en esta cabeza desnuda
de que soy un hombre más viejo.
-------------------------------------------
En mi sabiduría yo hallo la fuente
y en ella tú bebes consejos.
Pues la vejez es como un barco
que siempre te lleva a buen puerto.
-----------------------------------------------------
Un barquito de papel,
cargado de buenos remedios.
Tan dulce como la miel,
que se hunde con los dedos.
-----------------------------------
¿Para que quieres crecer?
Si al final el mundo entero,
no es más que un atardecer
que solo coge en el sombrero.
----------------------------------------
En tu infancia la nube se torna,
como una caracacola de ensueño.
En la distancia una paloma
no es más que un cascabel pequeño,
que suena cuando se colma
de cientos de recuerdos buenos.
----------------------------------------
Crecer es solo llegar más alto.
¡Pero nunca llegar el primero!
Pues a veces  con un garabato,
aunque sea un garabato pequeño,
llegas a tocar con las manos
la senda sublime del cielo.
------------------------------------------
Yo también quise ser grande
y subirme a un molino viejo,
y desde allí ver el paisaje
de donde nacen los besos.
-----------------------------------------
Yo también con mi rama joven,
quise poner en la hoguera leño
y llenar mis futuros presentes
con más de un millón de recuerdos.
--------------------------------------------
Tan grande y tan holgado
que ya por más que los cuento,
alguno se me queda colgado
en otra rama del pensamiento.
---------------------------------------------
Hacerte grande ¡es perder!
los principios de los cuentos,
auque aprendas bien a leer
con los ojos del firmamento.
------------------------------------------------
¡Yo no maldigo la vejez!
que bien merecido mi tiempo,
fue como un manantial
que poquito a poco me fui bebiendo.
---------------------------------------------------
Solo te pido ¡chiquillo!
que como tu también has de hacerlo,
bebe poquito a poquito
con cientos de sorbos pequeños.
-----------------------------------------------
Y hagamos un trato entre ambos
aunque en este trato la vejez,
sea un nuevo garabato
atado entre tu zapato,
como una cometa a los pies.
-------------------------------------------
A cambio de tu sonrisa
yo te daré el mejor de los cuentos,
mientras dejo que entre la brisa
se duerman tus ojillos tiernos.
------------------------------------------
A cambio de tu mirada,
yo te daré mi sombrero
y en el hallarás la barca,
al timonel y al marinero.
¡Ambos en volandas!
se llevaron el vergel de mi tiempo.
----------------------------------------------
Ya se ha dormido el chiquillo,
entre la sabia de los almendros.
Mientras el aire te besa el flequillo
¡Yo velaré por tus sueños!
------------------------------------------
 Ahora te acuno entre mis brazos
¡Ya lo ves, que no me quejo!
solo apelo a nuestro trato,
pues en este campo sin riego
¡lo que yo daría por hacer!
por seguir viéndote crecer,
sin yo hacerme más viejo.
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José Manuel Rodríguez Viedma

domingo, 2 de octubre de 2011

Fiel reflejo



Otra vez, nosotros dos



             A dos metros de distancia. Solo a dos metros. Arrastramos nuestros pasos y ahí estamos. Otra vez, solos con nosotros mismos. La sonrisa dejándose escapar entre los rasgos que la noche ha sembrado en nuestras mejillas con el roce de la almohada. Nos miramos fijamente ante el espejo. No hay palabras. El silencio contesta a cada una de nuestras preguntas inacabadas, y antes de escuchar respuesta alguna, en nuestra mente se contestan todas y cada una de ellas. Que infinito silencio, y que hermoso a la vez.

            Medio adormecidos. Aun el reloj no hace más de diez minutos que con su estruendo ha roto la paz del sueño y sin embargo, ya nos llamaba el espejo. A gritos y a empujones, con una fuerza frenética y necesaria. Así nace el primer saludo de la mañana. A nosotros mismos, como si tras del cristal reconociéramos al mejor amigo, enjaulado en una trágica cárcel de cristal, que solo encuentra la libertad con tus pasos (cuando te marchas) y tus latidos. (Porque estamos vivos.) Sobre el espejo nace el primer gesto y la primera sonrisa. Sobre el espejo el agua y sobre el agua, navega la ultima y perfecta simetría del sueño. Clavamos las pupilas sobre nuestro fiel reflejo y jugamos a no conocernos. Ahora, como si fuéramos dos perfectos desconocidos que solo tuvieron la feliz coincidencia de levantarse a la misma hora, con la misma ropa, con la misma mirada. Predestinados a mirarnos el uno al otro, con la mirada perdida. En cada una de nuestras pupilas se reflejan por mil las mismas imágenes, y en cada uno de nuestros gestos, se adivinan otros tantos espontáneos y con igual similitud.

            Frente al espejo, ambos, medido adormecidos. Así somos. Sin miedos ni vergüenzas. Las alturas ya no nos asustan y más de cien veces hemos saltado el mismo precipicio, sin hacernos el menor de los rasguños.  Hemos amado mil veces y otras mil veces nos han amado. Hemos llorando hasta multiplicar nuestras lágrimas, y hemos dejado que estas se escapen entre nuestros dedos, como frágiles gotitas de sal, que al alma, amamantan con sus defectos y virtudes. Hemos rehecho en cada noche nuestros futuros y roto nuestros presentes. Nos hemos visto desnudos, sin que apenas nos ruboricemos el uno del otro. Hemos encontrado nuestros defectos y los hemos ocultado, mientras el tiempo, y la edad, han vuelto a dejarlos sueltos al viento de una madrugada a la que siempre ha cogido una copa de más. Frente al espejo, nos hemos sentido observados por alguien que nos pedía paso, mientras el alma, a empujones, no dejaba hueco alguno a la indecisión del nuevo día. Hemos negado con la cabeza y afirmado con el mentón o la barbilla. Nos hemos acariciado, como dos adolescentes que se besan por primera vez. Hemos perfumando nuestra piel con la manzanilla de un beso y nos hemos sentido fuertes, con la decisión del último reflejo que la luz ha dejado caer en nuestra cabeza. Nos hemos sentido solos y acompañados. Jamás hemos temido a la luna, y jamás la luna ha venido a perseguirnos hasta el interior de nuestra mágica cajita de cristal.

            Nos hemos reconocido frente al espejo y nos hemos odiado. Como dos amigos que se disputan las vanidades el uno al otro, y cambian de tercio el malestar de las palabras mal entendidas y acusadoras. El amor duele cuando salen a flote las verdades y se miente cuando se ama, ocultando con indulgencias propias nuestros acusados defectos. No podemos mentirnos sobre el espejo. ¡Nada sería lo mismo! Somos dos viejos amigos que conocen a la perfección las cicatrices que el alma, saca a flote cuando se desnuda.

            Nos vemos cara a cara y nos sonreímos. Un día más. Cuando la mañana pone en alerta cada uno de nuestros sentidos. Cuando la alondra infinita de la vida hace sonar el despertador de Morfeo y los brazos nos descuelgan de la cama, como dos tiras de sábanas más, retorcidas mitad por amor y la otra mitad de noche y soledad.  

            Nos hemos vuelto a reconocer frente al espejo, y aun nos preguntamos quien de los dos se encuentra en la otra orilla. Quien de los dos se marcha y quien de los dos se queda. Quien de los dos suspira y quien de los dos pone partida al tiempo, introduciendo nuestros pies en zapatillos de cartón. Jamás podremos saber quien de los dos se marcha, y quien de los dos se queda. Que ironía, cada vez que intento averiguarlo, me encuentro de nuevo con mi otro yo. No puedo jurar que eres tu quien me espera, pues volvemos a estar los dos, frente a frente, y entonces me pregunto, ¿Quién de los dos esperaba al otro para conocerse si es posible, aunque fuera un poquito mejor?

            Algún día me atreveré a preguntarle. Me armaré de valor. Abriré la puerta de repente a la mayor velocidad, y me plantaré delante. ¿Cuándo has llegado? Solo me asustará llegar antes y no encontrarme sobre el espejo. Reflejándome como siempre, esperando su luz y la mía. Sentiré miedo entonces si no me encuentro, pues bien habré llegado tarde a la cita conmigo mismo, o lo que es peor. Puede que no llegue nunca.

            Apaguemos la luz y sigamos durmiendo. Aun le quedan cinco  minutos más al reloj, al cristal y al tiempo… El espejo y el sueño nos enseñan siempre la misma realidad. Ambos somos los mismos al otro lado de la nada.

José Manuel Rodríguez Viedma

sábado, 17 de septiembre de 2011

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)


Con nuestro amor cumplido


En esta historia de dos,
ambos estamos agradecidos.
Tú, por llenarte yo de amor,
yo, por sentirme correspondido.
xxxxxx
No hay débitos por nuestra parte
nada compramos, ni debimos,
pues fueron por amor avalados
todos los besos que nos dimos.
xxxxxx
Y fíjate que aun recuerdo Granada,
no me pierdo por sus caminos.
Observo en las laderas las torres
y pinto en los senderos, olivos.
xxxxxxx
Pero si quieres que recuerde
pongo fin a los olvidos,
y pongo precio a mi suerte
si aun sientes, lo que sentimos.
xxxxxxxxx
Fue una historia triste donde las haya
no por vivir, lo que vivimos,
pues menos suerte mantuvo el alma
si al final de aquellos caminos,
se fueron quedando en las ramas
el fruto amargo de los sentidos.
xxxxxxx
Y aún con el paso del tiempo
¡Escucha bien lo que te digo!
sigo preguntándole al viento,
si fue verdad que nos quisimos.
xxxxxxx
Pues no comprendo ya tu cuerpo
bajo el roce de otros latidos,
ni la furia del toro negro
en la dehesa de mi brazo prohibido.
xxxxxxxx
Ya no recuerdo tu beso
que con tanto escalofrío,
se negó a ser errante a su suerte
si no ponía su labio en tu frente,
si no hacía pan, con tu trigo.
xxxxxxx
Ni veo la luz de la farola
alumbrándome en  tu camino,
ni aquella aldaba en tu puerta
bajo el número prohibido,
de aquellos cientos de besos
y otros tantos que nos dimos.
xxxxxxx
Que hermoso no odiarte, ¡pues te quiero!
y después de haber amado,
que hermoso ser olvidado
sin el mayor de los recelos.
xxxxxxx
Como olvidar tus ojos tristes,
como olvidarlos, si no puedo
y el día que los olvide,
será cuando sin amor predique
que ya no te quiero amor, ¡que no te quiero!
xxxxxxx
Si para querer siempre hay tiempo,
para que dar instante al olvido.
Para que poner cerco a tu cuerpo
aunque mecido por otros caminos,
de besos se siembre el sendero
y con otros sueños se planten olivos.
xxxxxxx
El amor es como una veleta
a la que un viento casi dormido,
sopla de puerta en puerta,
gime  de río en río
y al llegar ante tu pelo,
pretende susurrarte al oído
que ya no puedo quererte,
lo mismo que te he querido.
xxxxxxx
Ya no maldigo mi suerte
bien sabe Dios lo que me digo,
pues entre tenerte y no tenerte
en este cruce de caminos,
salí ganando más con perderte
aunque con ello fuera la muerte,
quien se llevara tu corazón y el mío.
xxxxxxx
Ya no hay débitos por nuestra parte.
Nada compramos, ni debimos,
que bien fueron por amor avalados
todos los besos que nos dimos.
xxxxxxx
Fue aquella noche en Granada.
Como dos sombras por los caminos
y al llegar a la fuente, ¡fue el agua!
además de regalarnos el alma,
la única gloria que nos bebimos.


José Manuel Rodríguez Viedma

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

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