lunes, 4 de junio de 2012

Celebración 114 Aniversario del nacimiento de FEDERICO GARCÍA LORCA

viernes, 25 de mayo de 2012

Invitación Presentación Oficial del libro "72 horas buscando amor"



Presentación Oficial del Libro
72 horas buscando amor


El próximo sábado día 16 de Junio a las ocho y media de la tarde, en la Sede de La Asociación de la prensa de Granada y de la Fundación Andaluza de la Prensa, en la Calle Escudo del Carmen nº 3, (antiguo Hospital de Peregrinos) será presentado oficialmente el libro “72 horas buscando Amor”, bajo el sello de la Editorial Círculo Rojo. Dicha presentación estará a cargo de D. David Rodríguez Jiménez-Muriel, (Licenciado en Historia del Arte.)

Desde aquí os invito a todos vosotros, lectores y amigos, para que en este día tan especial, seáis participes junto a mí, del nacimiento de esta nueva obra que verá la luz en Granada de forma oficial.

Aprovechando estas líneas, agradezco de forma especial la participación de D. David Rodríguez Jiménez-Muriel, al cual entregué el primer tomo de esta obra, para que fuera él, quien dando obertura al acto con sus palabras, nos ofrezca la presentación oficial del mismo. No tuvo reparos al ofrecimiento, y sin duda alguna, no puede haber persona más acertada para tales efectos. Gracias.  

A Encarna Ximénez de Cisneros, Presidenta de la Asociación de la Prensa de Granada, que de forma desinteresada y en apenas unos segundos, mostró su entera disposición para acoger en la emblemática y señera Sede de La Asociación de la prensa de Granada y de la Fundación Andaluza de la Prensa, anterior Hospital de Peregrinos, en la majestuosidad de su patio, la presentación de la obra “72 horas buscando amor”.   Gracias.

A Francisco Rodríguez Campos, Gerente de “La Divisa Blanca” y de la “Taberna el Enganche”. Interesantes tertulias se han regado con buen vino, entre compañías castizas de Granada, que merodean por la calle de los Navas siempre con un verso en la boca, como si fuera un recién estrenado repique de campanas. Gracias por la generosa copa con la que nos obsequiarás, en tan enigmática tarde de sueños cumplidos.

A la Editorial Círculo Rojo, por su trabajo final y la distribución de “72 horas buscando amor” más allá de nuestras fronteras. Por vuestra paciencia. Muchas gracias.

Y a todos vosotros, lectores y amigos, a los que de igual forma, os invito a dar un paseo a través de sus páginas. A que vaguéis con el pensamiento en cada uno de los renglones y dejéis transcurrir,  en cada una de sus “72 horas”, la desnudez del alma y el suspiro melancólico de las emociones, que ante nosotros, pasan a diario casi inadvertidas. El poema no se ha tomado un descanso, (es imposible) todo lo más se ha ocultado entre metáforas narradas bajo la almohada del tiempo hasta hacerlas inmortales. Os invito a dormir bajo su misma cubierta, arropados únicamente por la sábana de los sueños imperfectos. En cada una de sus palabras he encontrado la similitud de los cuentos que acaban siempre con un final feliz, porque así debieran de ser, aunque toquemos con nuestras manos la aureola candente de la utopía.

“72 horas buscando amor” ya es vuestro. Lo fue únicamente mío en la soledad de mi mesa, cuando las páginas en blanco se emborronaban no en pocas ocasiones entre ejercicios gramaticales, puntos, comas, adjetivos y sueños, que se desvanecían de madrugada y regresaban a la mañana siguiente borrachos de nostalgia, al haberse bebido el mar en un suspiro improvisado. Fue mío hasta el instante justo en el que el punto final, dejó descansar su redonda cabeza en la última silaba. Fue mío, cuando cerré la cubierta de sus brazos y cerré los ojos, y vuestro… ¡ahora vuestro! cuando es capaz de hablar pluralmente lo que antaño solo me susurró al oído sin límite de tiempo.

El amor está ahí, he llegado a saborearlo en cada una de sus apariencias. (Faltan otras muchas.) Solo basta cogerlo y amarlo de la forma más imperfecta y más humana. Imperfecto porque ha sido escrito o casi tocado por un mortal, que aún se empeña en querer amar a la perfección, y que se aleja de ella, justo en la misma proporción y medida, que lo hace un beso cuando deja en la otra piel el roce de los labios y ha sentido morir, irremediablemente el corazón en su partida….          

            Sin duda alguna, ahora, ¡Ya es vuestro!


José Manuel Rodríguez Viedma




Os espero.

viernes, 13 de abril de 2012

En una mirada... ¡Todo!



En una mirada… ¡Todo!


           Hasta en más de diez ocasiones nos insinuamos con la mirada. Éramos como dos adolescentes que jugábamos a escondernos tras de las páginas escritas que soportaban nuestros dedos. Tú, acariciabas con dulzura un libro. Suponía que leías con ternura y que en cada párrafo que yo imaginaba, el beso de tus pupilas naufragaba en cada sílaba que besaban tus labios cerrados. Yo, sostenía otro ejemplar de Glenn Cooper a tres metros de distancia de tus piernas, y mis ojos, releían una y mil veces la misma estrofa sin avanzar una sola línea.

            El bullicio de la cafetería nos mantenía apartados del resto del mundo. Imaginé por un momento que la distancia se difuminaba entre nosotros y te agarré de la mano para sacarte fuera de aquella tormenta de verano. Por un instante, mis pies intentaron llevarme cerca de tu cuerpo y con un impulso incontrolable, pensé en arrebatarte el tiempo para unirlo al mío y pasar toda la tarde danzando entre la brisa de tu pelo castaño, que caía como una hoja de otoño sobre tu frente. La gente a nuestro alrededor hablaba cada vez más alto. Apenas podía escuchar tus pensamientos, ni tú los míos. Cuando la taza se acercaba a tu boca, tus ojos nuevamente reconocían el horizonte como quien busca a su alrededor la escusa justa para pederse en el olimpo. Y otra vez chocaba con la mía. Hasta en más de diez ocasiones agaché la mirada. El encontronazo de ambas hubiese bastado para comernos en un segundo las vergüenzas, mientras dejábamos al descubierto la desnudez de nuestras sonrisas. Hubiese bastado disponer de un solo segundo y haber parado el tiempo y los relojes. En la mirada nos hubiésemos gritado nuestros nombres y nos hubiéramos llamado por nuestros apodos. En una sola mirada el café se habría quedado helado, y el alma calentado algo más que la punta de nuestros dedos.

            Había agachado otra vez la cabeza, pero tu mirada seguía ahí. Esperando el tropiezo de la mía, para que ahora fueras tú, quien agachara la tuya hasta sumergirla en el ocaso de las páginas escritas en negro sobre blanco. Te sentía respirar por todos los rincones y advertí como los tentáculos de tu aroma se desprendían del precipicio de tu blusa, buscando otro infinito donde perderse. No estábamos solos, y sin embargo, todo carecía de sentido a nuestro alrededor. No sabíamos nada el uno del otro, pero nos bastaban las pretensiones de cada cual, para conocernos de toda la vida. ¡Me armé de valor! y cerré el libro. Ya no había tiempo para echarse atrás y mis ojos se fundieron en la misma fragua que los tuyos.

            Las dos miradas se hablaron a gritos entre la inmensidad de aquel espacio reducido a la nada. Las dos miradas se culparon de no tener voz y buscaron el tacto que dio al traste con la indiferencia. Las dos miradas quedaron prendidas en una luz improvisada a la que no juzgaron el color ni la intensidad con la que hacían brillar cada una de sus pupilas. Al carecer las miradas de voz, fueron cómplices del silencio y prefirieron morir en tres segundos interminables, antes que vivir toda una vida susurrándose al oído, lo que jamás es capaz de escuchar el corazón. ¡Nos lo dijimos todo! y quedamos conformes. Si hubiese existido alguna duda, hubiera carecido de sentido común aquella mañana. Rubricamos con una sonrisa aquel encuentro y las miradas volvieron a caer la una junto a la otra, cada cual sobre su texto y cada alma sobre su libro….  

            Aún humeaba la taza sobre mi mesa, pero no estaba dispuesto a dejar transcurrir ni un solo instante más. Necesitaba saber su nombre. Escuchar su voz y dejarme morir en cada una de sus palabras. Me acerqué a la barra y el tiempo y la espera se hizo interminable. Quise volver la cabeza hacia atrás y volver a buscarla, sentir nuevamente su mirada como rasgaba la mía, pero en mi pensamiento solo existía la imagen de su sonrisa y los dos pequeños hoyuelos que nacieron de repente en la blancura de sus mejillas. Me temblaban las piernas y las manos ¡estaba decidido! y ya no había lugar a las dudas ni a los titubeos. La conocía de toda la vida (lo sabía) aunque jamás el destino nos había premiado con hacernos caminar de puntillas en el mismo camino. Mis miedos habían desaparecido… Tomé la vuelta que el camarero había depositado en mis manos temblorosas y volví de nuevo la cabeza hasta donde su aroma delataba su delicada silueta. Se había hecho el silencio, pero esta vez con distintas voces. Su taza vacía, aún humeaba casi como la mía, y sobre la mesa, aquel púlpito de miradas inventadas, solo  descansaba un libro de poemas entre abierto. Ella ya no estaba… Una de sus orquillas actuaba de separador entre aquellas páginas y el azar premeditado, (quise pensar) me insinuaba a que leyera aquellos versos de Rafael Guillén, cuando aún su aroma invisible impregnaba aquellas páginas sedosas.



Lindo con tu silencio en la hora fría
en que todo está dicho. Palpo ciego
tu encontrado silencio. Parto y llego
de silencio a silencio, día a día.
Cierto estoy de que cierto no podría
entrar en tus murallas. Cierto niego
que haya más fuerza en mí que la que entrego
a tu silencio, duda en ti, ya mía.
Con él limito. Sé que es la frontera
de no sé qué. -Tú muda primavera
torna en dudosos vientos mis certezas-.
Y en torno sigue tu silencio, y sigo
pensando en ti y sin ti, pero contigo,
si es que mueres en él o en él empiezas.

Rafael Guillen

            Su silla estaba vacía, tanto o igual que el alma cuando se detiene en un suspiro. Aquella mesa estaba presta a ser ocupada por un grupo de estudiantes que parecía leer mis pensamientos y percatarse de mis dudas. Quise correr a buscarla, pero el impulso esta vez me había atado los cordones a los zapatos. Ya no estaba. Pude distinguir su silueta a través de los cristales que separaban el mundo del oasis de su cuerpo y supe que nada había sido fruto de la imaginación. Unos segundos… ¡Quizás tres! y su cabeza volvió a buscarme con la mirada. Nada había echado de menos ¿o quizás sí? y eso fuera mi sonrisa. Así que le devolví el gesto sin pensarlo, y me quedé con su libro. Ella me sonrió hasta donde ya no puede advertirla jamás. Volví a mi mesa y me senté de nuevo. Solo unos instantes. El tiempo justo en el que deposité un pensamiento escrito sobre el blanco de una servilleta. Y allí lo dejé, furtivo e imprevisible, como fueron sus ojos  penetrantes en el presente de aquella mañana, amantes de por vida. Allí lo dejé, donde solo pueden quedarse las miradas que nacieron, solo para ser parte y paz, del mayor de los olvidos...  


Llegaste como te fuiste
y mi paz fue tu mirada,
pues aunque nada me dijiste
con tu silencio me diste… ¡alma!
Y por si algo me faltara
con igual silencio me ofreciste,
otros besos y otras aguas.
¿Volveré a verte…? ¡Seguro!
¡A buen recaudo mi futuro!
para seguir pensando en mañana.





José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 24 de febrero de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)


Solo hay un único motivo para hacer reír  a un niño.
¡No haber dejado nunca de serlo!
Solo existe un único motivo para hacerlo llorar.
¡No haberlo sido nunca...!

José M. Rodríguez Viedma

Lamento triste



He visto tu lágrima rota,
ante el látigo en tu cara impreso
y he maldecido la hora,
de quien a cambio de darte un beso
encontró la fusta traidora
con la que poner al maltrato su precio.

He visto tus ojillos chicos
y el cardenal de tu cuerpo
y mal pagar tus risas en gritos,
para ahuyentar al silencio.

He visto la rabia del lobo,
maltratar la infancia de nuevo
y bostezar su garganta en el pozo,
para dar de beber a los cuervos.

Y ahora… ¡cómo te digo!
que este mundo es reflejo del alma.
Que los hombres se hacen viejos,
contando cuentos en las ventanas.

¡Cómo te hablo de amores!
De primaveras, de rosas tempranas
 de que el abrazo y las ilusiones
pequeña mía… ¡no cuestan nada!

Después de ver tú sangre deshecha,
carecer de sueños a tu almohada.
Mientras se incrusta en tu alma la flecha,
en forma triste de bofetada.

¡Cómo te digo mi niña!
Que las sonrisas jamás inventadas,
duermen como todas las niñas
entre sirenas de una mar en calma.

Después de sentir tus manos tiernas,
después de saber que ya no hablas
y de tener  truncadas las piernas,
que te regalaron a tientas dos hadas.

¿Quién puso en tu camino la mano?
¿Quién la cobardía en tu lágrima?
¿Quién puede llamarse humano
y no estremecerse en tu rabia?

¡Cómo te digo mi niña!
Que no tengas miedo ¡ya a nada!
Que he puesto un jardín a tu herida
y un parche rosa a tu alma.
xxxxxxxxx
Como te digo… ¡qué ames!
si te preguntas ¿a ti quien te ama?
Si hasta por una caricia, se relamen,
los perros viejos de tu plaza.
xxxxxxxxx
¡Cómo te digo que sueñes!
tapadita entre sábanas blancas.
Si no puedo olvidar que tienes
cien pesadillas malvadas,
clavadas cincuenta a tus sienes
y en tu costado otras tantas.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
Que un tropel de angelitos te guarda.
Si existe gloria divina
allí a cambio de espinas,
te pondrán aureola de nácar.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
que ya tiene la luna blanca,
por escolta cien estrellitas,
para jugar en tus pestañas.

Duérmete mi niña ¡tranquila!
que para quererte solo hace falta,
dibujarte de bailarina
y en el escenario de tu mirada,
besarte de noche y día
tus cicatrices templadas.

Ya se acabó tu tormento
el látigo, la fuerza y la rabia.
Para ti sopita de besos,
para irte a dormir a tu cama.

Ya se acabó tu lamento.
¿Si quieres hacemos un trato?
Mientras la luna te trenza  el cabello,
yo juego con tu muñeca de trapo.

Ya se ha terminado el tiempo
donde llovían los malos ratos.
Voy a contarte un cuento,
donde no existe el sufrimiento
y vengan a ti, besos y abrazos.

Dejaremos que pase la vida.
¡Caramelos serán tus zapatos!
hasta que este pozo de cobardía
que partió tu infancia en pedazos,
deje a la luz, tus heridas
y Dios te haga, princesa algún día,
a cambio de aquellos maltratos.


José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 27 de enero de 2012

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)



Serenidad

Empequeñeces en la distancia
y sin embargo siempre a las buenas,
tantas veces premiaste mi espalda
atrapado en las veredas,
de la senda hasta mi casa.

Desde tu sombra negra de escarcha,
hasta la blonda de tus caderas…
¡Tanto fruto sobre la rama!
¡Tanta savia a correr en tus venas!

Y en tu sombra de estío verde,
¡Tanto verde como quisieras!
Quise poner, mi beso en tu frente
sin apenas llegar a tus piernas.

Puse mi beso amarrado al tronco.
De aquel beso, ¡si tú supieras!
cuantas veces bebí del pozo,
desde otoño a primavera.

Para poder gozar de tu sombra.
Colgué a la rama mí beso,
le colgué la falda y la ropa,
mientras mi piel desde el suelo
mordía la raíz y el deseo,
de hacerse piña en su boca.

Que mejor caballero noble
que hasta tu boca callara.
¡Antes de gritar nuestros nombres!
preferiste la muerte temprana.

El silencio gritaba a voces
que en tu corteza de fragua,
hice tatuar nuestros nombres
con una fina guadaña.

Te hice daño en la cintura,
te hice daño al subir a la rama.
te hice daño al ocultar la luna,
y te hice daño con mi calma.

Y tú, con tus brazos torcidos
de noble madera tronchada,
quisiste hacer con los míos
una escalera de nácar.

Fuiste mi primera sombra,
fuiste mi primera casa.
Me viste quitarle la ropa.
Me viste acariciar su espalda.

Viste el beso en su boca
y viste su abrazo en mi alma.
Viste la estrella prohibida,
navegar a sus anchas.
Con las velas a la deriva,
hasta morir en su playa.

Y después de aquel amor que fue vida,
aquí me tienes de nuevo a tus plantas.
Aunque el tiempo los amores olvida,
los recuerdos perduran, ¡te llaman!

Aquí me tienes mi viejo amigo,
veterano árbol de las mañanas
que entre las dehesas de trigo,
sacas a volar tus cien ramas.

He vuelto para posar en tu tronco,
todos los huesos de mi espalda
y a beber del agua del pozo,
que nunca quise dejar en calma.

Déjame soñar, de nuevo a tu sombra.
Mientras espero al amor, si me llama.
Para cobrarse los besos, ¡por dos!
que solo a los ojos de Dios,
nos dimos bajo tus ramas…


José Manuel Rodríguez Viedma

viernes, 9 de diciembre de 2011

Poemas dormidos para almas despiertas. (Extracto.)




¡Miente!

Cuando veas que en mi delirio,
pongo mi beso en tu frente.
a pesar de mi escalofrío,
donde veas el mar, dí que es río.
¡Miente!

Aunque veas luz en tu camino
y al cobarde morir valiente.
Donde ya no se pueblen de trigo,
aquellos senderos prohibidos.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
por amor, solo diferente
 y el recuerdo, ¡querer olvidar!
que fuiste estrella en la mar
ante otros ojos y otras gentes…

Cuando sientas el beso en tu cara
si acaso, morir lentamente
y que el mundo que nace, se acaba,
donde veas luz, dibuja alborada.
¡Miente!

Aunque sientas correr una lágrima
entre tu pecho paciente,
y en la tormenta, la calma
alborotar la sal de tu cama.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
y por amor, aguardiente
 y el recuerdo, ¡querer olvidar!
que fuiste la tempestad
amarrada al corazón y al vientre…

Cuando sientas las risas tempranas
y tarde se ría la gente.
Ante el balcón de tus pestañas,
haz florecer tus mañanas.
¡Miente!

Aunque la soledad te dibuje desnuda,
tu cuerpo hermoso y reciente.
Clama que fuiste la luna,
entre hermosas canciones de cuna.
¡Miente!

Mentir es otra forma de amar
por amor, de repente
 y el recuerdo, ¡hacer realidad!
la vez que hallaste verdad
ante otros ojos diferentes…

Cuando sientas el dolor traspasado,
de este veneno elocuente.
Niégate a beber del pasado
y emborracha tus pecados.
¡Miente!

Aunque sientas derrotado,
tu futuro y tu presente.
Borra de todo lo inventado,
 lo jamás imaginado.
¡Miente!

Mentir es otra forma de callar,
tus labios rojos cuando mienten
 y el recuerdo, ¡saber alejar!
las dudas que fueron capaz,
de herir tu alma de muerte…

Cuando multipliques por mil
las veces que tu alma siente.
Dibuja siempre de Abril,
tu marzo roto de añil.
¡Miente!

Aunque sientas ya todo perdido
¡Ya solo queda el relente!
Verás de la rama de olivo
crecer otra vez el olvido
¡Miente!

 Mentir es otra forma de amar
¡Dime que tienes los ojos verdes!
Pues al mentirme seré capaz
de echarme de nuevo a soñar
y pensar que me amaste dos veces…


José Manuel Rodríguez Viedma.

viernes, 11 de noviembre de 2011

No siempre es lo que parece.

        



En la otra estación de los sueños




            Arrastrando los pies como tantas y tantas veces. Dando un giro en la memoria de los tiempos antes de que estos malgasten la luz de su presencia y se difuminen para siempre. Así hemos llegado a la estación de la media noche entre el suspiro y la nostalgia. Despidiendo con las manos del alma al tren de las conciencias, con la cabeza gacha y el corazón dormido, en el complejo anden de los recuerdos.

            A la derecha, Penélope estaba sentada en aquel banco deshojando las flores secas de la penúltima página del libro de sus romances, mientras el vaivén de la brisa tocaba con la seda de sus inapreciables dedos, la plata de su pelo sujetado por el broche de nácar de una alondra. El tiempo deambulaba en el cronómetro imparable de su piel y la espera la había condenado de por vida, a la soledad del amor, amado en silencio y gritado con la voz callada de sus labios rojos, eternos y cerrados… apenas sin respirar.

           A la izquierda, un poeta acariciaba el verso inmaculado de la frente de los dioses y amarraba con fiereza la pluma, para desvirgarlo sobre la inmaculada hoja en blanco, donde se han de escribir los renglones torcidos. La boca medio entornada y la mirada perdida entre las sendas de lo incorregible. El poeta soñaba despierto, y el verso poblado de sílabas, manchaba de negra tinta la vena de su silueta. Recién escrito y presto a ser  pronunciado por otras bocas quizás entre abiertas como la de él, o melancólicas y hermosas, (rojas y dispuestas a ser besadas) como las de Penélope.

            La estación emitía el hermoso sonido de la soledad. No había nadie más a quien preguntar. Nadie más de norte a sur, de este a oeste. Solo el viento saltando las vías metálicas y el sonido del reloj marcando el tiempo y las horas. Infatigables horas condenadas a dar vueltas a una circunferencia cercada por doce números privilegiados, capaces de hacer de la puntualidad otra forma de vida. Una neblina tapaba el horizonte casi de puntillas, y jugaba con las medidas y las distancias. Se comía de un bocado la ciudad, para devolvérnosla en unos segundos, con las mismas luces y sombras. Dibujaba siluetas de arriba a bajo y enmarañaba sonidos de risas y besos de otros dos enamorados bajo el mástil frío de una nueva farola. (Ya éramos cinco.) 

            Transcurrió el tiempo como si nada, quizás porque de la nada solo se amamanta el tiempo con su otra boca, y sobre la escasa neblina, a lo lejos, la figura de aquel tren se acercó hasta pisar con sus zapatos redondos el andén y mi billete. Ya no escuchaba el reloj, a pesar de que en mi subconsciente, sus insaciables manecillas igualadas sobre el número diez, me gritaba despavorido que ya eran las en punto. Diez pequeñas campanadas que me acercaban al cristal de mi asiento nuevamente en soledad. Diez pequeñas campanadas que me otorgaron el tiempo justo para limpiar con la manga de mi abrigo oscuro, la otra neblina que no me permitía observar con claridad el paisaje del que antes yo, formaba parte como alma que aguarda, confundido entre siluetas de espera. Diez pequeñas campanadas para sentarme y volver a pensar. Diez momentos justos para regalar otra nueva mirada al horizonte y dejarla perdida. Me sobró el tiempo para soñar y la imaginación para diluirme en ella y volver a encontrarme a mi mismo.

            Cuando quise darme cuenta, me marchaba. Lentamente. Como si el maquinista quisiera que me percatase por última vez de aquel momento, como si este fuera el último y las oportunidades comenzaran a desvanecerse como hojas de otoño tras de mis pasos. Tratando de hacerme recordar si había olvidado algo en la maleta. ¡Aún había tiempo para bajar de aquel vagón y detener mis pasos, que no el tiempo! Aún podía meter todos y cada uno de los besos que se habían quedado amarrados a las sábanas de nuestra cama. Aún había tiempo de poder volver a tu encuentro y alborotar nuevamente las sábanas del deseo. Abrazarte otras cien veces y otras cien, dejar que tu abrazo recorriera mi espalda hasta encadenarme de por vida a tu piel y a tu aroma. Aún debía estar encendida la vela del sueño entre tus ojos y yo podía apagarla otra vez, para poner otra noche imaginada en el quicio de tu puerta. Aún había tiempo de borrar el adiós de mis ojos, cerrando los tuyos con un beso. Nos quedaban miles de frases que decirnos sin poner en ellas más puntos finales, que aquellos capaces de nacer con vida propia, entre suspiro y suspiro. No tenía en la maleta tu risa, y aún era capaz de poder regresar para atraparla, para hacerla mía. Había dejado la mitad de mi equipaje en el armario de tu alma y solo era capaz de viajar con la única muda de tu piel en mi recuerdo. Aún había tiempo de susurrarte al oído, hasta hacerme sentir el ser más privilegiado cuando la aurora posa sobre tus párpados la luz de un nuevo día. Había tiempo (lo sé) de robarte la última lágrima y posarla sobre mis dedos. Había tiempo de tragarme tu sal, hasta saciar la sed de tu llanto, y poner barreras de acero al adiós, y de trigo al hasta pronto, si no fuera mentira…

            Cerré lo ojos para no pensar. Ya no hay retorno. Las puertas del tren se habían sellado para siempre y el maquinista, acariciándose el cabello, puso la distancia infinita entre tu puerta y mi puerta. Pasaban las diez y ya no se escuchaba el reloj. Las puertas del tren me habían atrapado, diluido las sombras y posado en aquel andén, mágico de mis sueños, mi último “te quiero.”


*** *** ***

(En un lapsus)

            Eran otras diez a mi regreso. Otro reloj y otro tiempo. Aquella estación vibraba con los sonidos desacompasados de la gente, que de arriba abajo, caminaba entre los andenes poblados de trenes con direcciones inapreciables. Ninguna campana acompañaba el minutero ni el tiempo en mi muñeca, y ninguna voz a lo lejos requería mi presencia. Ninguna niebla ocultaba mi rostro. Ya había llegado. Despertado del sueño volvía a la vida. Busqué aquella farola en la que se amaron aquellos jóvenes, pero en ella solo encontré la ironía de un beso fugaz que se había marchado con la adolescencia. Y entonces, supe que fui yo quien te besaba, y tu quien sonreías… Busqué los versos de aquel poeta escritos sobre la improvisada textura del pensamiento, y quise leerlos en sus labios antes de que emprendieran el vuelo a lo desconocido. Pero solo el silencio me regaló su armonía y entonces entendí, justo en aquel instante, que era yo quien me inspiraba mientras nos bebíamos el amor, de cuclillas, cada madrugada para no despertar a Morfeo de sus sueños eternos.

            Eran otras Díez en mis sueños. ¡Ningún tren!  Había puesto partida ni rumbo lejos de las caricias del alma. Tenía en los bolsillos del pijama guardados hasta el último de tus besos, y la sal de tu lágrima, jamás fue salina en la comisura de tus labios…

            Que ironía… ¡todo era un sueño! No había más niebla que la de mis ojos cerrados, ni más alboroto que el de mis sábanas que seguían alborotadas. Ningún billete se había picado con el diente mellado de la partida, y ninguna estación puesto a secar al sol reloj alguno, ni tiempo voraz en sus fachadas. Ningún horizonte imaginado había dibujado con la acuarela del pensamiento, otro lugar distinto del que ambos estábamos, ni a la cama puesto raíles de acero. No hizo falta pellizco para volver a la realidad, ni nostalgia alguna que me mordiera la piel ante mi regreso. Solo me bastó abrir los ojos. (¿Serían las en punto?) Tú estabas junto a mí. Aparté el pelo de tus hombros y dejé depositado allí, el más hermoso de mis besos.

- ¿Te marchas?
Me dijiste;
-  Acabo de llegar.
Susurré.
-  ¿De donde?
Y ¡Sonreíste!
- De decirle a Penélope que espere.

             Nunca es tarde para esperar el último tren de la vida.
 (Ahora eras tú, la que volvías a estar dormida…)



Nota del autor;

“No hay mejor tren que el de los sueños, aunque a veces la quimera, te lleve al último vagón del pensamiento.”



José Manuel Rodríguez Viedma

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

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