martes, 12 de marzo de 2013

Pregón de Semana Santa de Alfacar



PREGÓN DE SEMANA SANTA
ALFACAR 2.013


El próximo domingo día 17 de Marzo, a petición de mi admirado y gran amigo David Rodríguez Jiménez-Muriel y con el beneplácito de la Muy Antigua Hermandad de la Santa Vera cruz, Nuestro Padre Jesús Nazareno,  Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, tendré el inmenso honor de pregonar la Semana Santa de la hermosa tierra de Alfacar.
Desde estas líneas, quisiera agradecer con humildad tal ofrecimiento y os invito a todos los que queráis asistir a participar con vuestra presencia. Muchas gracias.
José Manuel Rodríguez Viedma

miércoles, 27 de febrero de 2013

Pregón Oficial de la Imperial y Venerable Hermandad Sacramental, del Apóstol San Matías e Ilustre y Fervorosa Cofradía, de Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas


Quiero mostrar desde estas líneas y en este Blog, mi más sincero agradecimiento a la Junta de Gobierno, y a todos los hermanos cofrades de la Imperial y Venerable Hermandad Sacramental, del Apóstol San Matías e Ilustre y Fervorosa Cofradía, de Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas.
 
Por el honor, que para este poeta, supone haber sido elegido, por todos vosotros, para Pregonar a vuestra Hermandad, la tarde noche del Sábado de Pasión. Muchas gracias a todos.
 
José Manuel Rodríguez Viedma




Rodríguez Viedma pregonará a Paciencia y Penas, cuyo titular será trasladado al colegio San Bartolomé y Santiago
 
 
... La hermandad también ha dado a conocer que “el Cabildo de Hermanos aprobó el nombramiento como pregonero de Paciencia y Penas en el 2013, del cofrade granadino José Manuel Rodríguez Viedma, querido cofrade de nuestra ciudad, ilustre y recordado pregonero oficial de la Semana Santa de Granada y generoso gestor de la misma”.
 
El pregón se ha fijado, como es habitual, para el Sábado de Pasión, día 23 de marzo, en el Salón de Actos del Real Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago.
 
 

NOTICIA EXTRAIDA DE LA PÁGINA WEB DE LA CADENA SER / RADIO GRANADA / PROGRAMA SER COFRADE

jueves, 31 de enero de 2013

Club de lectura "Laurel de la Reina"

 


 


 
 
 
CLUB DE LECTURA
"LAUREL DE LA REINA"



El próximo día 18 de Febrero, en la hermosa casa Rural El Laurel de la Reina, (de atractivo incomparable) Se reúne como es habitual, el Club de lectura “Laurel de la Reina” de la Zubia. En esta ocasión, se comentará mi último trabajo, “72 horas buscando amor” Allí estaremos personalmente, encantado de poder conversar juntos, las impresiones que han podido dejar mis páginas escritas en negro sobre blanco. Los secretos, que los hay, los momentos que dieron lugar algunos de sus capítulos… Ante todo, mi más sincero agradecimiento a todos los que componéis el citado Club y que habéis apostado en esta ocasión por mi obra.
Será todo un placer acercaros a todos los que acudáis, lo que pueden esconder sus páginas desde el punto de vista del autor, así como departir su contenido, junto al marco incomparable de este lugar de ensueño que recomiendo en algún momento visitéis.

Un abrazo.



José Manuel Rodríguez Viedma.

Tiempo muerto.


 TIEMPO MUERTO
 
 
 
 
Me siento en la silla y espero. Cierro los ojos, me hago el dormido y vuelvo a mirar el reloj. Solo treinta segundos desde la última vez que lo observo. Está quieto, juega  conmigo, se divierte pensando quién es más rápido a la hora de mordisquearse los nudillos. Mis propios pensamientos me acechan con sigilo, no es tarde y sin embargo, la desesperación me eriza la piel de la espalda y me acaricia una vez más, con el tierno beso del escalofrío. Continúan siendo las diez y veinte, ¡no! y veintiuno… Esta vez le he ganado la partida al reloj. He girado la mirada hacia la pantalla luminiscente del digitalizador, justo en el mismo instante que el cero se desvanecía y aparecía el uno. Como si se hubiese asustado, se ha dado de bruces contra la nada del tiempo. Lo he comparado con el reloj de mi muñeca, y he advertido que ambos se han puesto de acuerdo en marcar la misma hora, y no cejados en el empeño de parar el tiempo al unísono. Los dos marcan lo mismo, uno de ellos quizás a decidido poner alas de fuego a su minutero, y parece haberse comido de un bocado algunos segundos respecto al otro, pero no es suficiente. El tiempo transcurre igual de lento, lo mismo de sigiloso que el lobo cuando se acerca a su presa para devorarla sin piedad.

Estoy sentado justo en frente de mi reloj. Se que me observa, me mira lo mismo que yo lo hago, casi con desidia. Aunque se que él carece de todas las virtudes o paralelismos que lo asemejen a mi, hace que se agudicen con otros tientos mis sentidos. Quizás sea su irradiación, o su sonido inapreciable, el cual, a veces me deja en jaque mate atraído junto a su tablero de luz. He decidido no mirarte más. Voy a jugar contigo a contar los segundos con los ojos cerrados y cuando crea haber devorado de tu hora un minuto, los abriré todo lo más rápido que pueda. Yo correré más que tú, estoy seguro.

Lo hago, cierro los ojos, y comienzo a contar guardando un suspiro cada vez más pequeño entre número y número. He contado hasta quince y he querido apresurarme para ver quién de los dos, danzaba más veloz entre las olas del silencio. A lo lejos escucho una sirena, pero no me detengo, continúo con mi cuenta y mis suspiros. Se acerca su sonido cada vez más y su melodía atronadora, parece acomodarse entre mi cuenta particular del tiempo. La escucho cada vez más cerca… he intentado poner los pies en el suelo para dejarme llevar hasta las cortinas y fisgonear entre sus bastidores, pero me ha sido imposible. He sido fuerte en mi convicción, mi mente no está dispuesta a perder la batalla, nada me hará alejarme de mi propósito. Cuando abra de nuevo mis ojos, solo seremos tú y yo, y compararemos tu magia y la mía. Confrontaremos nuestros números y decidiremos quién de los dos ha ganado esta partida. Ambos jugamos con la misma ventaja. Tu mecánica infraestructura no está hecha a prueba de golpes, ¡lo sabes! ni el tic-tac, de mi corazón aguantará ya otro despropósito, otra quimera, otra punzada. Eso también ambos lo sabemos. Para ti, el tiempo tampoco pasa en balde, y algún día, vendrá a cobrarse los deterioros que mantienen tu envoltorio de plástico. Tampoco yo, tengo todo el tiempo del mundo, ni mis averías gozan de garantía perpetua. Ahora irradias una luz contagiosa, tanto como yo, ¡lo sé! a pesar de tener los ojos cerrados a cal y canto.

Ya apenas escucho la sirena. Sigo contando con la misma fuerza para no perder el compás, a pesar, de que sean cada vez más los pensamientos que asaltan mi mente. Solo hay algo capaz de alejarme de la certeza de saber que continuas observándome. Voy a presentir los ojos de ella, y sus labios, y me someteré a mi cuenta como nunca. Me parecerá en cada segundo escuchar su beso en mi mejilla, y aunque se trate con certeza de un espejismo, nada me alejará de este desierto de números y suspiros.

Según mis cuentas ya han pasado tres minutos. Algunos relámpagos me incitan a abrir los ojos. Tenerlos cerrados y no dormir, es extraño, pero aún más excepcional me parece tenerlos cerrados y no soñar aprovechando la fastuosa oscuridad que encierran mis párpados. ¡No me detendrá nada! Se que tu continuas ahí fuera, contando con mayor eficacia que yo, cada segundo. - Juegas con ventaja, pequeño insolente. - Me repito una y mil veces. Eres incapaz de contar y pensar a la misma vez, como yo lo hago. Solo eres capaz de marcar el tiempo, para los demás. Nadie te espera. Eres la rúbrica de la cita, el pacto sellado, el título y la promesa del mañana. Las aspiraciones del que espera un nuevo día. La receta y la pastilla, la campana, el sonido… pero no la melancolía. Eres la herramienta perfecta para el que espera, y el tropiezo del que llega tarde. La meticulosidad del tiempo para el que ha de pagar y la insolencia del que hace esperar a quién espera. Tienes la potestad de multiplicarte por mil, de hacer caminar a todo el mundo, mientras tú, permaneces sentado en tu caja de luz, riéndote a carcajadas observándonos a todos correr. Eres incapaz de contar y sentir, como lo hago yo, aun a riesgo de saltarme un segundo en mi memoria, incapaz de morder, incapaz de amar, incapaz… simplemente incapaz.

Suena el teléfono. (Se acabó el juego) Aun así, he tenido el tiempo justo de regalarte mi grisácea mirada. ¡Has ganado amigo mío!  No he llegado a estar más de cuatro minutos y dieciséis segundos con los ojos cerrados y sin embargo, tú me deleitas con tu perfecta precisión, y arañas mi conciencia mostrándome que han transcurrido siete segundos menos desde que nos vimos por última vez. ¿Sonríes? ¿Acaso piensas que se había olvidado de mí…?

Si. Soy yo.
¡Claro que te he echado de menos!
¿A la misma hora? ¡Por supuesto que si!
¡Allí estaré!

… Vayámonos mi viejo amigo. Otra vez nos toca jugar. ¿Vuelves a sonreír? Recuerda siempre, que a pesar de tu exactitud, soy yo quien marco mi hora y mi tiempo, y tú, mi viejo reloj, solo el instrumento que muestra la hora irreal de los cuentos. ¿Te lo demuestro? Solo me basta girar atrás las minúsculas manecillas que posees bajo la esfera. Ahora marchémonos, ni en tu cuenta ni en la mía, existe motivo alguno para dejar esperar a los sueños. Cuando se hace esperar al amor, matamos el tiempo, y no hay reloj capaz de justificar, los besos que se pudieron dar, en siete segundos de más, ni en cinco minutos de menos…
José Manuel Rodríguez Viedma.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Feliz Navidad


martes, 20 de noviembre de 2012

La penúltima sonrisa.


 
 
 
LA PENÚLTIMA SONRISA
 
 
 
 
Estaba sentado en la silla lo mismo que una estatua de plastilina horneada con los dedos a toda prisa. Era imperfecta en sus trazos, y la silueta de sus contornos se dejaba ver entre una sombra tenaz que arañaba las cortinas colgadas a sus espaldas. Estaba sentado con la cabeza gacha, ligeramente inclinada. Sus pensamientos colgaban de un hilo entre el llanto y el olvido, entre la calma y la tempestad de un océano inalcanzable. Acababa de colocarse la nariz sobre su propia nariz y el sombrero en la cabeza. Quise acercarme a él, lanzarle el último aliento y recordarle que en su magia, descansaban todas las batallas que le tenían maltrecho el corazón y el alma. Quise decirle que las había ganado todas, que su amor las había derrotado sin contemplaciones y todo era justo a su alrededor, quise decirle todo y fui incapaz de decirle nada. El telón se abrió en un segundo y un chasquido de aplausos producidos por cientos de manos pequeñas rompió el silencio del teatro. Las cortinas se abrieron como los mares de Moisés, la oscuridad dio paso a una luna redonda que se posó en su figura y la luz recorrió su rostro de norte a sur dibujando ahora su silueta multicolor en las tablas del escenario.

Cuando abría la boca, una pálida voz se dejaba escapar por sus cuerdas vocales, yo no lo sentía, apenas sabía lo que decía,  pero aquellos niños reían con sus gestos torpes y desmedidos, con sus zancadas burlonas y tropiezos de sus pies gigantes. Sabía que estaba llorando, no solo por el cauce que dejaban la rivera de sus lágrimas sobre su rostro blanco inmaculado de un maquillaje inverosímil. Lo advertía en cada mirada que desprendían aquellas dos pupilas perdidas en el rostro del júbilo y la risa. Estaba destrozado y sin embargo, nadie era capaz de insinuar, de advertir, de sospechar lo contrario. Sabía que él esperaba que la multitud de aplausos se hicieran presentes para aprovechar y lanzar un nuevo suspiro al aire, sin que sentimiento alguno, rondara como una triste canción de cuna por las butacas de aquellos niños. Sería imperdonable verlos tristes un solo momento y mucho más odioso he impensable, que él fuera el causante de sus desdichas. No estaba dispuesto a ello, aunque el lobo de la muerte rondara por las esquinas de su vida, y estuviera presto a marcarle el tiempo con un solo bocado, no estaba dispuesto a alejarse ni un solo momento de aquella multitud de miradas que lo seguían por aquel escenario entre el chirriar de maderas y margaritas socarronas. Había pasado toda la vida rodeado de ellos y así quería que terminaran sus pasos. No quería escoger entre otra muerte más dulce que la de la sonrisa, ni último aliento que el de sus besos.

Casi dos horas después, las cortinas se cerraron por última vez. Las aguas se volvieron a unir tragándose de un sorbo la figura de aquel payaso, al que el tiempo había parado su reloj de arena en la muñeca. Permanecía quieto en su silla. El foco aún fijaba su resplandor sobre su cara y entonces descubrí, que una última lágrima, quizás la más pequeña, aún dudaba entre caer al suelo o quedarse a vivir, el tiempo que fuera necesario en su desgastada mejilla. Fuera, los niños, se apresuraban a salir ordenadamente con sus mofletes redondos. El silencio comenzaba a hacerse patente en ambos lados y en tan solo unos minutos, se hizo el único dueño entre las moquetas rojas del suelo, las cortinas cerradas del escenario y el corazón encendido de aquel payaso de cabeza cabizbaja, a quién una lágrima, continuaba marcándole el trayecto entre caer y desaparecer o difuminarse de la misma forma que lo hacen los suspiros.

Fue entonces cuando pude acercarme a él. Estábamos solos, aunque a ambos nos hubiese dado igual lo contrario. En ese momento, solo mis ojos tenían tiempo para estar junto a los suyos y poder advertir como en el interior de sus pupilas, aún quedaban retenidas las sonrisas de los niños. Puede que los milagros existan. ¡Estaban todas allí! Pude ver a muchos de ellos con sus ojitos cerrados y sus bocas abiertas de par en par mostrando sus risas y carcajadas. Veía sus rostros llenos de felicidad, la placidez de sus corazones, la serenidad de sus pequeñas almas… ¡lo vi todo! Sentí que un mundo diferente cabalgaba dentro de los ojos de aquel payaso que continuaba mirándome fijamente. Me cogió de las manos y apretó mis dedos con fuerza sin apartar la mirada de la mía, y yo… continuaba viendo colores en el interior de la suya. Me percataba de los sonidos y de los aplausos, de la quietud de algunos niños y del nerviosismo de otros. He de reconocer, que si en algún momento de mi vida, hubiese buscado a Dios, lo hubiese descubierto sin ninguna duda, tras de aquellos ojos, sentado en alguna butaca, rodeado de aquellos niños de todas las razas y colores que aplaudían con sus pequeñas manos improvisadas para la ocasión. Allí debía de estar el cielo y la gloria, y aquel payaso lo supo desde el primer momento que hizo reír a un niño alguna tarde de abril.

Cuando me soltó la mano, el tiempo se detuvo y las sonrisas desaparecieron como lo hacen los horizontes al alba, despacio, sin prisas, en silencio. Lo mismo que la hoja de otoño al caer al suelo, sensible, sutil, templada. Así lo hizo también su lágrima, antes de llegar a su boca.

Cuando se apagaron los focos, ambos salimos juntos y dejamos cerradas las puertas tras de nosotros. En el escenario, solo quedó la silla vacía. Solo hubo tiempo para una pregunta y una respuesta. La noche nos estaba esperando a los dos, sin que ninguna otra máscara ocultara nuestros rostros. La embriaguez se comería nuestras almas de un bocado a la par que nosotros lo haríamos con las estrellas. La luna sería la única testigo de nuestros requiebros, y las alondras de la madrugada, las encargadas de poner nuevos versos a las historias interminables que se cuenta a voces…

- ¿Tienes miedo? - Le dije después de llevar más de cuatro copas y su nariz de payaso sobre mi nariz.
- Solo tendré miedo, si cuando llegue…, soy incapaz de hacerle reír a Dios.
Me respondió mientras una vez más clavaba sus ojos negros sobre los míos.

Después de haber pasado algunos años. Cuando siento que la noche comienza a cerrarse. Puedo distinguir como comienza a llenarse el cielo de estrellas. A mí, me siguen pareciendo toda una legión de niños de todas las razas y colores que corren a sentarse en el anfiteatro de la gloria. De repente, una luna gigante, enciende su foco en la distancia y lo ilumina. Las nubes se abren de par en par y… cuando cierro los ojos, siento una tremenda carcajada al compás de otras cientos de niños y niñas con sus mofletes redondos y rosados. No tengo ninguna duda. Cuando Dios se ríe, es imposible no hacerlo con Él.


José Manuel Rodríguez Viedma

Amarga despedida


Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

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