martes, 27 de agosto de 2013

Recital de Poesía. Águilas (Murcia)




LA POESÍA EN LA CALLE
Y EL POETA EN EL MAR
 

... unos días después de que Mara Torres, Brenda Soler y Magda Robles llevaran los cánticos sobres sus bocas… Unas noches después de que pisaran las arenas calidas y dormidas… Un infinito después de que sus poemas deambularan sobre las calles, y las musas del verano se tendieran en la orilla de los sueños…

Primero llegó la luna. Redonda. Se situó justo encima del Auditorio  “Infanta Doña Elena” con mucho disimulo, respetando a los allí presentes, sin alzar la voz. Tan solo la  luminosidad de su esfera inmaculada, un tanto introvertida, hizo robar las miradas de los que deambulaban de arriba abajo. Ella lo sabía desde el primer momento, y cuando sintió las primeras voces bajo los acordes de los versos y de las olas, de puntillas, disimuladamente, tomo asiento cerca de las estrellas para no volverse a levantar. Abajo, las olas intentaban acercarse un poco más al mismo auditorio. En cada segundo, primero adentrando sus dedos revoltosos entre la cresta de sus aguas. Luego, arrastrando su sal entre la fina arena de la playa de las  Delicias, cuando alcanzó su propósito, el agua, la arena y la sal, se ocultaron bajo el manto taciturno de la noche, que a las diez, andaba cansada de contar sus astros una vez más, sobre la marea desordenada del cielo.

Para entonces, Pedro Vera ya había abierto la boca. Era la hora de los poetas. El momento en el que los versos debían salir a la calle y encaramarse como veletas de sueños sobre las hojas de las palmeras. La voz de Mariam despertaba a las sirenas de tal manera, que ninguno de aquellos pescadores que lanzaban sus redes a la mar, se percataron de que las tenían junto a ellos, con sus bocas abiertas y sus bellezas desnudas. Andrés acariciaba la guitarra y a Mariam se le erizaba la piel con sus caricias. Ella era parte del roble, y su pelo negro moldeado al viento, fibra de aquellas seis cuerdas que danzaban temblorosas al tacto sencillo de sus manos.

María José Castejón Trigo, llevo el amanecer de Zaragoza, pero aún era temprano para dibujar en la noche de Águilas una nueva alborada. Julián Borao, deshilachó poemas tristes y la melancolía se detuvo inerte en el verso del amor eterno entre las olas. (Todas despertaron al eco de su voz.) Ivonne Sánchez Varea, acaricio la nueva acuarela de su libro y volvió a dibujar un trazo infranqueable entre la voz y el agua. Todo fue mágico, lo mismo que Granada a la que dejó disfraza entre colores disolventes. Joaquín Piqueras dejó a Cartagena descalza en la orilla. No te vallas nunca… le dijo, pero el tenía un nuevo verso que dejar en la playa de los sentidos. Andrés Carrillo hizo suyas sus iras y las musas se taparon los ojos, ruborizadas. El Cabo de Palos quedaba  demasiado lejos para pensar en su arrepentimiento inexistente. (Y enfado a Dios.) Desde Cehejin se desplazó Asunción García. Vino ella, el poema, la guitarra y la voz. Abrió la boca y se deshizo el verso, ella tenía el amor desbocado entre la música y tembló en cada mirada que Andrés y Mariam se lanzaban entre las sombras y las luces. Tomás Soler fue el Acróbata del verso profundo, corto y sosegado. Conocía las aguas y metió los pies en sus orillas. Ató una cuerda entre dos estrellas y deslizó su voz hasta llegar de un extremo al otro, sin más red que la del viento. El puso el fin de las delicias. Nieves Rodríguez Artero, de Águilas, como Tomás, jugó con las palabras y estrenó sentidos nuevos en cada pálpito. Suspiró profundamente y detuvo el silencio con su prosa en espacios infinitos. Javier Irigaray, desde Antas, buscó una sonrisa y la encontró debajo de las caracolas de sus poemas. Consumió el tiempo de los versos, llenó la copa de mar y la depositó junto a la arena de sus bolsillos. Antonia Soler desde Calasparra buscó la perfección de sus poemas y la encontró… quizás como ella sabe, supo dejar la mente dormida.

Fue una noche de poesía en la Calle, y de poemas arrastrando los pies sobre la arena de la playa. Un grupo de Poetas con algo que decir y que soltar al viento, que venía y se marchaba tan suspicaz, que apenas daba tiempo de arremolinarnos los papeles.

Con las palabras del artífice de todo, el poeta y amigo Pedro Vera, elocuente improvisador de versos y de palabras, de sueños cumplidos. Con la voz y la guitarra, con las melancolías. Dejamos desiertas las playas y sus delicias. Dejamos el blanco del Auditorio lo mismo de inmaculado que la luna, que se marchaba a lo lejos musitado un verso de Lorca. Allí dejamos el faro, a lo lejos, guiñándole un ojo a los pescadores mientras las sirenas se introducían de nuevo en el agua… El que suscribe, Rodríguez Viedma, dibujó una puerta entre abierta. (Un poema más que salió a la calle.) La había abierto en Cádiz de par en par. Medio cerrada en Alicante y me esperaba, con sus cerrojos de miel, bajo la sombra de un laurel en las noches de Granada.     

 

José Manuel Rodríguez Viedma.

3 comentarios:

Pedro Vera dijo...

Gracias amigo por el detallado y delicioso paseo de letras que nos ofreces en este cántico a la poesía desnuda, en mitad de la calle, entre el rumor de las olas que no alcanzan, y en ello desesperan, a besar la fachada del Auditorio y por la enumeración de todos y cada uno de los asistentes que dieron forma a este elenco de lujo en las noches de luna serena junto a la ribera mediterránea aguileña.

aris dijo...

Bellísimas palabras que me han traído de nuevo las deliciosas sensaciones vividas esa mágica noche ..
Gracias .. por estar ... por ser .. por compartir..

Un enorme y cálido abrazo

Antonia Soler Gomariz dijo...

Sutiles palabras me hacen recordar la belleza del momento

Publicar un comentario

Con otras miradas...

Con otras miradas...
La mitad del silencio

Libro de vistas